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10 cartas a su amigo José González Castro, "Crotontilo"
Mi querido
amigo: No puede usted calcular cuánto celebro que mis versos le hayan
impresionado hondamente; le agradezco muchísimo su carta, y nada he de decirle
respecto a sus elogios porque ya le he dicho antes de ahora que le tengo a usted
por muy sincero, y, siendo esto así, debo aceptarlos sin las réplicas de rúbrica.
Ya que de cosas mías he empezado a hablar, acabemos con ellas, por no dar luego
saltos atrás.
Esas cuartillas que le envié, para usted han sido
hechas, y son de usted desde que yo se las di. Se me olvidó firmarlas; pero mándeme
la última de cada composición, y las firmaré con más que gusto, con muchísimo
gusto. Le remito a usted ahora «Regreso», y con ésta las conoce todas,
exceptuando dos, de las cuales no me quedé con copia, y no le importe: son de
las más ligeras.
A estas horas ya le supongo más sereno, menos
nervioso (casi quiero decir menos artista) y más crítico. Aunque más me place
el oír sentir que oír juzgar, vaya usted preparando con calma su sentencia, y
caiga ella sobre mí cuando yo le avise a usted, que será a fines de mes, Dios
mediante.
Quedo preparando las cosas de modo que el primer tiro
que se oiga sea el de usted, cosa que para mí ya no es nueva...
De los retratos, que le agradezco con toda el alma,
no quiero hoy hablar casi nada, porque irán, sí, a mi gabinete fotográfico, y
a buen sitio; pero yo quiero que esos procedimientos se perfeccionen y que lo de
hoy se repita, pues deseo ver más para conocer más. Y eso que he visto con el
auxilio de una lente cosas de angelillos y... ¿no he visto un dedal de coser
fuera de su sitio?
Y usted no puede ser ese que está sentado en la
butaca. Parece un burgués adinerado, lleno de una seriedad impertinente y
agresiva que molesta. Y si se quiere hacer favor al retrato, es un señor que
soporta con ceñida dignidad las molestias de la gota. Parece mentira que el de
la boina, en el otro retrato, sea el señor de la butaca: vale cien señores de
éstos. Y otros tantos vale también el que forma, rodeado de su prole, en el
retrato tercero.
Vengan esas ilustraciones que me promete, aunque no
le queden como desea, porque así y todo han de gustarme mucho.
También yo, para irnos conociendo más, le mando
para allá mi estampa de hombre, que no dice nada de particular, a no ser lo que
he escrito debajo de su retrato.
Es su amigo de veras,
JOSÉ MARÍA.
¡Se me olvidaba! Conozco de Guerra Junqueiro dos cosas: el
nombre, y una frase que dijo cuando estuvo últimamente en Salamanca. Le había
oído en Madrid Salmerón, ponderárselos, los versos conceptuosos, hinchados y
campanudos del gran Quintana, y contaba Guerra Junqueiro que al terminar le dijo
al lector: «¡D. Nicolás, eso no, eso no es poesía; eso es abogacía!»
Y como yo abundo en el mismo parecer, se me quedaron
las frases de Guerra Junqueiro. Pero nada más, amigo mío; de sus versos, ¡ni
uno solo! y siento mucho la coincidencia, que ya no puedo salvar, porque a esta
hora supongo que «Presagio» está ya en el folleto del Obispo de Salamanca,
que espero llegue (el folleto) de un momento a otro acá.-Vale.
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Mi querido amigo: En cuartillas le voy a escribir
hoy.
Recibí su libro y los números de El Adelanto que con aquél
me envió. Por el libro no le doy gracias. Se lo pagaré tal vez muy pronto con
otro mío, aunque quede mal pagado; pues, así y todo, siempre querrá usted
mejor la firma de un buen amigo que las gracias.
De esas Briznas nada le diré, porque ni yo soy un buen crítico,
ni falta le hacen a usted cuatro cosas mal dichas que yo pudiera decirle. Que me
gustan mucho, sí; eso puedo yo decirlo como cualquiera hijo de vecino que lea
una cosa y le entre.
Las Briznas (llamémoslas como usted), entran de
veras, y algunas de ellas hasta las propias honduras del alma del lector; créalo
usted, amigo mío, porque también le digo que una de ellas, la primera, Vida
por vida, se la arrancaría del libro. ¿Que por qué? Pues es bellísima, pero
me dolería que algún... pequeño perverso, dijera que eso es, ni más ni
menos, El Señor, de Leopoldo Alas, que publicó hace bastantes años. Tengo la
seguridad de que usted no leyó aquel cuento, porque, de haberlo leído, fuera
otra cosa Vida por vida, y no lo que usted soñó, coincidiendo con Clarín.
Afortunadamente, todo lo de usted -y para mí es tal
vez el mayor mérito- tiene un sello personal de tan precisas líneas que... no
hay necesidad de deducir la consecuencia. Y entienda usted que esto se lo diría
yo a los maliciosos, pues yo no lo necesito para mí. Más que ese sello
personal literario, me decide a mí la persona de usted... Y no hay que hablar más
de esto. Sólo, sí, he de repetirle, pero sin relacionarlo ya con lo anterior,
que ya le conozco a usted como escritor. Tanto, que creo no necesitar ver la
firma de usted debajo de sus escritos. Lo cual no hay que decir que es un mérito
del que escribe y no del que lee. El que lee podrá confundir al plagiario con
el plagiado; pero al que es original, se le conoce en seguida, lo cual no es
poner ninguna pica en Flandes.
Ahora, a lo otro. Lo otro es El Imparcial, Maeztu, La
Gaceta, la Reina, la nación entera... Ya no faltará más enhorabuena que la mía,
¿verdad?
Pues ahora es cuando me gusta más dársela, porque ya irá
usted, e irán ustedes, más descansados.
¡Qué bien ha hablado usted en El Adelanto sobre
eso! Lo esperaba de usted, tal como ello salió, lo celebré, lo coreé, se lo
puse delante de los hocicos a quien pude, ¡y no he podido ponérselo a todos
los españoles!
¡Mire usted que se necesita... tener agallas para, cuando
todos estamos saboreando la merecida publicidad de la excepción, que, por
presentarse como tal, era de una fuerza extraordinaria para probar primero, y
para estimular después, descolgarse con autobombos inoportunos y horribles y
hasta con pordioseos y peticiones —por tabla— de los honores concedidos a
usted por los de arriba y los aplausos que les tributamos los de abajo... ¡Válgame
Dios, y qué flacos y qué débiles somos los hombres!
El deseo de la publicidad será muy humano, yo no lo niego;
pero, ¡ay!, es muy español, muy español.
Mi parabién por todo, pero señaladamente por el hecho de
enseñarles a esas gentes cuanto puedan, y por su modestia, al rechazar las
cruces y ante la nube de incienso oficial, jamás tan justamente quemado como
ahora, que se les vino encima.
En cuanto termine el tomito de versos, se lo mandaré, para
que lo vea antes que sea impreso y publicado. Ayer me escribió Villegas,
metiendo prisa y ofreciéndose a hacer el prólogo. Aún no sé si lo editarán
en Madrid o en Salamanca. Serra lo editaría de buenas ganas; pero aún no le he
dicho nada. Me fastidia tratar con editores: ya sabe usted lo que son casi
todos; yo no puedo dejar ahora mis tareas de aquí para hablar con alguno de
ellos allá, y no sé cómo arreglar esto.
Le quiere su amigo
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
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23 enero 1901
Mi querido amigo: Gracias sinceras por todo; por su
felicitación, por sus excelentes deseos y por su cariñosísimo y hermoso artículo
del «Adelanto».
El triunfo en sí mismo, me ha complacido mucho, que
fuera mentir negarlo; pero no miento si digo que ha habido cosas que me han
complacido, todavía más que el triunfo literario; el cariñoso antes que
encomiástico artículo de usted o la alegría de los de mi casa; el sincerísimo
regocijo de tantos queridos paisanos, la unanimidad en la concesión del premio
por los señores del Jurado, ninguno de los cuales me conocía personalmente, lo
contentísimo que todos ellos se me mostraron y las inmerecidas atenciones y
deferencias de que me han hecho objeto estos días en Salamanca dichos señores;
la misma facilidad con que pudieron cumplir su delicada misión, según han
dicho ellos mismos en público, cosa que a ellos y a mí creo que nos habrá
evitado esa serie de... cosas tristes que suelen venir detrás de este género
de asuntos... todo esto me ha alegrado más que nada. Si el teatro que tan lleno
estaba de espectadores, no hubiera estado tan horriblemente vacío para mí, créame
usted, hubiese saboreado con verdadero deleite mi triunfo ¡pobre porque llegó
ya muy tarde; cuando no podía verlo quien más lo hubiera gozado!...
Pues sí, amigo mío: ha gustado mucho en nuestra
tierra la poesía. Se conoce que acerté; lo digo como lo siento, porque de
todas partes estoy recibiendo todavía afectuosas enhorabuenas, después del
infinito número que recibí en Salamanca, y muchas de personas verdaderamente
peritas en la materia. Es claro que ser yo de aquella tierra, el contar en
aquellos versos afectos y sentimientos que allí encuentran fácil eco el sabor
de la tierra que al leerlos se percibe y otras causas semejantes, habrán
suplido la falta de otras buenas cualidades literarias. Pero aun con eso yo me
he atrevido a sospechar que debe quedarles algo que es capaz de agradar a los
que no han nacido en nuestra tierra, pues tengo pruebas inequívocas de ello.
Me hubiera alegrado muchísimo verle a usted por allá en
aquellos días, porque hemos charlado mucho de estas cosas y de otras que
agradan a usted seguramente.
Unos cuantos amigos me hicieron prometer que hiciera
un tomito de versos. Hoy me escribe Zeda, volviendo sobre lo mismo y a la vez me
envía números de «La Época» con la composición premiada y un artículo
suyo donde dice, nada menos que una cosa como esta: «Dudo que después del
Idilio de Núñez de Arce, se haya escrito en castellano una composición tan
sentida, tan sincera y tan poéticamente campesina...» Esto es muy fuerte...
creo que Villegas dice lo que siente, porque de antiguo tengo pensado de él que
es un escritor honrado y además, porque no hay más vínculo entre los dos que
una amistad de ocho días; pero para creer, he necesitado pensar en todo eso...
De usted no quiero decir nada, o quizá no sepa
decirlo como quisiera y debiera. Me quiero limitar a agradecer...
Y nada más, amigo mío, que hoy tengo que escribir
muchas cartas, aunque no han de ser, ni mucho menos, tan extensas como esta que
he querido dedicarle.
Ya sabe usted que es afectísimo amigo suyo
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
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Carta de pésame a José González Castro y a su
esposa Leopolda, por la reciente muerte de su hija
Mis buenos y muy queridos amigos: Se me cae de las
manos el periódico que me ha traído la triste noticia y acudo a esa casa con
unas líneas que no dirán lo que siento ni lo que quiero.
Tristes vosotros y apenados vuestros amigos, pero
feliz la adorada niñita y más numerosos el coro de los ángeles del Cielo.
Para estos días no mando consolaciones humanas: sé
que no valen; pero las mando divinas, grandes como el dolor de las entrañas
cuando pierden un pedazo.
Para usted primero, Leopolda, que es la madre. Para
usted toda mi dolorosa simpatía, todo el pensar de mi mente, asomándose al
abismo del amor de madre, que me dé la medida del abismo de su dolor
inenarrable.
Soy hombre y no puedo más que imaginar; y me espanta
pensar que no llego imaginando a la hondura de la pena. Para sólo estos tragos
de amarguras deberían ser cristianas como usted, todas las madres. Porque sólo
la mujer cristiana es fuerte, con fortaleza serena; sólo ella sabe llorar,
llorar el dolor sin las convulsiones que retuercen a los débiles; lloran amando
y bendiciendo, no escupiendo locuras de almas rebeldes ni protestas iracundas de
almas vencidas. Usted es la mujer cristiana, la madre cristiana que sabe más
que todos los filósofos y puede más que todos los grandes héroes. Y por eso,
porque son de usted las fortalezas y los consuelos de la fe, los amigos que la
vemos con los ojos del espíritu apurar la mayor humana amargura, no tenemos
otra cosa que hacer, sino tomar una parte de su pena y desear que el Señor se
la mitigue con bálsamo de esperanza.
Y tú, amigo que has perdido la hijita que tanto
amabas, no grites a lo demente ni calles a lo filósofo. Cualquier cosa temo de
tus nervios, sacudidos de modo tan doloroso por la desgracia.
Porque soy tu buen amigo, no quiero limitarme a
decirte que «te acompaño en tu sentimiento». Tengo que decirte más, aunque
en momentos como éstos te parezca muy duro y seco.
Mañana me perdonarás. Quiero que sufras, como Dios
manda, no como mandan los nervios, puestos al servicio de tus instintos de padre
o de tu cerebro de hombre ilustrado, lleno de las cosas de este mundo.
Tu mujer, seguramente, sabe mucho más que tú de la
ciencia del padecer, que no es cosa del mundo y de la cabeza, sino del Cielo y
del corazón. Aprende de ella como yo aprendo de otra, que no sabe todo el bien
que me está haciendo. Nuestro dolor, cuando perdemos un hijo, no es tan hondo
como el suyo, y sin embargo, lo padecemos peor. Te doy, pues, ese modelo que tan
cerca de ti está, y no creo que se te pueda dar más en estos días de prueba.
No eres un hombre sin fe. Precisamente creo que
tienes tanta en las cosas de esta vida, que al recibir esos golpes de la
desgracia, que son rasgos de la Verdad, si pierdes algo de esa fe, ganarás
mucho de aquella que hace levantar los ojos y buscar más alto lo que por aquí
no hay.
Pero por si así no fuera, por si tu temperamento,
naturalmente, sensible, herido con la herida más dolorosa para un hombre, te
hace salir del camino de tu calvario y tomar pendiente abajo, protestando del
gran peso de tu cruz, quiero que oigas a ese amigo a quien has dicho que
escuchas con atención y cariño, y espero que buscarás donde te ha dicho que
lo busques, el único eficaz consuelo que hay para un padre sensible, que ha
perdido a la hija de su alma.
Nuestros hijos, que son de Dios, están mejor en el
Cielo que con nosotros. Yo también tengo a los míos un amor, como el de todos
los padres, empapado de egoísmo: los quiero siempre a mi lado: no me deja mi
instinto de padre preferir su bien supremo, al relativo bien mío. Pero si Dios
me los llevara, tendría para mi dolor el gran consuelo de saber que ya tenían
un mejor Padre que yo y un vivir más alto que éste. Y en ello ya hay algo de
amor perfecto, porque lo es el que antepone al propio bien el de los hijos
queridos.
Dios te dé resignación. Pídesela como debes y verás
cómo sientes un alivio dulce y hondo.
Y Dios te dé también mucha salud, para los hijos
que te quedan. Porque eso sí que sería lo más tremendamente doloroso: que no
pudieras llevarles de la mano por la vida hasta que aprendan a conocer sus
caminos. Eso le pido yo a Dios, antes que nada, para mis hijos y para los hijos
de los demás: que mientras sean pequeñuelos, no les falte nuestro amparo.
Y, adiós Pepe. Como viene para muchos como tú, ya
vendrá para ti un día en que tu pena, dulcificada, buscará suaves reposos en
las regiones del Arte. Y entonces, cuando hagas el poema de tu Trini, para ti sólo,
o cuando lo derrames para todos en rosario de palabras, yo te pido que éstas
sean de fe tranquila, de esperanza luminosa y de sumisión a Dios. Recuerda
siempre, siempre, que con Él está tu hija.
Y cuéntale tus penas a tu amigo
GALÁN
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Guijo de
Granadilla.
SR. D. JOSÉ GONZÁLEZ CASTRO
Mi querido amigo: Hablé a los organizadores de la
fiesta que proyectan en la Zarza en honor del doctor Eloy Bejarano Sánchez, y
desean con empeño que seas tú el que escribas la biografía del obsequiado.
De mí no hay que decirte nada, pues bien debes saber
que leeré con mucho gusto tu trabajo, que puedes desde luego ir preparando y
enviármelo cuando lo tengas listo.
De fecha no puedo decirte otra cosa que lo que me
dicen los organizadores: que es probable que ello sea para después del 20 de
Agosto.
Sin embargo, no te descuides, por si Bejarano
adelantase las cosas.
Yo no he hecho aún nada, ni sé qué hacer, o mejor,
ni he pensado en ello. Lo mío, será cosa más breve, y no tengo, por lo mismo,
tanta prisa.
No tengo a la vista tu última carta (escribo en el
campo), pero recuerdo que me dices que te amplíe el concepto relativo a lo que
te dije en mi última sobre tu temperamento y tus ideas, como menos a propósito
que el de Leopolda para la aceptación resignada de las penas.
Punto más, punto menos, quería decirte que el tuyo,
es el de todos los hombres intelectuales, menos a propósito, cierto, comparado
con el de las mujeres cristianas y sencillas, para sufrir los embates de la
vida. Somos nosotros más pobres que ellas. Somos más fáciles al acceso de las
rebeldías iracundas, a las vacilaciones de la fe, etcétera, etcétera.
Entiende que para mí no es inmodestia llamarme también
intelectual; al contrario, es una confesión humilde, pues el mote, en el
sentido que le suelen dar en estos tiempos, entiendo que es deprimente.
No sé si te dije que Blanco y Negro había publicado
una poesía mía titulada Plétora. No tengo más que un número de esa revista
y por eso no te lo mando. Pero adjunta va copia de la poesía.
La ilustró Varela con una estatua que ha sido muy
discutida entre mis conocidos, pues mientras unos afirman que se inspiró
maravillosamente en la poesía, otros dicen que no hay tal, a no ser en cuanto a
la actitud, que es verdaderamente acertada.
¿Que a mí qué me parece? ¿...?
Te quiere mucho tu amigo
JOSÉ MARÍA
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Mi querido
Crotontilo: También me quedé sin padre. Se me murió hace doce días casi
repentinamente, cuando estaba viviendo una vida llena de energía y de salud. De
los consuelos humanos, sólo he tenido uno, pero grande, como todos los que nos
da nuestro Dios: el consuelo de abrazar aquellos restos queridos antes de ser
sepultados; el consuelo infinito de tener entre mis manos aquella cabeza blanca;
el consuelo de tener muchas lágrimas, ríos de lágrimas que cayeron sobre
ella, que la empaparon... Mi padrecito ha ido a la sepultura ungido con lágrimas
de hijos buenos, ungidas sus manos, sus pies, su pecho, su cabeza... Le tuvieron
dos días sin enterrar, porque el padre de los cuatro hijos -dos ausentes- merecía
aquel semidivino embalsamamiento, aquel baño purísimo de lágrimas con que
todos nuestros amigos presentes allí sabían que nosotros habíamos de preparar
aquellos restos queridos para llevarlos a la tierra bendecida, bendecida por
Dios y santificada ya por aquellos otros restos venerados de nuestra madre, de
nuestra santa.
Ya quedaron allí juntos, en aquella capillita
venerada, en tierra de Dios, mis padrecitos queridos, los que supieron criar
hijos que han sabido llorar sobre sus cadáveres a la manera cristiana, porque
abajo cayeron tantas lágrimas como oraciones subieron a los Cielos.
¡Qué buenos fueron, qué buenos fueron!... Si tú
lo supieras bien... Yo, al dejarlos en aquella tierra santa, al salir de aquella
casa, al dejar aquel pueblo de mis ya muertos amores, creí que me ahogaba de
ansia. Estuve un rato olvidado de lo que tengo en el mundo -¡Dios me perdone!-,
y me vi solo: sin padre, sin madre, sin patria. Y nunca podré decir todo lo que
tuve el valor de padecer cuando, parando el caballo, cara a cara con toda mi
vida, que se veía desde la cumbre de aquel monte que recogió mis miradas de niño
y de adolescente feliz, le di a todo un adiós de aquellos que no se pueden
repetir sin peligro de morirse.
¡Y mira tú lo que es Dios! Al dejar de verlo todo y
descender la cuesta del otro lado de aquel monte, cuya subida me parecía mi
calvario, su cumbre la muerte y la bajada de la opuesta pendiente un
descendimiento a la sepultura, me hizo explosión a la cabeza el recuerdo de mis
hijitos y de su madre, que decía: ¿Y nosotros?
Te digo que me sentí resucitar. Y al darle las
gracias a Dios, me dije: ¿Y Dios?
Y mira tú qué misterios, porque otra cosa no es: se
había acabado la cuesta, y ya iba yo por un valle que me hizo recordar lo del
«valle de lágrimas» que decimos en la Salve y pensar de esta manera: Sí, un
valle de lágrimas, pero en él están mis hijos con su madre, y después de él
está Dios.
Y así es de bueno Dios, que pone detrás de cada
pena un consuelo humano, y luego se nos da Él mismo como supremo consuelo.
Y aquí me tienes, rezando y llorando a mis muertos
queridos y arrancándoles a mis pequeñuelos unos besos que son gotas de bálsamo
milagroso...
Mil veces más que tus cariñosas palabras de
consuelo, y eso que me valen mucho, os agradezco una oración por el alma de mis
padres. Dios os pagaría mejor que yo esa merced.
Todas estas intimidades tristes, bien sé yo que no
suele nadie contarlas a los demás, porque los demás llevan todos también una
cruz sobre los hombros y un poema dentro del alma.
Pero a ti quiero contártelas: me hace un bien muy
grande.
Te abraza tu amigo,
JOSÉ MARÍA
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Guijo de
Granadilla
SR. D. JOSÉ GONZÁLEZ CASTRO
Mi querido Pepe: Tienes a veces aprensiones de criatura. Sí,
hombre, sí. ¿Por qué no he de contestarte con el cariño de siempre? Ya lo
hubiera hecho si hubiese tenido una hora de sesenta minutos que dedicarte,
porque menos no quería. Y hoy te escribo, sin que la holgura haya venido,
porque vienes todo apurado en tu última. Leí tu crítica y ¡mejor hubiera
sido por lo visto, haberte contestado con una cartita lacónica, que esperar día
de vagar para consagrarte un buen rato!
Me pones bien puesto el gorro, al suponer que mi
amistad está pendiente de un hilo tan sutil como el que representa cualquier
molestia que una crítica tuya me pudiera ocasionar. Sería gracioso el suceso.
¿No he sido yo quien te he pedido sinceridad al escribir mis cosas? ¿No me
dices que de ellas usaste? ¿Pues qué más debes tú hacer, ni qué más puedo
yo pedirte?
Y cuenta que estoy hablando como si tu crítica de mi
libro último me hubiese levantado la piel en tiras. Pero precisamente, si algo
hay en ella que yo pueda recusar es su demasiado fuego, su afectuoso entusiasmo,
que palpita debajo de cada línea, de cada letra, y me lleva a pensar en el
amigo y a olvidarme de que un crítico me habla. Esto, en cuanto a mi persona a
secas, y en cuanto a mi persona literaria. En punto a afirmaciones y negaciones,
ya es otra.
Convenimos, generalmente, en sentidos, mas no en
criterios al considerar las cosas, o por lo menos, algunas cosas de las que
dices con motivo de mi libro.
No te apuntaré más que alguna, porque no es cosa de
que yo me permita hacer crítica de crítica, aunque la mía, como más arriba
he insinuado, no había de referirse a la tuya en la parte que está dedicada a
la cosa literaria, a no ser en algún detalle.
Ejemplos: Que cante el vicio, que ya cantó la
virtud. Que fustigue aquél, ya que siempre he puesto a ésta sobre mi cabeza y
a ella le consagré mis amores. Que tu deseo es que haga lo primero, después de
hecho lo segundo.
Pues bien: yo creo que todo ello es uno, mirado desde
dos puntos de vista, eso sí. Creo que estoy haciendo lo que deseas y me
aconsejas. Mira el fondo de las cosas y verás cómo es verdad. Porque amar
mucho la luz ¿no es detestar las tinieblas? Adorar la libertad ¿no es odiar la
tiranía? Hacer amable la virtud ¿no es una condenación del vicio? Cada himno
al bien es un salivazo al mal. Son dos procedimientos para lo mismo, con la
ventaja para el mío de que me doy, o le doy a los demás, atracones de aire
limpio y no festines de carne que hiede a muerta. Esto último en literatura, ya
te lo he dicho en otras ocasiones, lo considero más fácil que aquello, y hasta
más accesible para todos y de mayor efectismo.
Pero estas no son razones, son miras de orden más
inferior. Sólo podrás argüir que el ataque al vicio, de frente y a tiro
limpio, es de mayor eficacia, al menos para las gentes incultas, que la guerra
santa que yo le pretendo hacer: que las llagas se curan mejor con cáusticos que
con bálsamos... Algo hay de verdad en ello -pues yo lo proclamo donde quiera
que la vea-, pero siempre ha de resultar que enfrente de esa verdad, que es muy
relativa, hay otra que no lo es tanto: espíritus amamantados en el amor al
bien, llevan más noble base de educación moral que los criados en las bascas
que produce la podredumbre del mal. Eso para la vida de la cabeza. Para la del
corazón, tampoco hay duda: en la vida sentimental, más hace el bálsamo que
cura deleitando, que el cauterio que cura hiriendo.
El enfermo (continúa el símil), el podrido, el
desesperado, necesita y quiere mejor, y hasta le aprovecha más que le canten
las excelencias de la salud que lo feo de sus culpables miserias.
Otra cosa: dices que en breve he de agotar el tema y
por fuerza he de buscar inspiraciones en otro.
Si el tema es de verdad poesía, no se agotará jamás.
Yo sí podré agotarme mañana, pero el venero del sentimiento de lo bello y de
lo bueno, es inagotable, como que viene de un océano que no tiene hondón ni
orillas... Llámalo Dios.
Que amo los tiempos en que la digestión de los
poderosos era tranquila, gracias al estado de incultura de los pobres, esto es
sencillamente que me cuelgas un mochuelo que no he matado. Yo amo la tradición,
sí; la amo en lo que tiene de bella y de sustanciosa, que de estas dos cosas
tiene, y no muy poco.
Pero la gran tradición que yo amo, no es esa que tú
dices: eso es amar la propia barriga con endiosamiento y con grosería; eso,
además, es un crimen: el crimen de vivir apoyado en el embrutecimiento de los
demás y desear que perdure para que no se interrumpa la digestión, etc., etc.
Y luego si tú crees que la resignación cristiana no
tiene otros fines, en cuanto a los pobres, que el de aquietarlos para que no den
estacazos a los ricos... estás fresco. Quisiera verte mover a más hondura en
el estudio de estas cosas, ¡Por Dios Crotontilo, que yo te quiero más, mucho más
que la mitad de tus lectores juntos, y deseo que no sonrían los que saben
pensar cuando lean algunas de tus afirmaciones, como la de que la resignación
no debe reputarse virtud sino dignidad.
No digo yo la resignación cristiana, que tiene mucha
más miga de la que el vulgo le da, pero ni siquiera la resignación filosófica,
se parece a eso que dices. Lejos de eso, todo espíritu resignado, revela algo
que es magnífico; como que le pone por encima de todo accidente de la vida,
como que es un vencedor, etc., etc., porque me voy a ir muy lejos y no hay
tiempo.
Consejo por consejo (¡yo te agradezco siempre los
tuyos!) yo te doy otro: que escribas, sí, pero que no escribas mucho del gran
problema social.
Ni tú ni yo lo abarcamos (ni creo que ningún otro
español, por supuesto), y tenemos que parar en decir unas veces tonterías,
otras errores, y siempre vulgaridades. Para tamaños problemas, no basta que
tengamos corazón. Este sólo puede llevarnos a maldecir los desequilibrios
sociales, a decir que va a haber palos, cosa que estamos ya fatigados de oír, y
a predicarlos a los pobres fáciles cosas, que no sabemos a punto fijo, si a la
larga habrán de perjudicarles. Por lo pronto el veneno de la más cobarde de
las adulaciones que se les ha suministrado a grandes dosis por una burguesía
amedrentada está ya dando sus frutos, pero no los frutos buenos de una legítima
protesta a la que tenían derecho, sino los frutos naturales de cierta pasión
avasalladora... y más avasalladora en gentes que, según dices, no aceptan
ya... ni el infierno ni la gloria: zarandajas que estorban (¡ya lo creo que
estorban!) y se han suprimido como si se tratara de las Diputaciones
provinciales o de las Audiencias territoriales, que cuando no sirven se
suprimen, y en paz.
Basta ya, y observa que todo lo que te he dicho, a lo
menos en lo que te contrarío, no se refiere a tu crítica literaria de mi pobre
libro, sino a esas otras materias en que te enfrascas después de charlar del
libro.
Yo no leo lo que llevo escrito. Fácilmente he sido
duro en la forma, pero me queda remordimiento si así fuera, porque mi afecto
vale más que una cortés parsimonia en el empleo de las palabras que se dirigen
a un buen amigo.
A un buen amigo que te abraza y que lo es
GALÁN
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Querido Pepe:
Empiezo lamentando lo de tu cuñado y haciendo votos porque Dios le dé lo que
los médicos no sabéis darle.
Llegaron tu carta y tu postal. De ésta... los angelitos
del óvalo. Lo demás, no ya tanto. Lo demás eres tú, pues no tendrás la
demencia de considerarte ángel, sino novelista espeso. Venga, hombre, venga ese
cáliz; lo apuraré hasta las heces; y, por lo visto, heces será todo él.
Venga la novelita, pero de mí no esperes dulzores críticos al estilo de
aquellos de que me hablas en tu carta, refiriéndote a otra novela recientemente
publicada. Ni esperes que yo cometa el pecado mortal (demasiado tendrá uno a
las espaldas) de contribuir a que te la publiquen, suponiendo, claro es, que la
cosa sea tan... tarán-tan como me dices, o aún más de lo que me dices, que
todo me ha pasado por la mente a la hora esta. Comprenderás que no se trata de
mí, esto es, que yo por desgracia, ya no me espanto por pincelada más o menos.
Es más: cualquier cosa, en literatura, resisten los nervios míos mejor que una
cosa ñoña.
Esto no quiere decir que no se me encalabrinen también con
las porquerías, pero las ñoñeces ¡ay! no las puedo resistir. Pero lo siento
por los demás, que no todos tienen filtros para las aguas que beben... Bien me
comprendes: ¿no sabes que el pueblo bajo es un bruto por culpa nuestra, y que
ya que lo dejamos ser bruto no debemos hacerlo también cerdo? Bien sabes que no
digiere. ¡Oh! si le hubiéramos enseñado a digerir, ya podríasele hablar de
otra manera. Y bien comprenderás que el pueblo bajo de autos no lo forman
precisamente los tíos más tíos, porque esos no leen más que el calendario
zaragozano.
En fin, no adelantemos el sermón. Vengan las cuartillas,
que yo te prometo no quemarlas después de leídas, sino devolvértelas con algún
apercibimiento. Más no prometo por ahora, y no es ello poco prometer, querido
novelista.
Sí; sí, yo también soy partidario de cosas que tengan...
vida. Ya has visto, sin ir más lejos, el cuento de El Noticiero, de que hablas.
Me parece que más escabroso... más vivillo, no sé yo, porque hasta oirías
sonar un beso. ¡Ah, bribón! por eso tal vez, y sólo por eso, te llenaría el
ojo el cuento. También recuerdo que te gustó mucho otro cuento mío (como que
hablaste en los papeles de él) otro cuento digo, titulado El Vaquerillo, que
publicó la Revista de Extremadura, y que era más acrotontilado que ese otro de
El Noticiero. ¡Como que te voy conociendo!
No te he escrito antes porque he tenido unas magníficas
tercianas, cosa que en mi vida había padecido. Tan magníficas que la segunda
llegó muy cerca de los cuarenta grados, ya ves. Las ahogué en quinino, como
dicen los médicos de esta tierra, y continúo ahora tomándolo, no ya en
sellos, sino en píldoras, que tienen hierro también.
Estoy bajo la influencia de tales cosas, y hecho, por lo
mismo, una caballería menor.
Me han mandado el programa de los Juegos de Béjar, y
Carlos Cano, el de los de Murcia, y ésta es la hora en que no tengo hecho nada
de provecho. Y a Béjar quería mandar algo, porque no digan nuestros paisanos
que le parece a uno poco Béjar y sus juegos. Te lo diré si algo mando a un
punto o a otro.
Sé que andan a darte la encomienda de Alfonso XII. No te
servirá de mucho, pero no te estorbará. Yo también estuve amenazado de lo
mismo hace algún tiempo, no sé por qué ni por quién, pues sólo vi en los
periódicos que el ministro, que ya no lo es, iba a conceder tal honor a varios
literatos de provincias, entre los cuales estaba yo.
Cayó el Ministerio y me quedé sin la prebenda.
Sé que tengo los originales que te prometí cuando lo de
Castellanas. Los buscaré, y allá irán.
Vi tu crítica de... ¡Todo lo comprendí en el momento! Te
lo perdono, porque quiero que me perdones los pecados del mismo género que yo
te he hecho cometer. ¿Ya no recuerdas aquellas críticas de Castellanas que
encendían el pelo al lector más desconfiado? ¿Y no recuerdas que en otro artículo,
me sueltas un los Galán entre los Roso de Luna y otros así? ¡Ah, pecador, y
qué tizonazos te esperan en la otra banda, Negociado de Literatura, sección de
crítica. El infierno está empedrado de buenas intenciones: mi deber es advertírtelo,
aunque comiences por mí tu obra de regeneración, llenándome de motes en los
papeles públicos.
El 14 salgo, Dios mediante, para la feria de Galisteo, a
vender unos chotillos (porque yo
vivo en la grata y dulcísima confianza de que tú rezas el Padrenuestro, ¿eh?
No las tengamos: que aunque anden de por medio las novelas naturalistonísimas,
y aunque precisamente por eso mismo hay que rezar algo, hombre, porque todo esto
que traemos entre manos está llamado a desaparecer, por no decir a lo bruto que
se lo va a llevar Pateta). ¡Qué paréntesis! Estoy atroz.
Veo que adelantaste mucho en tu afición de fotógrafo. Me
ha gustado muchísimo la postal. Chico, servís para un fregado lo mismo que
para un barrido. Además, sabéis manejar el tiempo. Os da de sí para todo; te
tengo envidia, envidia de la buena.
Esto no es contestar a aquella galantería tuya (que mejor
debiera llamar gran tomadura de pelo) de que «los hombres cuando llegamos a
cierta altura...» Hombre, como mejor mozo que tú, sí que lo soy, aunque me
esté mal el decirlo, porque la altura de tu físico no es la de un quinto de
hogaño. Si tal quisiste decir, verdad es, y pase la picardía de hablarme con
picardía. Pero si de veras me ves más alto que tú -no en el sentido material
de la palabra-, en ese caso, yo te doy una enhorabuena grande por tu modestia y
tu hermosísima humildad.
Hasta la tuya. Te quiere tu invariable amigo,
GALÁN
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Querido Crotontilo:
Leí el manuscrito de tu novela. Mil gracias por tu atención.
Yo no sé hacer prólogos(*) ni creo que tus libros los
necesiten. Al que sabe andar solo le estorban y hasta le afean los andadores.
Solamente los débiles necesitan ajeno apoyo. Al buscarlo en mí, has procedido
como los niños que están aprendiendo a andar: buscan fortalezas sin pensar si
las hay en los brazos de las personas queridas. En ti, además de cariño
instinto, eso es modestia. Sea enhorabuena.
Pero ¿de qué podría yo hablar en el prólogo de tu
libro? ¿Del libro mismo? Pues para ello me falta sabiduría literaria, y por lo
mismo, osadía para pretender ilustrar a tus lectores, que son cultos y son
muchos.
Hablar de tu persona sería ridículo. Pretender yo a estas
horas descubrirte, sería no estar en mi juicio... ¡Ah! te lo niego en redondo,
y espero que me des por ello las gracias.
Otra cosa es mi opinión privada de buen amigo acerca de la
novela. Esa pobre opinión hubiera ido muy pronto en busca tuya, aun sin habérmela
pedido; y allá va monda y lironda, en cueros vivos, como te place y me place.
No es este libro lo mejor que has escrito. En Briznas,
verbi gracia, tienes artículo que vale por la novela. (Hablo y seguiré
hablando con el modesto yo opino por delante.)
Has querido sorprender la realidad, y no precisamente con
el pincel, sino con la máquina fotográfica, aspirando a presentar el objeto
como él es, ni más ni menos. Pues bien; la realidad, o si quieres, la verdad,
tienes reparos que poner, en primer término al ambiente general de la fábula,
es, aunque no te lo parezca y con ciertas salvedades, muy romántico... (como tú,
que también lo eres por dentro, tal vez sin saberlo y a despecho de todas las
apariencias).
Reparos del mismo género hay que poner también al tipo de
tu colega, y aun al de la hermosa hembra heroína de tu libro. La señora de Yévenes
te salió tonta del todo, o, lo que es lo mismo para el caso, ciega, sorda, muda
y torpe; sólo conviniendo en que sea todo esto, puede creerse que ignora que
está casada con un Tenorio groserote, sultán de un serrallo de odaliscas
celosas como panteras y envidiosas como demonios, pero tan caritativas y
generosas que ninguna, en sus períodos de desgracia o en sus días de puercas
aspiraciones, denunció a la rival de al lado o a la de enfrente ante el
tribunal de doña Damiana. Y eso que en el serrallo se cultivaba el anónimo,
cosa, por otra parte, innecesaria para descubrir tapujos de pueblos chicos. Y sólo
contando con una doña Damiana crédula, que no en Tegilla vivía, sino en el
limbo, puede pasar lo del cuento de Yévenes y lo de la admisión de la Sarito
en su propia casa, una casa por donde vagaban aires que transcendían a
cristianas purezas patriarcales, con asomos de vanidosas hidalguías en almas y
pergaminos.
De los amores del médico y la Sarito también hay algo que
hablar. Por lo pronto, hay que andarse con cuidado en materias de redenciones,
si ellas son de hembras perdidas que de pronto nos resultan enamoradas por lo
platónico... Si yo fuera confesor y a mis pies se arrodillara una perdida, contándome
la vulgarísima historia del cambiazo, le diría: «la gracia de Dios te salve»:
pero jamás le dijera: «ama a ese hombre, hija mía, que su amor te salvará».
En materia de repentinas conversiones, barrunto como un milagro de por medio, o,
cuando menos, un suceso maravilloso. Tú crees que el amor hace el milagro: yo
creo que lo hace Dios... o el amor como medio de que Dios quiera valerse... Pero
es el caso que tú hiciste caer a tu Sarito de rodillas ante una imagen de la
Virgen, llorando, rezando mucho... El amor no hace esas cosas, si no se lo manda
Dios, y siendo esto así, parece que tenemos que convenir en que fue cosa de
Dios la conversión de Sarito. Y convendríamos en ello... si no me opusiera yo,
que no puedo creer que Dios inspire amores que tiene muy condenados, como que se
llaman nada menos que adulterio. ¡Donoso medio para ser cosa de Dios! Sarito se
redime amando al médico adúltero, y al médico bienhechor que lo parta un
rayo. Y no vale aquí decir que la coima le proponía amores espirituales, puros
(llamémoslos así), porque ya sabes quién dijo que el adúltero con el corazón...
El médico redentor, como impropiamente lo llamé, es un
tipo que recuerda aquel dicho decidero de que «el diablo harto de carne se metió
fraile». Porque no fue un atracón amoroso, sino muchos atracones (los
suficientes para llegar al hastío o al arrepentimiento conciencias como la
suya) los que necesitó el buen galeno para pensar seriamente y sentir del mismo
modo sus deberes y el estado de espíritu de la bella aventurera.
Y todavía le hizo falta, para llegar a la victoria, el
terror de que los tíos de Tegilla sitiasen su hogar por hambre y la pasaran su
mujercita y sus hijos. Así, cualquiera se metería a redentor de Magdalenas
guapísimas.
Todo esto del médico es muy verosímil, muy humano; y si
yo trato de restar bondades a tu colega, es porque se ve a la legua que tu deseo
fue pintarlo todo un hombre... y no resulta tal cosa.
Lo que de éste y su amante te llevo dicho, hubiéralo
suprimido si comprendiese que tu propósito había sido escribir una novela
inmoral; mas como ello no es así, he intentado demostrarte que, sin quererlo,
inmoral te ha resultado.
Y esa es mi pobre opinión; en resumen: que la obra es, en
el fondo inmoral, y a veces inverosímil. Lo primero no es cosa buena para ti...
ni para tus lectores, sobre todo los de veinticinco años abajo. Lo segundo, es
pecado literario grande, y más en quien como tú, se propuso regalarnos un
pedazo de realidad echando sangre.
Esos dos aspectos de tu libro no me gustan, y dicho sea con
perdón del más autorizado de quien me hablas.
Hablaremos algo de la forma. Tu temperamento de periodista,
porque lo tienes, y de periodista de los buenos, te precipita, te hace escribir
muy deprisa, y el lector no lee con igual cuidado al Crotontilo periodista que
al Crotontilo autor de novelas. No es esto decir que en el periódico lo hagas
mal, ¡qué ha de ser! si precisamente yo creo que lo haces a maravilla. Esto no
es mas que recordarte -porque otra cosa no necesitas tú- cuán diversas cosas
son un artículo de periódico y un capítulo de novela.
Yo sé que escribes tus hermosos trabajos periodísticos a
vuela pluma, con toda la prisa de que tu mano derecha es capaz; pero deseo que
cuando escribas un libro... te salga un panadizo en el índice de dicha mano.
Nada más eso; porque viéndote obligado a escribir siquiera a media velocidad,
el estilo de tu obra ganaría mucho en peso, en concisión, en densidad de
pensamiento y en robustez y fortaleza.
En la novela advierto escasez de diálogos. Todo nos lo
cuentas tú, todo nos lo explicas tú... y ya sabes que eso es más fácil que
hacer hablar a tus tipos, para que el lector los conozca, no por referencias,
aunque ella sea cosa exacta, sino de modo directo.
El lenguaje que pones en boca del médico o del que tú
mismo empleas para pintar, verbi gracia, las reuniones del señorío femenino en
casa de Yévenes, es demasiado violento, excesivamente grueso, agresivo, sañudo.
Desaparece el artista que debiera pintar miserias tan horribles con vivos
colores sí, pero sobre un fondo triste de superior piedad augusta, y aparece el
hombre emberrenchinado y descompuesto, como el que hace coléricas piruetas
criando riñe henchido de ira menuda y rabiosilla. No quiero decir ahora que no
haya Tegillas como esas que tú nos pintas, sino que tu modo de pintarla, parece
así como un modo de venganza... artística y todo.
Lo que más me desazona del libro son ciertos episodios,
ciertas escenas y algunas frases sueltas que huelen que apestan a una cosa que
no es arte. Dos o tres escenas íntimas entre el redentor y la redimida, que a
la cuenta se iban así preparando para su singular santificación, varias frases
alusivas a Yévenes y a las mujeres de Tegilla, muchas de las que emplea Ramiro
en sus juicios sobre las gentes del pueblo; sus denuncias de horrendas
intimidades conyugales, el espantoso episodio del muchachuelo y la yegua... ¿Por
qué haces eso, hombre, si sabes que ello no es arte? ¿Si sabes que todo autor
que sea verdadero artista u hombre de buen gusto artístico repugna esos
procedimientos? Ni siquiera es original el procedimiento, porque todo hombre que
sepa escribir cuatro renglones en limpio, sabe escribirlos en sucio. ¿Me niegas
esto? ¿Me niegas que todos somos capaces de dejar en cueros vivos las cosas...
y las personas, escribiendo y describiendo en ese estilo brillantemente grosero,
hasta producir sensaciones de visión real en el lector y estropearle el candor
si es un chiquillo, y el estómago si es un hombre que sepa serlo de veras? Pues
eso lo sabemos hacer todos. Lo que no poseemos muchos es el secreto de producir
en el lector la emoción correspondiente sin refregarle las cosas en los
hocicos. Coger con la mano izquierda al lector por el cogote, acercarlo a la
sentina y chapotear en ella con la derecha, ¡vive Dios! que es un medio muy
decente y muy difícil de hacerle sentir hedores.
Lo difícil, lo portentoso del Arte, es que éste consiga
dar al lector, en la precisa medida, y a distancia, la sensación necesaria, sin
meterle la cabeza en el fangal, sin estropearle la... inmaculada pechera, porque
al que limpia la tiene, no lo dudemos, le fastidia que se le llene de fango.
Nada más difícil que el Arte naturalista, en el sentido en que debes
interpretarme la frase en estos momentos.
¿Que si no veo más que esto en la novela? Sí, querido
Pepe, ¿pues no he de ver mucho, muchísimo más? Veo mucho bueno; mas no te he
escrito esta carta para regalar tu oído con la música de un cántico
entusiasta, dedicado a tu corazón de hombre, que raya todas sus obras con una
estela de jugo de su propia sangre; sangre que al derramarse, lo empapa todo de
un profundo sentido de alta justicia, de honda piedad y de nobleza generosa; a
tu corazón de artista, que tanto y tan bueno siente, y a tu ingenio literario,
que nos lo sabe contar de manera que nos obliga a sentirlo.
De todas estas cosas, no dichas como te las digo hoy, que
tengo prisa, pudiera hablarte mucho, mucho y dulce, mucho y justo. Perdona si sólo
he tenido tiempo para hacer el capítulo de cargos, que es más corto que el de
méritos que me dejo en el tintero.
Y perdona el sermón. No extrañes que así te haya regañado,
sobre todo por aquello que no huele a rosas precisamente. Bien sabes que detesto
las ñoñeces literarias; que no soy, por desgracia, asustadizo, desde que al
suelo se me cayeron las alas; pero de esto a lo de la yegua, verbi gracia, hay
distancias que no las salva aquélla en cuatro días de carrera vertiginosa...
Adiós... ¡Ah! se me olvidaba. Dile a Sarito del Oro que
no pretenda ir al cielo muriéndose de un empacho de felicidad humana, porque
eso... son gollerías.
Y al médico de Tegilla, cuando tropiece con Mesalinas
romanticonas, tocadas de la nostalgia del bien, que observe con gran cuidado si
esos estados de alma son un deseo sincero de vida pura o un gran lujo psicológico...
¡vamos! un deseo de cambiar de playa por el momento, como Sarito cambió por la
de Tegilla la de Biarritz y la de San Juan de Luz...
Y dile también al médico, ya que es tan bueno, que
perdone las miserias de Tegilla y que siga predicando con el ejemplo, porque con
siete como él en cada pueblo, es posible que para el siglo que viene ya no
queden Tegillas en el mundo.
Te abraza tu mejor amigo,
JOSÉ MARÍA
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(*) Al
enviarle José González Castro la novela "La Coima", le decía que si
le gustaba y quería darle una alegría, que le hiciera el prólogo. A eso contesta con la magnífica crítica que va a
continuación, en la que se aprecia toda la grandeza de aquella inteligencia,
toda la honradez del escritor y cariño más acendrado del amigo. Su crítica
produjo en el autor efecto tal, que primero modificó muchos pasajes de la
novela, y después... la guardó bajo siete llaves.
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Carta de pésame
por la muerte de otra hija
Mi querido
amigo: Regreso de un viaje de negocios de ganadero y encuentro tu última carta
en casa.
De golpe te lo diré: si el amor del marido y la
mujer no producen otra cosa que montoncillos de carne para gusanos, no hay tal
amor, amigo mío.
Nuestros hijos son algo más que los hijos de la carne. Ya
ves que los lobos tienen también sus hijuelos. Estos sí que nacieron de lo que
son, de carne y hueso; pero de amor no vinieron. El amor ¿no es algo más que
el instinto? Pues algo más nos dará. Ahí tienes un argumento. Y no hace
falta. La fe se pide y se da: no se crea ni se inventa. El que la pida que tenga
el alma dispuesta, digna para recibirla, y que la pida, no a lo filósofo, sino
a lo hijo de Dios. Aquí no valen filosofías. Esas se dejan para las cosas
mentidas, las que hay de la muerte acá. Esta dirá la línea, y ¿no ves cómo
toda la humanidad pensante no ha hecho otra cosa que dar ridículos brincos ante
la linde y caer de espaldas también ridículamente?
Dios castiga muchas veces al hombre de razón,
abandonándole a ella, y es claro, que con ella como con los ojos de la cara, no
se alcanza cosa alguna fuera del radio de acción...
El «pedid y se os dará» es un trato completo de
estas cosas.
Piensa poco y ama mucho, y sin tratar de aprender,
aprenderás más amando que pensando.
Si quieres de veras creer, creerás, sí no dejas de
quererlo. Dispón a ello el corazón y el espíritu y abandona lo demás en
manos de Dios, que Él proveerá.
Pero para lograr ese don especialísimo de la fe, no
te pongas a hacer piruetas con la razón, porque sobre no conseguir en
definitiva más que una caída lastimosa sobre el polvo del camino, estás con
ello negando implícitamente la eficacia de la fe. Y el que se empeñe en que
con su razón ha de bastarle, que no ande pidiendo más, porque se contradice de
un modo lastimoso.
Reza y ama, y verás cómo vences a la duda, esa telaraña
que unos de seguro ven, y otros de seguro fingen. En cuanto el alma se hace
sencilla, ya está coronada con la fe, sin saber cómo ni cuándo.
A la señora razón ocupémosla aquí abajo. Es tanto
lo que le falta que hacer, que no tiene hecha la milésima parte de la obra. ¡Qué
ridícula es esa vulgar afirmación de que la fe acorta el vuelo de la razón!
¡Está buena la razón para volar por arriba, sin
haber aprendido a correr por aquí abajo!
Me ha complacido muchísimo la entereza con que has
recibido el golpe.
De Leopolda, ya lo esperaba yo así. De ti, no tanto;
no por nada, sino porque tu temperamento, tus ideas, hacían de ti materia
dispuesta más fácilmente a las derrotas morales.
Este es el lenguaje de amigos buenos.
Si no lo quieres lo sustituiré por otro, no con el
de los amigos malos no, eso nunca, sino con el idioma universalmente hablado,
que no es traición, pero tampoco pureza. No tendrás ese mal gusto, ni me darás
ese disgusto.
Tu Trini está en el Cielo, y lo demás ¿qué te
importa?
No tienes que rezar para que Dios la perdone, porque
era un ángel sin pecado. ¿Qué otro consuelo como ese?
Ahora, a vivir para los hijos que te quedan, y para
su amante madre, que todos te necesitan. Yo te agradezco con toda el alma que en
tus coloquios espirituales con la hijita que se fue, te hayas acordado de este
buen amigo tuyo, que está muy necesitado de que hablen a Dios por él los que
ya viven con Dios.
De por aquí no hay noticias que te interesen. Una,
sin embargo, te daré: que ayer precisamente vino una comisión de la Zarza de
Granadilla, pueblo natal de tu amigo Eloy Bejarano Sánchez, a rogarme la
asistencia a una fiesta que en honor de tu colega piensan celebrar en aquel
pueblo dentro de poco tiempo, en el mes próximo.
Tratan de nombrarlo hijo predilecto del pueblo, darle
un banquete, poner una lápida en el edificio del Ayuntamiento, y no sé qué más.
Bejarano trabajará por venir el día de su cumpleaños, 11 de Agosto, y tal vez
le acompañe, si para entonces viene a Montemayor el general Polavieja.
Querían que yo hiciese y leyese la biografía de Bejarano.
Le dije al médico (Fermín Sánchez Pastor, que era de la comisión), que eso
era cosa mejor para otro médico, y que yo hablaría algo para el pueblo. ¿Por
qué no te encargas tú de la biografía? Ya sé que no estás para fiestas,
pero eso había de servirte en cierto modo de saludable distracción. En fin, no
sé cómo resultará su proyecto.
Deprisa y sin hilación te he escrito, porque no he
querido que estas líneas pierdan el correo de hoy.
Saluda a Leopolda, besa a tu gente pequeña y recibe un
apretado abrazo de tu amigo
JOSÉ MARÍA
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