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Cartas del Poeta

 
 

Ultimas noticias

 

A Mariano de Santiago Cividanes

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 7 de Mayo de 1903.

 Querido Mariano: Llegó tu última del 30 de Abril. ¿Que no te contesté la anterior? No lo creas así porque no es verdad. Qué te dije, no lo recuerdo ahora, pero sé que no tengo deudas epistolares contigo.

El mes pasado he estado lleno de ocupaciones, y por si ellas eran pocas, me cayeron encima dos pequeñas desgracias: un catarro de los ojos y el nombramiento de hijo adoptivo de este pueblo. La fiesta con que esto último se celebró terminó con un banquete, y como me habían rogado de antemano que predicase, preparé un sermón (que el Ayuntamiento imprimió en folleto para regalar a los de acá) y tuve que recitar desde uno de los balcones del Ayuntamiento, pues estos pueblos próximos se nos vinieron a oír y había que llenar la plaza con la voz. Y de charlar cerca de dos horas a toda voz y de beber agua fría en los descansos que me tomé, me puse ronco y tuve que andar luego con parchecitos de tapsia a la garganta hasta recobrar nuevamente la voz perdida.

 Ando atareadísimo. De ahí, de Madrid, me apuran hoy mismo precisamente con la zarzuela, y también traigo entre manos un libro, que llevo a medias escasamente.

 ¿Por qué me preguntas que qué tengo con «Kasabal»? Pues no tengo nada; ni siquiera sé de él otra cosa sino que es un revistero de salones. Por ignorar, hasta su nombre ignoro. Lo que me han dicho de él recientemente, y luego he visto reproducido en periódicos de por aquí, es que al hacer la reseña de la fiesta con que obsequió doña Emilia a Brunetière, hablaba de que una señorita -la de Longoria- recitó muy bien una poesía de Zorrilla, otra de Víctor Hugo y otra mía; ¡que ya es un salto mortal en la elección de autores favoritos!

 Lo que no he podido saber es qué poesía eligió. Del «Heraldo de Madrid» copiaban la noticia, y si tú la viste en él podías habérmela mandado en el periódico; no por nada, ¿eh?, sino por «el acuerdo» tuyo, que otros amigos han tenido.

 ¡Amigo de C.! ¡Ahí es nada! Yo no tengo amigos de ese calibre financiero.

 Esos ricos tan bárbaramente ricos, tengo para mí que nos desprecian; bárbaramente, también muy bárbaramente, despreciarlos a ellos, porque son unos bárbaros que saben lo que no saben los sabios: ganar dinero a quintales. Mis amigos bien puedes tú figurarte quiénes son: unos «méndigos», algunos de ellos muy listos, es verdad, pero gentes que no tienen prebendas que repartir, pues el que más y él que menos vive de alguna que pudo ganar a pulso.

 Sin embargo, nunca dejes de decirme quién podrá favorecerte, pues quizá alguna vez pudiéramos hacer algo. Tú cuéntamelo todo, y cuando veas que yo me callo, mala señal, amiguito. Bien quisiera, bien quisiera; pero cuando yo no lo hago...

 Y hoy nada más, sino que no pases mucho tiempo sin escribir. ¡Ah!, y que cuando leas alguna cosa que lo merezca, me mandes algún papel.

 Te abraza tu buen amigo,

JOSÉ MARÍA

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 Guijo de Granadilla, 6 Octubre de 1903.

 Querido Mariano: Llegó tu última. Sentí que no pudieras ir a Béjar. Pepe me acompañó hasta que salí para este pueblo. También fueron Luis y Maturino que, estando hospedados en la misma fonda, se fueron a Castilla sin despedirse de mí: tal me traían los bejaranos de ocupado y de mimado. Lo propio les sucedió a Abdón y a otros de por allá, que no encontraron cinco minutos a propósito para decirme adiós.

 Los extremeños que acudieron a los juegos me dieron un banquete, sólo de extremeños. Los bejaranos otro para el mantenedor y para mí.

 El mantenedor (hermano del Obispo de Santander y catedrático de la Universidad de Sevilla) es un neo, y yo otro, según creo. Béjar tiene fama de lo contrario; los obreros están en huelga, etc., y el mantenedor les arreó un discurso que fue un sermón de la virgen; y yo les solté unos versos(*)  (antes del discurso del mantenedor), escritos de tal manera, que tenía que santiguarme al leer los tres o cuatro primeros.

 Pues nada: en vez de una bomba de dinamita o de una tremenda silba, por lo menos, lo que oí fue una ovación que me tuvo largo rato con las cuartillas en la mano sin leer.

 Allá van recortes con lo de Béjar y lo de Murcia.

 No tengo más tiempo.

No olvides a tu amigo

 JOSÉ MARÍA

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(*)  La poesía se titula «Amor de madre».

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 Mi querido amigo: Me dices en tu última como en todas las tuyas, muchas cosas buenas que yo no merezco. No hay que decir que me refiero a cosas de literatura.

 A mí me complace muchísimo (no puedes figurarte cuánto) que mis escritos te produzcan buenas y hasta fuertes impresiones. Pero ¿es todo ello mérito literario o es excesiva delicadeza de percepción tuya, que al ledo y sentir aumenta la cantidad literaria de mis pobres concepciones artísticas? Algo, y mucho, debe haber de esto, y he ahí la explicación que yo doy a tus elogios, que tú caldeas demasiado al recuerdo de impresiones exquisitamente tamizadas... Y es claro, en tales momentos, hasta el nombre de Pereda (no el de Zola, que es inmortal enemigo poderoso de todo mi yo), digo que hasta el nombre de Pereda te parece muy poco...

 Pasemos por ello y sigue escribiéndome, que es un favor que me haces, y que yo sé agradecerte.

 Ya he recibido juicios sobre el tío Gorio, todos muy encomiásticos. Hay quien me dice que vale más que Alma charra, de Berrueta. Yo no puedo decirte nada sobre esto, porque esta es la hora en que no conozco Alma charra, que su autor me ha prometido enviar.

 Dicen que afirma (hablo por referencias epistolares) que el ochenta por ciento de los amores charros terminan en el Hospicio... Y si lo dice, creo que no dice verdad. En fin, es amigo mío, y he de permitirme decirle algo, cuando me envíe su trabajo. 

Vengan, y vengan pronto esos versos. Ahora me toca a mí oficiar de crítico y ya verás con qué frescura te voy a soltar cuatro frescas, si las mereces, o echarte un poco de incienso si te haces acreedor a ello.

 De El Vaquerillo, no del cuento así llamado, sino del Vaquerillo del cuento... habría que hablar mucho para llegar a un acuerdo, y creo que llegaríamos a él.

 Ante todo, has de saber, que la última parte del cuento, cuando de primera intención lo escribí, no era esa... ¡qué había de ser! No había porquera, no había hembra, porque, para el fin que primeramente me propuse, lo que más estorbaba allí era una mujer: me bastaba con el muchacho y la soledad... El estudio aquél era, sin duda, demasiado atrevido... Y lo sometí, contra mi costumbre, a la previa censura, no de nadie, sino de un hermano mío, que cogió el lápiz rojo, señaló, y dijo: «desde aquí para adelante no debes continuar, y si quieres continuar, haz que se presente por ahí alguna vaquera, que sólo así puedes proseguir, sin novedad, por ese camino». Y así lo hice.

 ¿Que a qué viene toda esta historia? Pues a decirte: si dándole el giro que al fin le di, te parece imposible el vaquerillo ¡Dios de Dios! lo que me hubieras dicho si lo presento como quise presentarlo.

 Tal vez entonces no te hubiera yo llamado médico, como te lo llamo ahora, porque me has dicho que mi vaquerillo es falso, desde el punto de vista fisiológico. No lo afirmes así, en redondo, porque demasiado sabes que la vida es un misterio, y la vida psicológica, un laberinto de misterios.

 Y si un día llega en que hablemos tú y yo, y hablemos del vaquerillo, llegaríamos a un acuerdo sobre la base de grandes concesiones que tendrías que hacerme si te ponías muy médico en el curso de nuestra plática. Una plática, por cierto, que no sé si algún día podremos tener los dos, pero que yo deseo tanto como tú, aun contando con que son grandes tus deseos. Esperemos, esperemos...

 También yo vivo muy solo, y ya creo que te lo dije, sólo en el orden espiritual, porque vivo respirando el que yo mismo he creado, y el que de fuera me viene.

 Pero no sé por qué, me figuro que llevo la cruz de la soledad de otra manera que tú, no más digna ¿eh? pero sí más resignada, o mejor, más sabrosa y dulce. En fin, ya hablaremos también de eso alguna vez, que hoy hay otros puntos que tratar.

 ¿Piensas guardar reserva acerca del proyecto literario que traes entre manos, según me dices en tu grata? Entonces, nada; pero si no, sepa yo algo de eso que preparas, aunque sólo sea el nombre de la cosa, para saber a qué alturas andas encaramado.

 Yo tengo entre manos, como te dije, un tomito de versos castellanos, y calculo que tengo ya originales para algo más de la mitad del libro. Cuando los complete, tendré el gusto de enviártelos, aunque estoy atrozmente perezoso para copiar lo que una vez escribo.

 No sé si te dije que se ha ofrecido a hacerme la edición Rodríguez Serra, el editor de Madrid. Aún no he decidido nada sobre ello.

 Leí lo de las Hurdes. ¿No piensas rectificar? Yo no puedo hablar de las Hurdes científicamente, porque aún no he realizado mi viejo proyecto de visitarlas y no las conozco más que a medias, y con un conocimiento que me figuro imperfecto por inexacto. No obstante, me ha parecido demasiado radical la solución que das al problema. Porque soy de los que creen que en la Naturaleza nada hay estéril e inútil, en el sentido amplio de estas palabras. Los inútiles somos los hombres, que no sabemos adaptar, aplicar y aprovechar. Aun en el caso de que el suelo de las Hurdes las haga inhabitables ¿se sabe ya que el subsuelo no podría hacerlas ricas y bien pobladas?

 Punto en boca y adelante. Porque tengo que decirte que, aunque no me has llamado la atención sobre ello, hay en Briznas una que, a lo menos para mí, es una cosa lindísima. No diré por qué, pues fácilmente vuelvo a decir las cosas de manera que no se me entienden por mala expresión, como sucede con la página anterior, que parece querer decir que El cielo del dolor no me gusta, y afirmo bajo mi palabra que me gusta mucho. Pues esto que ahora te digo que me ha gustado tanto como lo más es. ¡Lo estaba viendo!...

 Espero un ejemplar de tu obra en prensa, y te doy mil parabienes por los premios con ella alcanzados y por el que le dio Le Correspondant medicale (creo que fue ella), de París.

 Tampoco me has enviado esa Historia clínica de la última enfermedad de Carlos V.

 Ya sabes que, con gusto, pasaría charlando contigo dos o tres días siquiera en Madrid, pero ahora no puede ser porque... acabo de venir de Madrid. ¿No esperabas tal cosa? Pues verás. No sé si te he dicho que envié a Zeda doce o trece composiciones (que pienso publicar en un tomito) para que hiciera el prólogo que me ofreció. (Lo que voy a decir de aquí para adelante es confidencial).

 El Obispo de Salamanca, que en distintas ocasiones ha exteriorizado la buena impresión que dice le producen mis versos, supo, no sé por quién, que iba a publicar un tomo de ellos, y se me descolgó con este ruego: que le permitiera adelantarse a mí, tomando de mi librito en proyecto tres o cuatro composiciones (que ya conoce el público), para editarlas él con esmero, ponerlas prólogo suyo, hacer fijar la atención de los demás Obispos y de sus amigos particulares (Menéndez Pelayo, el Conde de Cheste, etc.,) sobre las poesías y servirme como de viajante que va llevando una muestra, etc.

 La intención, excelente, y yo la agradezco muchísimo. Mi hermano me recomendaba que le complaciera, y fui a hablar con Villegas y luego con el P. Cámara, que esperaba mi contestación con impaciencia grande.

 Puse entre otros reparos, el de la repetición inmediata en dos libros de tres o cuatro composiciones ya conocidas (El Ama, Castellana, El Cristu Benditu...), pero estaba decidido a no dejarse convencer y ante mí mismo dio órdenes a los de su imprenta, a fin de que estuvieran impresas las poesías esas para la próxima Pascua. No te sorprendas, pues, si ves ese libro, que resultará del tamaño de una Novena, si el prologuista no tiende mucho la pluma. Y se acabó lo que, por ahora al menos, debo llamar confidencia, y rogarte que así lo consideres.

Después de este libro, en seguida, saldrá a luz el mío, del cual te remito copiadas al vuelo y en sobre aparte, todas las composiciones, excepto una muy larga, que ya te enviaré, y las que ya conoces (El Ama y Castellana, que irán las primeras en el tomito).

 «Tú que no puedes llévame acuestas», es decir, que tienes que leerte todas esas cuartillas de mala letra que te envío, pues yo deseo que las conozcas tú antes que el público, conforme ya te lo había manifestado.

 Después, allá, cuando tú quieras, ya hablarás algo de ellas, porque así lo quiero yo, y además, porque tú no debes estarte callado cuando un salamanquino publica algo sea ello como fuere.

 En la corte estuve un día nada más. Un ateneísta amigo mío, con quien estuve almorzando, me llevó a tomar café a la docta casa, con el propósito de presentarme a varios de allí que, según él, deseaban conocerme. Lo supe a tiempo y se lo prohibí en redondo. Lo que me dijo fue, que según había oído allí, en el Ateneo, se pensaba en que la Sección de Literatura me invitase para que fuera a leer versos míos una noche.

 Decliné tan alto honor y regresé a Salamanca aquella misma, desoyendo los ruegos que me hizo el amigo para que oyera a los sabios (¿?) que al poco rato iban a continuar resolviendo el problema obrero... del modo que tú donosamente señalas en tu hermoso artículo de El Adelanto, porque hay quien cree que es un crimen de lesa libertad, etc., tirarles unas chinitas a los señores que, según ellos, van delante...

 ¿Has visto qué manera tan cobarde de adular a esa legión de infelices que para comer necesitan trabajar (como tú y como yo lo necesitamos también, aunque sea en orden distinto)? Créeme que yo tomo en serio el asco que me inspiran esos monosabios, la mayoría de los cuales se morían de hambre por impotencia el día que se dijera «el que quiera pan, que lo gane, y el que no, que reviente de hambre». ¡Sí, en el fondo, todos somos obreros... menos ellos!

 Te felicito tardía, pero cordialmente, tus días y te deseo... lo que para mí deseo.

 Y que escribas pronto a tu sincero amigo que te quiere,

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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 SR. D. MARIANO DE SANTIAGO

MADRID

 Guijo de Granadilla, 3 de Mayo de 1904.

 Querido Mariano: Tienes derecho a no volver a escribirme, pero no hagas uso de semejante prerrogativa. Perdona, y sigue escribiendo.

 Hablaré con Baldomero sobre esa recomendación que decías. Ayer le envíe tu carta. Veremos si puede hacer algo por ti acudiendo a D. Antonio Fidalgo.

 No con esto de los destinos olvides tus estudios, pues mejor te convendría, aunque fuese más modesta, una cosa más segura.

 Me explico que no hayas visto Campesinas en esos escaparates. Al mes de publicada, me dijo el editor que la edición estaba agotándose, y me pidió autorización para preparar la segunda, de otros mil ejemplares.

 Esos libreros de X..., los más bandidos de España, se conoce que olfatearon el negocio y han pedido repetidas veces ejemplares.

 Mi editor se ha permitido, y no se lo tomé a mal, su miajita de venganza, imponiéndoles condiciones ¡a ellos que se las imponen a todo bicho viviente! y alguno ha acudido a mí, pidiéndome con toda urgencia cien ejemplares de cada uno de los libros que yo tuviese publicados. Ni siquiera tuve la cortesía de contestar, sino que les dije al editor y a Baldomero: contestad a ese... pillín de X. Y creo que lo hicieron diciéndole, en sustancia: estos libritos se dan con tal premio de venta, y si los quiere usted así bueno, y si no, también, amigo.

 Se pusieron tan valientes, porque la edición, aunque hubiese sido de doble número de ejemplares, se habría agotado en un mes. Como que de muchas provincias se han quedado con los pedidos hechos, y a mí me han tenido frito a peticiones. Hasta los escritores con quienes yo tengo amistad, se descararon y me escribieron pidiendo, alto y claro, un ejemplar.

 ¡Olé por el olfato literario de los críticos de la Corte, es decir, de alguno de ellos! Porque me han dicho que ese Gómez Baquero, crítico de El Imparcial, hizo una nota bibliográfica del libro, aludiendo al rótulo que dice en la portada: Primer millar, y diciendo, en sustancia: ¿Con qué libro de poesías y primer millar de ejemplares? ¡Qué cándidos!

 Santa Lucía bendita les conserve esa vista muchos años. ¡Una vista más turbia que la de Calón, un editor provinciano, a quien yo no mandé poner el rótulo aquél, pero que ha demostrado saber mucho mejor que el Baquero lo que se quiere leer en Barcelona, Sevilla, Bilbao y demás aldeas de la península Ibérica!

 ¿No tienes el libro? Pues yo tampoco puedo mandártelo. Espera que hagan la segunda edición y te lo mandaré.

 Lo que te mando adjunto es un ejemplar de la segunda edición de Extremeñas. ¡Otra candidez, que diría el Sr. Baquero! Este debe creer que en España no hay más que gente que lea, que los pollos y los literatos que entran en la librería de X. El cual también ha pedido ahora ejemplares, y recordarás que cuando yo estuve en esa ciudad, me pedía como premio de venta de Castellanas, y se lo dio el escritor, no sé si el 30 o 35 por 100. A Sierra Morena a vender libros!

 Ya que hablé de Extremeñas, en el número próximo de Blanco y Negro publicarán una poesía en esta jerga. Supongo que en el primer número, porque ya les devolví corregida la prueba, que pedían con prisa.

 No vayas a ser tan cándido que creas que se la mandé gratis, sino que a vuelta de correo vinieron los cuartos con atenta carta. Me propongo ahora, si tengo tiempo, irme metiendo en esas revistas, que pagan a toca teja. Que paguen, que mucho ganan.

 Yo, por ensayar, por ver si estimaban en algo mi firma, le mandé la poesía con una carta de dos o tres líneas, muy seca. Y salió bien el ensayo, lo cual es muy significativo, dada la soberbia de esas publicaciones y el pugilato que hay cerca de ellas entre los escritores para que les admitan cosas. Porque eso hay que verlo, como yo lo vi, para creerlo. Es un asco. Estoy suscrito a Blanco y Negro, pero allá van sellos para que me mandes el número en que se publique eso, para yo mandarlo a casa.

 Escribe, y te abraza tu amigo

 JOSÉ MARÍA

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 Guijo de Granadilla, 9 Diciembre de 1905.

 Querido Mariano: Contesto la tuya del 15 de Noviembre. No hay novedad por aquí, gracias a Dios, y te deseamos salud y mil cosas buenas.

 Tu silencio parece decirme que no ha sido satisfactorio el resultado de las oposiciones, porque las noticias agradables suelen darse sin perder tiempo. Habrías practicado cuando escribiste el primer ejercicio, y sospechabas un poco del resultado de los siguientes porque te inspiraban más miedo. ¿Qué resultó de todo ello?

 No son Nuevas castellanas, sino Campesinas las poesías que están en prensa. Hoy precisamente devuelvo pruebas corregidas. Verán muy pronto la luz.

 De teatro, nada; ni pienso en ello, por falta de tiempo y por falta de humor para meterme en ese género de aventuras, que, por otra parte, no se han hecho para mí.

No cifro mis aspiraciones como crees, en que se me conozca en Madrid. Tiro a otro blanco. Lo que dices del dinero, no está mal.

 Me vendría como pedrada en ojo de boticario, pero para llegar a esto hay que acertar primero, y eso de acertar, como dices y como dicen los que de esas cosas hablan, tiene, entre otras cosas, gracia. Por lo visto, y está visto hace mucho tiempo, no es bastante hacerlo bien, porque a las veces, esto no es acertar. Acertar es... lo otro, darle cosa de su agrado al monstruo, como algunos llaman al señor público, del cual no dice un gran disparate Unamuno cuando afirma que es un gran imbécil compuesto de personas que, cada una por separado, pueden ser muy discretas y razonables.

 No tengo más tiempo hoy.

Mándame noticias de todo, pero señaladamente de tus cosas.

 Desideria, que, como siempre, me pregunta por ti continuamente, te saluda, y con su saludo va un abrazo de tu amigo

JOSÉ MARÍA

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 Guijo de Granadilla, 2 de Noviembre de 1903

 Querido Mariano: Esta mañana llegó tu última. Me tenía Baldomero intranquilo sin noticias. Ya no lo estoy y me alegro mucho de que hayan terminado esas dichosas oposiciones para las cuales le he visto prepararse sin gusto mío, porque no me agrada que trabaje tanto.

 Si continúa todavía en esa, dile que yo me alegro principalmente de que haya terminado para que regrese a su casa y viva su vida ordinaria nuevamente.

 Que no le preocupe el resultado hasta el punto de desazonarle si éste fuera adverso, pues algo y aun algos se parecen las oposiciones a las loterías y no es cosa de sufrir cuando el décimo no nos resultó premiado.

 A ti te digo lo propio, aunque tus circunstancias son otras (no para esto de las desazones, sino para la cuestión de los garbanzos). Trabaja con los libros y con los señores del margen y venga luego lo que Dios quiera.

 Yo he estado tres o cuatro días en Cáceres, gestionando la concesión de un camino vecinal, que me traje al cabo para este pueblo.

 Desideria y los niños están hace una semana en Granadilla, y pasado mañana, Dios mediante, iré a buscarlos.

 Jesús(*) me tiene algo preocupado. El caso es que él está bueno, juguetón y alegre, pero no come lo que fuera menester y se nos ha quedado delgadillo. Nada le duele, pero tiene aversión a las comidas, y no me alarma mucho más porque le veo siempre juguetón y corriendo.

 Los demás, bien. Yo, como sabes, estuve en Salamanca antes de mi viaje a Cáceres.

 Allá me trataron bien. No estuvo mal el banquete. Se abstuvieron muchos de los de la extrema derecha y los catedráticos de la Universidad porque no digieren al Unamuno. Esto de los de la extrema derecha me tienen muy sin cuidado, y el día que me tiren de la lengua ya les diré yo por qué, entre otras razones, me dieron ellos alguna para aceptar el banquete, que se les ha indigestado.

 El Lábaro no ha dicho nada contra mí. El Lábaro no tiene culpa de nada de lo pasado ni yo tampoco.

 Que me escriba Baldomero de cuándo se va a su casa.

Que me mandes tú buenas noticias de tus oposiciones.

Adiós. Te abraza tu amigo que te quiere mucho

JOSÉ MARÍA

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(*)  Jesús es el primogénito a quien dedicó El Cristu Benditu; ha terminado el grado de bachiller con una beca concedida por S. M. el Rey para seguir la carrera en El Escorial. Merced al Marqués de Borja, sigue disfrutando la beca y adelantando sus estudios de Derecho.

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 Querido Mariano: Después de echar al correo mi última recibí la tuya.

 Ya verías en la mía que desgraciadamente es cierto que me quedé sin mi hermana Enriqueta (q. e. p. d.), que, como recordarás, vivía en La Maya y estaba casada con Maturino, de quien me has oído hablar muchas veces.

 Dios me la tenga en el cielo, como asimismo a mi pobre tía Antonia.

 Siento mucho no poder autorizarte para que des a ese señor deán la composición El Cristu benditu con objeto de publicarla en la revista de que me hablas. Te explicaré mi negativa. Ya sabes que no los escribí para publicarlos en periódico alguno, y que Unamuno me pidió, por conducto de Baldomero, autorización para publicarlos él. Contesté a mi hermano accediendo a lo que con insistencia pedía Unamuno, pero imponiendo la condición de que no habían de publicarse en revistas y periódicos de cierto género, por ejemplo, Vida Nueva u otro papel semejante. Así quedaron las cosas, hasta que en Septiembre pasado, estando yo en Salamanca, el mismo Unamuno me recordó sus propósitos de antes, que yo no quise contrariar. Tú comprenderás que fuera poco correcto dar a otro alguno los versos que él me pidió y yo le di. Sin embargo, por el deseo de complacerte y para que pudieras darlos tú al señor deán, escribí a Unamuno diciéndole lo que ocurría, y me contesta diciéndome que insiste en publicarlos y que elija yo revista o periódico para ello. Él me habla de La Ilustración Española y Americana, por si me parece bien. Como ves, he hecho lo que hacer podía para no negarte lo que me pides, pero no puedo concedértelo. Díselo así al señor deán, a quien darás en mi nombre muchas gracias por su benevolencia para juzgar mis escritos que nada valen.

 Y ya que de esto te hablo, acabaré de decirte lo que me escribe Unamuno, que, entre paréntesis, ya sabrás que es rector de la Universidad de Salamanca. Me dice que en su reciente viaje a Madrid, a donde fue con objeto de hablar en el Congreso Hispano-Americano, le recitó El Cristu benditu a varios amigos: que uno de los que más se encantaron fue Balart, el cual le preguntó si yo había escrito más, y al contestarle Unamuno que sí, le dijo que me excitara a que hiciera un tomito de poesías. Cree Unamuno que Balart haría el prólogo, y cuando menos, hablaría de los versos en alguna revista, y me invita a que lo haga. Salvador Rueda le decía «eso es poesía, eso, y no alquimia», etc., etc. También me anima Unamuno a que escriba en prosa algo, si ya no lo he hecho, y me recomienda que haga cuadros de costumbres o una novela.

 Nada de todo ello haré: ni el tomo de versos, ni la novela, por razones que no son para escritas así de prisa.

 Unamuno me pidió más versos y le envié unos romances que tenía escritos; creo que dos.

 Uno le ha gustado mucho y en su carta hace la crítica de él, y por cierto, admirablemente hecha. Tengo que enviarle más, aunque dispongo, como sabes, de muy poco tiempo para preparar debidamente las cosas.

 No conozco esa Revista Cacereña de que me hablas y sospecho que la has confundido con la Revista de Extremadura, que se publica en Cáceres, y de la cual soy suscriptor, por cierto que alguna vez he estado a punto de enviarle algo para la publicación. En ella escribe tu amigo el Sr. Escobar Prieto. Yo me he acordado de enviarle alguna composición escrita en la jerga de esta tierra, por lo mismo que la revista lleva por título Revista de Extremadura.

 No tengo más tiempo.

Te quiere tu amigo

JOSÉ MARÍA

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 21 de Septiembre de 1901

 Mis queridos discípulos y amigos: Acabo de regresar de Salamanca y de leer vuestra afectuosa carta de felicitación(*).

 De entre las muchas que he recibido, pocas me han producido una tan gran satisfacción como esa vuestra; y tan natural es esto, que ni siquiera he de apuntar ninguna de las razones que justifican el placer que me ha producido vuestra afectuosa enhorabuena.

Veo entre vuestras firmas una que no es de un discípulo mío, y por este mismo hecho le agradezco por separado y en especial su atención para conmigo.

 Yo nada valgo; pero los que fuisteis mis discípulos ayer y podéis llamaros hoy amigos míos, tened la seguridad de que os quiere muy de veras y nunca podrá olvidaros,

 JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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(*)  Al darle el primer premio le dirigimos una carta colectiva, a la que contesta; los mismos que pocos años después por suscripción popular le hemos colocado una lápida en la Escuela de Piedrahita. 

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 Piedrahita, 26 de Febrero de 1898.

Querido Mariano: Me agrada que te hayas sometido a un plan de vida metódico y ordenado, porque de ello pueden venirte muchos bienes y provechos, de alma y cuerpo.

 Haz higiene, haz higiene, porque tú más que nadie la necesitas. Come bien y pasea siempre que puedas y el tiempo te lo permita, que en ese pueblo no lo permitirá cuantas veces fuera menester hacerlo. Ordena tus horas de trabajo y procura que sean pocas: las necesarias solamente para ir ganando cursos académicos... con más o menos sabiduría, pero con buenas carnes y perfecta salud, que es lo que más te interesa, al menos por ahora.

 Y el alma... que te la arregle tu director espiritual, que ese es su oficio y debe de entender bien esas cosas.

 Yo tengo más de Lagartijo que de Fr. Luis de Granada, y cuenta que nada tengo de Lagartijo. Y perdóneme Fr. Luis que hable de él al mismo tiempo que del Kalifa de Córdoba.

 Cierto es que necesitas corregirte de algunas faltas, y no es malo que tú mismo lo reconozcas. Después de Dios, tú eres quien más puede hacer por ti mismo, porque tienes mucho adelantado para ello con el conocimiento que pareces tener de tus propios defectillos. ¿O es que quieres darte el placer de oírnos a los demás disertar acerca de esas materias? Acaso sea otra cosa: que pides refuerzos, estímulos, ayuda... ¿eh? Esto sí que será tal vez lo que tú buscas, y, de paso, un poquito de armonía para el oído y algo de poesía religiosa para el corazón. ¿A que sí?

 Te gusta a ti, tal vez demasiado, el misticismo artístico y ahí tienes tú una cosa de la cual te habrás preocupado poco, y merece atención muy especial, sobre todo, tratándose de ti. Tú no sabrás decir lo que es eso, supongo yo; y hasta no lo sentirás más que de una manera vaga, indecisa y borrosa, como una figura gris pintada sobre un fondo también gris. Pero yo creo que lo sientes, y que te agrada sentirlo, y que procuras también sentirlo, en momentos de esos en que el horno no está para cocer roscas. Así lo creo yo; pero como pudiera equivocarme y perder en vano el tiempo hablándote de lo que te convendría hacer y pensar acerca de esto, no paso hoy más adelante, pero prometo pasar, si es necesario, cuando tú lo determines.

 Respecto a esos otros defectos no corregidos de que me hablas, recuerda la forma en que siempre yo te los he reprendido y mi constante tenacidad en la reprensión de la misma cosa, lo cual te probará la mala enmienda.

 En esas cosas, tú, con tu confesor, podéis hacer mil veces más que yo desde tan lejos. Pero te lo recomiendo: pocas disquisiciones, pocas sutilezas, pocos discursos, pocas filosofías para buscar la virtud. Humildad sincera, deseo de ser bueno sencillamente, voluntad firme y fervor para pedírselo todo a Dios. Lo demás son ñoñerías que no me gustan. Para saber que la murmuración está reñida con la caridad, no se necesita estudiar a Aristóteles, y para corregirse de ese pecado, menos. A los que tienen el genio como el vinagre, por no decir como el petróleo, les dice el Catecismo que «Contra ira, paciencia» que es cuanto hay que decir, y que los mansos poseerán la tierra como «señores de sí mismos».

 Respecto al modo como estas malas inclinaciones pueden vencerse... es algo largo de decir y es muy corto el tiempo de que yo dispongo hoy.

 Tengo a Desideria con un dedo malo a consecuencia de una picada de una aguja. Su hermana está constipada.

Hoy no puedo escribirte más; recuerdos de mi mujer y un abrazo de tu amigo

 JOSÉ MARÍA

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Febrero, 1900

 Querido Mariano: Cruz me escribió hace ya unos cuantos días y me preguntaba cuál era tu apellido y cuáles las señas de tu casa. No dejó de llamarme la atención el hecho y supuse inmediatamente que quería cartearse contigo, lo cual no deja de ser una singular determinación, llevada a cabo por el muchacho sin que nadie le haya inclinado a ello ni siquiera indirectamente.

 Si yo fuera menos desconfiado de lo que me han hecho ser, creería con toda mi alma que la espontánea determinación de Cruz(*) sería una laudable aspiración a ponerse en contacto con lo bueno, pues has de saber que yo, para estimular al muchacho con textos vivos que quizás le impresionasen más que consejos abstractos y sermones, le dije de tu conducta cosas bastante buenas, que tú quizás no tendrás, pero que a mí me convenía metérselas al chiquillo por los ojos, ya que por los oídos se le salen con la misma facilidad con que le entran. Cruz me tiene cierto cariño, bastante respeto, y por último, mucho miedo. Y conociendo, como conozco, sus grandes deseos de complacerme, me pregunto: ¿hace todo eso de la amistad contigo por creer de buena fe que la amistad de los buenos es cosa que le conviene, o lo hace para que yo esté tranquilo y aparte de él mi atención por suponerle hecho todo un vir bonus que no necesita, para serlo de verdad, ningún moscón como el cura de su pueblo o como yo que le zumbe a todas horas cerquita de los oídos? Y si no lo hace con el propósito de sacudirse estos moscones (cuyas alas cuando sea menester se convierten en manos) ¿lo hace sencillamente por darme la dedadita de miel para endulzar ciertos amargorcillos de boca que él bien sabe que me ha dado? ¡Ay, ay, que me huele a queso! que el estudiante de Coria es muy listo; sobresaliente en todas sus asignaturas, pero más sobresaliente en el arte de capear temporales tormentosos, con quiebros muy suavecitos, detener zarpazos con caricias, adoptar la postura que más agrade a los que mandan... etc., etc., etc. Lo que él dirá: «la cuestión es no tener disgustos por pocas cosas. La cuestión es vivir en paz. La cuestión es no disgustarme ni disgustarles. Todo por la paz, la paz, la paz; ¡bendita sea la paz!».

 ¿Lo hace todo por la paz suya, que nosotros solemos alterar algunas veces, o lo hace de buena fe, porque se lo pide el corazón, porque desea ser un muchacho virtuoso, formal, buen estudiante, buen seminarista hoy y buen cura cuando acabe sus estudios? He ahí la pregunta o las preguntas que yo me he hecho no sólo ahora, con motivo de ese asunto de la amistad, sino muchas veces más cuando he pensado en el travieso de Granadilla.

 Es cierto que no puedo contestar con absoluta seguridad de acierto tales preguntas. Es cierto que estoy un poco escamado, pero también puede ser cierto que nuestro hombre haya obrado en esta y en otras ocasiones semejantes con absoluta buena fe y con el mejor deseo del mundo. Yo le contesté enviándole los datos que me pedía y diciéndole que yo suponía, por lo que de su carta parecía desprenderse, que quería escribirte y hacerse algo amigo tuyo. Le alabé el gusto y aproveché la ocasión para hablarle de seminaristas, seminarios, amistades, vocaciones y virtudes... que se aparentan y no se tienen, etc., etc.

 Y claro es que me alegro que os escribáis alguna vez, y en latín, para que no le hagáis tanto daño al castellano solamente, porque es de justicia que repartáis la carga por iguales partes entre los dos idiomas. Y entre solecismo y solecismo, cuando el asunto lo permita, puedes también deslizar algún consejillo bueno, decirle que tú no tienes amigos porque hay pocos que lo sean buenos, no hablarle nunca de vicios y siempre de las virtudes opuestas a ellos, etc., etc., y todo con el cuidado que hay que hablar a quien, al cabo, es todavía un chiquillo. Otras veces puedes hablarle de vuestros estudios, de la vocación, de lo sincera que la vocación debe ser para que no se reduzca a fariseísmo místico, de lo que vale la fe viva, de lo conveniente que es a los que no somos ricos prepararnos un porvenir para nosotros y para los que de nosotros necesiten pan algún día, etcétera, etc. Y cuando él te conteste o te diga que a su modo de ser y de pensar se refiera y que merezca la pena de saberse me lo dices en seguida.

 A ver si Dios quisiera que el muchacho fuera bueno, que hiciese sin tropiezos su carrera y que algún día sirva para lo que debe de servir.

 Te abraza tu amigo

JOSÉ MARÍA

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(*)  Cruz García Gascón, cuñado del poeta.

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14 de Febrero de 1899.

Querido Mariano: Hora es ya de que te dedique unas líneas. Vergüenza me daría hacerlo ya, si mi silencio pudiera llamarse olvido. Pero bien sé yo que no existe tal olvido, ni tú debes haber imaginado semejante desatino, tratándose de quien sabes que te quiere.

 Por una porción de causas y concausas no te he escrito. La enumeración detallada sería larga y creo que innecesaria. Suprimámosla.

 Tampoco hay que hablar de estas dos tristes noticias: la muerte de mi pobre tía Vicenta (que en paz descanse) y la de Ángeles, la niña mayor de Carlota(*). Todo lo sabrías cuando sucedió, y yo no podría hacer más algún comentario que necesariamente habría de ser triste. Y ya, para qué?...

 Hablaremos algo de mi traslado a este pueblo; ¿no es eso lo que quieres? Supongo que sí, porque ni casi te he dicho todavía que aquí estoy, y eso no está ni medio bien, ya que tú te interesas en saber cómo me va.

 Pues me va bien, gracias a Dios, y no tengo, hasta la fecha, motivo alguno que me incline a volver la vista atrás para pensar en lo que dejé, al verlo lejos de mí. Claro, que esto no reza con algunos buenos amigos y personas a quienes quiero de veras, y de las cuales siempre estaré muy agradecido. Para esos amigos no hablaba yo, y si hablo alguna vez, será para lamentar su ausencia. Fuera o aparte mis amistades, no me queda, como te digo, cosa que me haga pensar en lo de atrás. No gozo de diversiones de ciudad o pueblo grande, porque aquí no las hay; pero ni me acuerdo de ellas. Casino, bailes, paseo, conversación de los amigotes, café, billar, tertulia; nada me parece que existe. ¡Y me aburro menos que antes! (Este aburro es persona del verbo aburrirse, en el presente caso; no del verbo aburrarse, si lo hay. Aburrarme, puede que me aburre ahora más que antes). Mi vida ordinaria es ésta: levantarme a las siete de la mañana o antes, si así lo dispone mi Jesús; almorzar cerca de una lumbre que sólo aguanta con gusto mi tío, que nos va a tostar el cuero a todos; disponer y hablar con él de lo que hay que hacer en el día: irme con mi tío(**) o sin él al Tejar; pasar allí el día y regresar a casa al oscurecer; cenar al calor de las fraguas de Vulcano, charlar hasta las once, y a dormir todos para volver a empezar como el día anterior. En el Tejar, o por la noche en casa, leo los periódicos, cuando no leo ni me interesa algo la tertulia, juego con el criado una partida al tute y otra a la brisca. Esto último creerás tú que es mi síntoma de desesperación, o de imbecilidad, o de perversión del buen gusto. Pues, no, señor; no hay tal cosa. Lo de la desesperación y la imbecilidad sobrevenidas por jugar al tute en casa, no es cosa formal, no lo dicen más que Luis Taboada y los señoritos exagerados. Y lo del buen gusto está por ver. Por lo pronto, es de mejor gusto, sin duda alguna, jugar al tute con mi criado que con licenciados tan cursis como A.; banqueros tan cerrojos como B. y sastres ilustrados tan infames como C. Por este lado he ido ganando algo.

 Pero dejando a un lado estas pequeñeces y volviendo a lo principal, mi género de vida actual, es más favorable a la salud que el que siempre tuve(***). Tiene que estar el tiempo muy bravo para que no salga de casa, y el salir al campo diariamente es cosa buena, más buena que aquellas encerronas de ocho días que antes me imponía el oficio, o las lecturas (4*), o el capricho sencillamente. Ahora sucede lo contrario; es el oficio mismo, ya que no el propio deseo, el que me echa de casa, cuando es posible salir de ella sin verdadero riesgo de perder la salud.

Siempre hay mucho que hacer; y mucho que no puede ser abandonado. Por eso, ando siempre ocupado, y por eso no me siento aburrido un momento. A esto último contribuye especialmente la variedad de ocupaciones, que contrasta notablemente con aquel repetido martilleo de mi anterior oficio, cuya monotonía eterna fastidia el ánimo y acaba la paciencia más probada. Siempre las mismas horas de trabajo, siempre la misma tarea, y casi siempre la misma manera de desempeñarla, sin que haya nunca libertad para romper con la uniformidad, son cosas que molestan a cualquiera. Por este lado también he ganado algo, y mucho.

Ni las tareas son siempre iguales, ni las horas que ocupan son las mismas todos los días, ni el modo de trabajar, aun en tareas repetidas, que parecen iguales, es siempre el mismo.

Un día hay que ir a ver si las vacas comen bien en donde estén; al otro hay que salir forastero; al otro, a señalar árboles para que corten ramo a las reses; al otro, a ver si las aguas crecidas hicieron daño en un prado; al otro, a caza; al otro, a ver si parió una cerda; después, a cambiar de sitio para las vacas, a ver lo que descuajó un jornalero, a llevar algo de lo que siempre se está necesitando en el Tejar, a traer las jacas del prado, a señalar un chotillo recién nacido, etc., etc. Y estas varias ocupaciones, al par que distraen, por eso mismo de ser tan variadas, no le sujetan a uno a esa tiranía del reloj, con lo cual no es uno dueño ni de su persona, mientras la hora no lo diga. Esa tiranía puede romperse cuando se quiera en mi nuevo oficio, y basta para no tener ni deseos de romperla la sola idea de que puede romperse cuando se quiera.

Pero no todo es paraíso. Si todo fuera como se pinta, cuando se pinta lo bueno, el mundo, ya ves, sería un idilio. Lo que yo he pintado como bueno, bueno es en realidad. Falta ahora lo que hay de malo en el asunto. Cuando en un camino le sorprende a uno la lluvia y el caballo y el jinete cargan con el agua que quiere mandar la nube, y llegan a casa como una sopita, no hay idilio, ¿verdad? Y las mañanas de Enero para el que las pasa caminando sobre la helada con un frío que corta el pelo, tampoco son nada idílicas. Como tampoco es nada poético, ni siquiera nada agradable, que un cerdo te dé un hocicazo y te llene del brebaje que come los pantalones, o una jaca te eche al suelo, o una vaca te propine un topetazo, o una tapia quiera aplastarte al saltarla, o el lodo te llene los pies de humedad, et sir de caeteris (¿está bien aquí este latinajo?). Todo esto, es el reverso de la medalla, y yo supongo que tú no creerás que hay medalla sin reverso o hay atajo sin trabajo. Pero del mal, el menos. Se acaba el papel, y no escribo ya de más asuntos. ¿Cómo vas de estudios? ¿Y de salud?

Mándame periódicos, aunque no los compre Baldomero. Pídele dinero, y todos fiaremos cuentas.

Te abraza tu amigo

 JOSÉ MARÍA

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(*)  Carlota Gabriel Galán,  hermana del poeta, casada con el médico de Frades de la Sierra.

(**)  En realidad era si tío segundo, primo carnal de su madre y marido de la tía carnal de Desideria; el poeta abandonó el cargo de maestro que ejercía en Piedrahita y se fue a vivir con sus ellos, que tenían en Extremadura labor y ganadería.

(***)  El continuo encierro, las lecciones particulares y los versos le hacían padecer neuralgias.

(4*)  No falta quien se sorprende de la cultura de G. y Galán habiendo cursado sólo la carrera del Magisterio; se quedaba hasta altas horas de la noche leyendo a Balmes y otros autores, y le gustaba meditar sobre cuestiones filosóficas y morales.

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1.º de Junio de 1900.

Mi queridísimo amigo: Ocupadísimo estos días con las tareas de la recolección, no he tenido tiempo de escribirte, ni de enviarte los versos prometidos. Aún hoy tengo que darme prisa para atender a lo demás. Te envío adjunta una copia de los referidos versos. Con tanta prisa la he hecho, que no sé cómo irá. Cuando te escriba otra vez te enviaré una poesía, que creo te agradará.

¿Y el eclipse por ahí?(*)

Supongo que el fenómeno no habrá sido tan maravilloso visto desde ese país como desde este pueblo, que estaba comprendido en la zona de visibilidad total. Una tropa de gente de Castilla que bajaba a Plasencia(**)  a presenciar el eclipse quiso que me incorporara a ella en la estación del Villar. No acepté la invitación, porque me olió a juerga, pues llevaban hasta un cocinero con ellos; y además, yo quería ver el eclipse, no desde los balcones de una fonda ni desde un pueblo grande lleno de gente, sino desde las soledades del monte, donde todo dice más y hace sentir cosas mejores que la proximidad de la muchedumbre, que en su mayor parte es necia, cuando no es bárbara. Observé a mi sabor el sublime espectáculo desde la cumbre más alta de un monte precioso, sin más compañía que la de mi vaquero, que es un astrónomo cuyo lenguaje técnico tira de espaldas a cualquiera, por lo graciosísimo que resulta. Desde el hermoso punto de vista que ocupábamos, y con el auxilio de un anteojo y lentes ahumados, vimos el eclipse desde el momento en que se verificó el primer contacto hasta que los discos del astro eclipsado y el interpuesto volvieron a separarse. Los momentos de la totalidad fueron verdaderamente sublimes en aquellos sitios. Callaron todos los pájaros, las vacas y los chotillos se llamaban y huían hacia la majada, descendió la temperatura muchos grados, durmióse el aire, se dejaron ver las estrellas y todo quedó envuelto en una luz que no era cárdena, ni violácea, ni lívida, aunque parecía todas estas cosas. Era una luz vaga y tristísima, que todo lo llenó de su profunda melancolía y de hondísima tristeza. Si Dios quisiera matar el mundo de pena, no tenía que hacer más que teñirlo de aquella luz por espacio de ocho días. Ya lo dijo el astrónomo que me acompañaba: «si los clisis jueran largos y amenúo, yo cascaba deseguía». Y tenía razón: cualquiera se moría de pena, viviendo envuelto en aquella luz, que no era luz, o en aquella oscuridad, que tampoco era oscuridad. Después, cuando el sol volvió a lucir y dejó de parecerse a «una luna renegría, con el reondali mal jechu», como nos decía el muchacho que cuida nuestro ganado cerdal), todos los pájaros del monte desataron el pico y saludaron aquella resurrección de la luz solar con más alegría que cuando cantan en un amanecer de primavera.

 JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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(*) Se refiere al eclipse total de sol que ocurrió en el hemisferio norte, el lunes 28 de mayo de 1900

(**)  La zona de totalidad comprendía Plasencia, y allí fueron astrónomos en gran número.

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12 de Julio de 1902.

Mi querido amigo: También yo te tengo a media correspondencia; pero vivo en la confianza de que nunca me lo tomarás a mal, pues sabes la eterna causa que me impide dedicarte más tiempo y más espacio.

Acabo de regresar de un viaje de quince días a Frades, adonde fui con objeto de asistir al aniversario de aquella santita que perdí. Nos acompañaron muchos amigos de aquella comarca, aunque no hemos repartido esquelas ni nada parecido, por voluntad expresa de la que está en el cielo. D. Manuel P. Tabernero, Marqués de Llen, me fue a buscar en el coche y me tuvo en su alquería y en otras próximas dos días, con mi hermano Baldomero y su mujer. Hubo tienta de erales y cacería.

Quedo enterado y comentando con Desideria cuantas noticias me das en tu última. La desgraciada muerte de N. es noticia que me dieron en el Guijuelo al regresar. Ya que hablo de Guijuelo, cuando llegué a él me encontré con un banquete que en mi obsequio habían organizado veinte señores de allí y tres o cuatro curas de los pueblos próximos. Me quedé con ganas de dejarles con los paños puestos, porque yo no traía ganas de banquetes; pero vi que el desaire, si se lo hacía, era horrible, y acepté. Degeneró en velada literaria a última hora, pues me hicieron leerles algunas cosas.

Vamos a tu consulta. Harmonía se ha escrito casi siempre, y aún se escribe por muchos (que constituyen seguramente una gran mayoría), sin h. Pero otros y yo de éstos, escriben esa palabra con h. No sé lo que dirá sobre el caso la Academia, ni creas que me interesa mucho saberlo, porque su Diccionario y su Gramática, que, como autoridades oficiales debían ser modelos irreprochables, están perramente hechos. Y no porque los señores académicos no lo entiendan, pues precisamente en la Academia están, no digo todos, porque me equivocaría tal vez, sino la inmensa mayoría de los buenos literatos y filólogos que tenemos. Pero de la Academia hay que decir lo que el inglés aquel que al regresar a su país, después de haber recorrido toda España, le preguntaron, entre otras cosas, qué le parecían los cabildos catedrales de nuestra patria, y contestó en el mal aprendido castellano que ya hablaba: «la canóngia, buena; la calbilda, mala».

Y así son los académicos: cada uno de ellos, generalmente, una gran cosa; en corporación, cuando trabajan anónimamente, cosa perdida; no tienen celo con ciertas cosas. Y volvamos a tu pregunta. Te aconsejo que escribas harmonía no porque lo escriba yo, que nadie soy, sino porque eso es lo racional y lo debido. Lo exige así la etimología de la palabra, que «procede del griego, harmozéim, arreglar harníos, unión, arreglo, harmonía, ajuste, concierto». Esta etimología, como todas las de los derivados de la palabra, que son muchos, la tomo, no de cualquier librejo, sino del gran Diccionario etimológico del insigne Roque Barcia, cuya autoridad en la materia nadie podrá discutir. Y luego dice: «La h es incorrecta según nuestra errada ortografía». Y en otro lugar afirma redondamente: «Las formas de esta palabra, sin h, son incorrectas».

No tengo la última edición del diccionario de la Academia, pero sí la idea vaga de que ya ha mandado también que se escriba con h. Y si no fuera así, yo he de seguir escribiendo con h una palabra que con esa letra se escribe en griego, de donde es originaria, y del mismo modo se escribe en latín.

Salgo poco de caza. Vivo muy ocupado, pero no quiere esto decir que haya colgado la escopeta, no. En cuanto puedo, ya estoy con ella al hombro, sin acordarme de otra cosa que de echar a rodar un conejo o tumbar una perdiz. Es cosa que me distrae y me quita el mal humor cuando lo tengo, y aunque sólo fuera por eso, tendríales siempre cariño y afición.

Iba a publicar por cuenta propia Extremeñas; pero es el caso que en Salamanca se está publicando una biblioteca de pequeños tomitos, uno cada mes, con el nombre de Colección Calon, que es quien la edita. El tomito del mes pasado fue de Francisco Acebal (de Madrid); el del actual es de Unamuno, y aun a mí me han pedido el del mes de Agosto. Y como contesté que lo haría, y a esta hora nada he podido hacer por falta de tiempo, he decidido darle seis o siete composiciones extremeñas que tenía escritas, y con ellas, que son idénticas, y El Cristu y Varón, que ya no lo son, se llenará el tomito.

Hoy mismo mando a Salamanca los originales.

De mi tierra tengo una porción de peticiones, y todo ello sin contar con que no faltan escritores y filólogos que me piden datos de este país, de su lenguaje, etc., etc., y todo ello consume tiempo. Iremos pasando, procurando complacer a los que con sus peticiones me honran más que merezco, y no excediéndome en el trabajo hasta el extremo de fastidiarme, porque tengo que atender y pensar en otras muchas cosas de índole distinta, que constituyen mi manera de vivir y son el pan de mis hijos.

Un abrazo a tus hermanos y otro para ti de tu buen amigo, que te quiere siempre,

 

JOSÉ MARÍA

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2 de Noviembre de 1899.

Querido Mariano: Recibí tu última y quedo enterado de que vives en la calle de la Tea, en casa de un señor que se llama D. León, y que, por añadidura, es Revuelta de apellido. Todo ello es espantoso, si juzgamos las personas y las calles por el nombre que llevan; pero como «el nombre no hace la cosa», nada tenemos que temer, y mucho menos yo desde que me has dicho que estás muy bien en tu nueva residencia. Yo lo celebro.

También me alegro de que tus nuevos profesores te estimen y te distingan, aun antes de conocerte bien, pues para esto no han tenido todavía el tiempo que es menester. En tu mano está conseguir que esa estimación sea cada vez mayor, pues para ello bastará que observes buena conducta, privada y académica, con lo cual, además de captarte las simpatías de tus Maestros, ganarás para ti lo que gana el que cumple bien sus deberes.

Me gusta que no te envanezca el buen concepto que hayas merecido a todos, y me atrevo a decirte que sí que probablemente pegan bien, como tú dices, los versos de la fábula que citas, aplicándolos a la actual situación de tu persona. Tú procura hacerte digno de cuantos «fueros, preeminencias, franquicias y privilegios» puedan conceder esos señores catedráticos a sus discípulos más estimados; y que el disfrute de todo ello vaya enderezado al progreso mayor y más rápido avance posible en el curso de la carrera, que es bastante larga para los que, como tú, tienen algo estropeada la salud... y la familia.

Dispensado estás por lo de los versos(*), aunque ya debes saber que has caído dentro del Código, con la mejor intención del mundo, que yo te agradezco. Conmigo todo va bueno, pero te aconsejo que, cuando lo quieras hacer con otros, se lo adviertas previamente, porque tú no puedes adivinar las razones que el interesado pueda tener para no publicar cualquier escrito. Yo mismo tenía una para no publicar esos versos, y es la de que necesitan para la publicación algunas correcciones de forma... y hasta de fondo.

Y si no, fíjate en el final de la composición, donde se habla de una «victoria sin lucha», lo cual es absurdo, dicho de ese modo; porque donde no hay lucha no puede haber victoria. Lo que había que decir en vez de «victoria sin lucha» era «victoria fácil», por ejemplo, pues este es el sentido verdadero de la idea. De modo que el verso «la victoria sin lucha, así lograda», debía haberse modificado, diciendo por ejemplo:

«esa fácil victoria, así lograda».

Otro lunar hay al final. Decir en absoluto que no se llega a Dios o al cielo «por caminos de flores alfombrados», es mucho decir, porque un malicioso podría interpretarlo diciendo que el que sea dichoso en este mundo no puede salvarse; y eso no es verdad, ni yo quise decir eso tampoco. Quise decir que así como es más meritoria la victoria obtenida con lágrimas y sangre que la lograda en una vida de relativa paz, en el aislamiento, en la soledad, así también es más segura la salvación por el camino del dolor y del sacrificio que por el del reposo y la paz que se pinta en la composición como el más feliz estado de vida de este mundo. Esto es lo que yo quise significar y lo que entendería un lector de buena intención; pero el que escribe para todos debe saber decir lo que sienta y piense con claridad y exactitud, y si no, que se esté quieto, que a nadie ahorcan por no ser escritor público. El delito es serlo malo, y tampoco ahorcan a los muchos que hay de éstos.

Resumen: que por no avisarme tú, cuando lea esos versos míos algún lector poco benévolo dirá: ¿Y con qué permiso echa de la gloria este señor a los que no han cometido más delito que vivir dichosamente en este mundo, con la relativa dicha que por acá puede haber? En fin: ya no tiene la cosa remedio, y si lo tiene todavía, pónselo tú, rogando con la mayor cortesía a ese señor que te devuelva los versos para corregirlos algo antes de que ordene su publicación. Y exprésale mi agradecimiento más sincero por su gran benevolencia para juzgar lo que tan poquito vale.

Iré a verte... cuando pueda, porque yo también estoy ahora muy ocupado, y lo estaré más durante la recolección de las aceitunas, que pronto empezará, si Dios quiere.

Hace pocos días recibí carta de D. Silvestre. Me decía que ya estaba nombrado cura ecónomo de Lanzahita, pueblo distante 14 leguas de Piedrahita, y no muy lejos de Arenas.

Tendrá que hacer el traslado de la casa en caballerías, por no consentir los caminos otra cosa. Era de esperar. La cuerda se rompe siempre por el lado más débil, y así se lo había yo dicho tiempo ha. Perdió, al fin, su pleito, y en tu pueblo se quedan sin un sacerdote virtuoso y trabajador, que eso era realmente D. Silvestre. Yo lo siento mucho, porque le quiero y le veo, injustamente lastimado en sus derechos. Pero, en cierto modo, casi celebro el traslado, con el cual creo que ha de disfrutar de más paz y tranquilidad de espíritu que hasta aquí ha podido tener, porque ¿quién puede tenerla al lado de aquel desgalichao, como dicen en mi pueblo? Por cierto que a los de Ávila se les habrán vuelto los sesos agua para encontrarle al conflicto semejante solución. ¡Qué tino para hallar fórmulas de conciliación de personas e intereses; qué energía para con el otro, que se quedará riéndose de la broma y hasta considerando premiada su conducta; qué sabiduría para decidir y qué... parto de los montes, después de tanto pensarlo!

Eso que han hecho ahora, si otra cosa mejor no se les ocurría, han podido hacerlo hace muchísimo tiempo, y con ello, siquiera, hubieran evitado muchas cosas que después han sucedido, y acabado con un estado de cosas que no era conveniente para los interesados ni para los espectadores que han presenciado la lucha sin provecho alguno para sus conciencias. ¿Verdad, ustez?

 Lo que deseo vivamente es que a D. Silvestre le vaya muy bien en su parroquia y sea estimado de todos por allá, pues no hay que dudar que se lo merece. Él me escribe perfectamente resignado con su suerte y apoyando todos sus pensamientos en éste: «cuando Dios lo consiente, será que me conviene así, aunque mi pobre entendimiento no alcance hoy a comprenderlo».

Recuerdos de Desideria, y sabes te quiere tu amigo,

JOSÉ MARÍA

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(*) Los versos figuran en sus obras completas con el título de «A solas».

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 Piedrahita, 28 de Enero de 1896.

Querido Mariano: Creí que era un error tuyo lo del nombramiento de coadjutor, pero en seguida nos sorprendió el traslado inesperado del bueno de D. Silvestre. El cual se fue a esa capital y consiguió con mil trabajos que le repusieran en su destino, y aquí continúa, con gran contentamiento de todos.

El nuevo párroco está ya instalado en la casa que antes ocupó el juez. El domingo pasado tuvo misa mayor y predicó su sermón de entrada. Me gustó. Su palabra es fácil, abundante y elocuente a veces. Algo duro, algo seco me parece, de cuerpo tanto como de carácter; y si no tiene mal genio, como si lo tuviera, porque tampoco debe tenerlo muy bueno. En todo cuanto digo puedo equivocarme, porque lo juzgo en un solo sermón, desde lejos, y en una visita de diez minutos, desde cerca. Y los ojos míos no son escalpelos que se cuelan hasta el corazón humano para conocerlo con prisa y exactitud.

Dicen que sabe mucho  y yo lo creo porque lo dicen los demás. Para saber yo si él sabe mucha teología, necesitaba yo saberla también, y como no la sé, bendita sea la fe humana que me hace creerlo sin necesidad de demostrarlo.

Conmigo estuvo en la visita seriamente cortés, fresco porque no llegó del todo a frío, escasamente expresivo y pare usted de contar.

Y yo estuve con él seriamente cortés, fresco, sin llegar a frío, expresivo escasamente, y pare usted de contar. Cuando me devuelva la vista, si me la devuelve, me presentaré de otro modo más amable, porque... en mi casa mando yo y en mi amabilidad también. ¿Verdad ustez? como dicen los chulos.

El pueblo... ¡oh el pueblo! Ya te hablaré del pueblo en sus relaciones con el nuevo padre de almas.

A estudiar, a estudiar, a estudiar mucho, que el tiempo pasa y todo llega.

Te quiere mucho tu amigo,

 

JOSÉ MARÍA

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Guijo de Granadilla, 30 de Octubre de 1904.

Mi querido Mariano: Tienes razón. Te tengo sin carta no sé cuánto tiempo hace; desde que vino de esa corte Santiago.

Muchas gracias por lo que le atendiste, vino de ti muy contento.

Voy a darte noticias de todo, ya que casi siempre te tengo a media correspondencia.

Y apenas he dicho que te voy a dar noticias, ya me tienes sin memoria de ninguna, cosa que me ocurre siempre.

Sudaré y recordaré alguna cosa. Después que salga ésta para Madrid, se me vendrá todo al magín.

 Por aquí buenos, a Dios gracias. Yo he tomado este año baños en Montemayor. Tengo algo de gastralgia. Lo atribuyo a disgustos, exceso de trabajo, irregular método de vida, etc.

Desideria, hecha una esclava de estos tres muchachos, que son traviesísimos, Jesús y Juanito van a la escuela. Todos muy guapos.

De libros y papeles poco puedo decirte. Sigo escribiendo algo para periódicos y revistas. Hace pocos días de volví la prueba de una poesía para Blanco y Negro. Creo que la publicará en el número próximo. Estoy preparando originales para otro libro, que no sé cuándo publicaré.

Cuando vino el rey a Salamanca me llamaron. Habían dispuesto que en la fiesta de gala, en el teatro, leyera yo algo y se representase una loa de Luis Maldonado. Yo no fui, mandé unos versos.

Además, me pidieron algo para el extraordinario de la revista Las Hurdes, y solté otras complejas, firmadas con pseudónimo, de cuyo aire te dará idea el de la primera de ellas, que decía:

 Señor: no soy un juglar

soy un sincero cantor

del castellano solar.

Canto el alma popular,

no tengo nombre, señor.

 Él pidió todos los números de Las Hurdes anteriores al extraordinario y dijo a los que le presentaron el grupo de jurdanos: «Conozco las Hurdes por una poesía de Galán, que leí no sé cuándo, y que, lo confieso, me impresionó profundamente». Y basta de jurdanos y de reyes, que son seres unos y otros que no parecen todos hijos de Adán y Eva, porque... ¡qué horrendas desigualdades Dios mío!

Baldomero me trabaja para que escriba una cosa para el teatro. Hasta me ha prometido un argumento. Yo tengo poco tiempo... Y pocas ganas de aventuras. Tengo del público un concepto algo parecido al del de Unamuno. «Nadie hay más estúpido que un público. Cada hombre, por separado, puede ser una persona discreta. Juntos, forman un imbécil».

Yo me resignaría con cualquiera juicio individual desfavorable, ya fuese de Menéndez Pelayo, ya de un tío de mi lugar. Y hasta respeto esos juicios. Pero el del público, ni lo respeto, ni quiero solicitarlo. No digo que no lo solicitaré, sino que no quisiera solicitarlo. Por lo demás, buena falta me hacían cuatro cuartos, y el teatro los produce... si se acierta, como dicen bárbaramente los que hablan de eso. ¡Los P de nuestra literatura!

 No dirás que hoy no te he escrito largamente.

Hazlo tú pronto, y recibe un abrazo de tu amigo

 JOSÉ MARÍA

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