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Cartas del Poeta

 
 

Ultimas noticias

Cartas a varias personas

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A los Sres. D. Martín Dedeu y D. Ramón Esteve, presidente y secretario del «Centre Català».

 Muy distinguidos señores míos: Una desgracia de familia me ha impedido contestar antes de ahora la afectuosísima carta en que se han dignado ustedes enviarme sus felicitaciones con la buena compañía de los señores socios de ese «Centre», por el honor otorgado en los Juegos Florales de esa ciudad a mi modesta composición, intitulada «Canto al Trabajo».

 Bondades de un respetable Jurado, que no por ser muy benévolo con mi pobre poesía, deja de ser digno y culto, han querido concederme esa honra abrumadora, de cuyo peso me aligero haciendo caer una buena parte de él sobre el «Centre Català», noble padre de la idea nobilísima de dedicar al trabajo una canción española en su decir.

 Nadie, al proponer ese tema, podría justificarlo con mayor autoridad que los hijos de Cataluña, primogénitos hijos del trabajo en esta Patria querida que les debe tanto honor y tanto pan.

 Yo les debo también un pedazo de ambas cosas, porque con una culta fiesta en mi obsequio celebrada me han honrado, y con oro del que fluye gota a gota del manantial del trabajo, han premiado generosos una sencilla canción que me quiso inspirar precisamente la musa de mis amores con el Trabajo, que son grandes como los horizontes de éste y serán tan duraderos como mi vida en la tierra.

 Este humilde compatriota, que los ama y los admira, les envía en estas líneas todo un sencillo homenaje, en cuya hondura palpita el cariño patriota junto a la honda gratitud y la admiración del poeta.

 Yo deseo que en el «Centre Català» suene este débil eco de su voz agradecida que lleva un trozo de alma de quien la tiene muy grande para amar y agradecer.

 Ruego a ustedes que con sus palabras elocuentes suplan ante los muy dignos socios del «Centre Català» lo que dejo decirles de mi gratitud sincera, por pobreza de expresión.

 Y con un entusiasta saludo para todos y muy señaladamente para ustedes, se les ofrece sin condiciones su amigo afectísimo seguro servidor y compatriota, q. l. b. l. m.,

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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3 cartas al obispo de Salamanca, Tomás Cámara Castro

 Guijo de Granadilla (Cáceres). 26 de Noviembre de 1902

EXCMO. E ILMO. SR. OBISPO DE SALAMANCA

 Mi venerado Sr. Obispo: Una ligera indisposición de que, a Dios gracias, estoy ya restablecido, no me ha dejado contestar, el mismo día en que a mis manos llegó, la gratísima carta que vuestra excelencia ilustrísima tuvo la bondad de dirigirme desde Madrid, felicitándome por lo de Zaragoza.

 No es digno de tal honor el hecho de que un Jurado poco exigente haya querido otorgar a unas poesías modestas, premios que ellas no merecen.

 Pero esto no ha de privarme del gusto con que yo cumplo todo deber de gratitud; y así, le envío, en estas líneas un vivo testimonio de esta nueva que debo a V. E. I. por su bondadoso parabién, que es para mí, no sólo altísima honra, sino sabroso estimulante de los que mueven la más flaca voluntad.

 Celebro con toda mi alma que traiga de Villaharta mejor salud que la que llevase allá. Hago votos por que Dios se la conserve para bien de muchas cosas.

 A Zaragoza me enviaron desde Salamanca un número de la Basílica con las cartas de respetabilísimos amigos de V. E. I., comentadas de manera tan honrosa para mí: nuevo motivo de gratitud que no sé cómo expresar. 

Breves momentos tuve en mi poder la revista. Gustó aquello de tal modo y corrió tanto de mano en mano por la ciudad, que, al cabo, perdimos todos la pista y no pudieron lograr los del Ateneo su propósito de leerlo el presidente en la velada a que me invitaron. Yo tuve el placer de escuchar unánimes elogios, justamente dirigidos a quien todos correspondían, que no eran a mí ciertamente.

 Es de V. E. I. muy agradecido servidor adicto, que con tanto cariño como respeto b. s. a. p.,

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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 EXCMO. E ILMO. SR. OBISPO DE SALAMANCA

 Mi venerado señor y respetable amigo: Acabo de recibir —nueva prueba de la bondad de V. E.—  el ejemplar que ha tenido a bien dedicarme de su obra La Venerable Sacramento, recientemente publicada.

 Mil y más gracias por ello, señor Obispo. Difícil es pagar una deuda de onzas de oro en perros chicos, aun prescindiendo del premio del cambio por lo que va de metal a metal; pero en pobre calderilla procuraré ir saldando tan larga cuenta, llegando hasta donde pueda.

 Tan atropelladamente vivimos, que nos asusta todo libro grande que se atraviesa en el camino. Y después de este miedo de atolondrados, viene el diablo y hace más: hace que el miedo de la gran mayoría de las gentes llegue al pánico si el libro dice en la cubierta: Vida de San... Para recobrar la calma -¡y aun no del todo! ¿por qué no decir verdad?- es menester que debajo del nombre del santo o santa, venga una firma que no importa que sea de otro santo, sino de un literato de los que no se discuten.

 Esta es la triste verdad; pero en el caso presente, alegrémonos de veras, pues hay que leer una Vida... Y he ahí el triunfo, y, sobre todo, he ahí el bien.

 Aunque el asunto aquel de Zaragoza creo que habrá terminado, considero casi un deber decir a V. E. algo que me ha sucedido y he callado. Me dicen que, entre ciertos señores doctores de la Universidad, han producido muy mal efecto unas frases que el señor rector —a quien perdono el modo de hacer— desglosó y publicó, de una carta mía, en El Adelanto. Son injustos conmigo los que hayan interpretado como me dicen aquellas frases. Desconocen todo antecedente, y yo he creído medida de prudencia la de no darles ninguno, resignándome ante injustas interpretaciones. Porque si yo, por egoísmos de defensa, así ellos sean muy legítimos, abuso de papeles privados, llevándolos a los públicos, me hubiese justificado, pero promuevo un encendimiento de pasiones del cual no me hubiese consolado el triunfo, ni siquiera el predominio del único gran ideal, pues no hubiese sido tal la resultante.

 Yo no sé si estas pocas palabras me bastarán para ante V. E., que es a quien debo, en definitiva, todo género de explicaciones, y me sentiré tranquilo si con éstas lo quedase también V. E.

 Desde su residencia de Madrid me escribió hace unos días su señor hermano, que me honraba pidiéndome alguna cosa para la revista El Buen Consejo, que me envía. Le contesté en seguida, pero aún no he podido complacerle y complacerme.

 Reciba, mi señor Obispo, la expresión del vivo afecto y gran respeto de su adicto diocesano y afectísimo amigo s. s. que besa s. p. a.

 JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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 EXCMO. E ILMO. SR. OBISPO DE SALAMANCA.

 Mi venerado amigo y dueño: Días ha tuve el doble placer y la honra de recibir su muy estimada última y contestarla sin esperar su regreso de Villaharta. Ya sé que, a Dios gracias, lo ha hecho muy felizmente y en un más perfecto estado de esa salud que a todos nos es tan cara. Y he aquí el motivo de mi primera felicitación de hoy, que va en compañía de esta atrevida observación, que no siempre había de ser prisionera de mis profundos respetos a la persona de V. E. Y a su labor de esta vida: un excesivo trabajo puede abreviarla, y sí es verdad que los frutos de éste son montón, cierto es también que los hijos —aparte razones supremas de amor filial— quieren la vida del padre con menos trigo en el granero y mejores garantías de que el sembrado del año y otros que luego se hagan, han de llegar sin novedad a la siega; que no hay mano más sabia ni más fuerte para defender la siembra que la mano que la hizo.

 A la legua transciende a egoísmo todo esto, y porque lo hay se confiesa, que no porque bien se vea. Mas a los que necesitan se les permite pedir, y más cuando, como en este caso ocurre, aunque no es oro todo lo que reluce, también por debajo lo hay, y mucho y puro.

Rindo ahora mi segundo parabién a V. E., por su nuevo reciente nombramiento de Senador, deseándole y deseándonos que Dios le conceda salud e inspiraciones para el mejor desempeño del alto cargo; que ya más de una vez se las concedió con muy generosa mano para lo mismo.

 Estos días tuve, por fin, uno muy esperado de reposo para obsequiar pobremente a V. E. en su revista con una modesta poesía que adjunta le envío, ya que yo no puedo hacer otra cosa sino coplas. Mi buen deseo recomienda a V. E. que las acepte benévolo.

Se complace en reiterarle respetos y afectos viejos su más humilde y entusiasta admirador q. b. s. p. a.,

 JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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 Carta a la viuda de López Melero, a cuya hija dio el poeta clases particulares en Piedrahita

 Guijo de Granadilla 25 de Julio de 1901.

 Mi buena amiga Tarsicia: Acabo de recibir su carta y la contesto en el acto porque, con el fin de alejarme de las fiestas de este pueblo saldré hoy de él por unos días, que pasaré en una casa que tenemos en el campo.

 Yo agradezco mucho a usted sus sinceras y consoladoras manifestaciones, testimonio expresivo de sus buenos sentimientos y de la leal amistad que en otro tiempo me dispensó esa apreciable familia, de la cual conservo recuerdos que me son verdaderamente gratos. 

De un año a esta parte me he visto combatido por las más amargas penas con la desaparición de personas queridísimas. Pero la última de mis desgracias me ha llegado a las honduras del alma, y para sufrirla con espíritu sereno, me ha sido necesaria toda «a fe que yo tengo en Dios y todas las energías de un alma que quiere recibir con sumisión las pruebas que el Señor quiere enviarle. Al morir aquella santa en la cual tuve yo puestos durante toda mi vida los amores más exquisitos y más puros de que yo puedo ser capaz, ha caído sobre mí un mundo de sombras que sólo Dios y mis hijos y la madre de mis hijos serán capaces de disipar poco a poco.

 Pero ni la violencia del golpe, ni el dolor consiguiente a él me han hecho vacilar en mi fe, gracias a Dios. Él me la dio, mi madre (q. e. p. d.) supo infundirla en mi alma, y por Él y por ella la conservo para provecho y consuelo mío.

 Dios pagará a todos ustedes lo que yo no puedo pagarles: las oraciones que por mi madre (que en paz descanse) hayan elevado al Cielo. Yo sólo puedo agradecérselas, y crean ustedes que muy de veras lo hago.

 Lamento con ustedes la desgracia del pobre Mariano(14), para quien deseo mucha salud, a fin de que pueda ser amparo de sus pequeños huerfanitos. Cinco nos dejó mi pobre hermana Enriqueta (q. e. p. d.) ¡Todo sea por Dios!

 Desideria les devuelve sus cariñosos recuerdos y les envía otros muy afectuosos en nombre de su hermana Primitiva.

 Y de mí pueden ustedes tener la seguridad de que sinceramente soy su amigo affmo. y S. S. que a todos saluda y estima como se merecen,

 JOSÉ MARÍA GALÁN

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 AL SR. D. LUIS GRANDE BANDEESÓN

CÁCERES

 Distinguido amigo mío: Última nota del concierto de aplausos que en Cáceres he escuchado, llega la carta de usted hasta el silencio de la aldea.

 Y no ha venido en la obscuridad simpática de cerrado el pliego de amigo, para yo leer y callar, sino arriba, en las columnas de un periódico, en la altura para que el aplauso suene; a la luz, para que a mí se me vea; al aire, para que el eco se desparrame por todas partes.

 Está bien, querido amigo. Pero ahora voy también yo a encaramarme por única vez para estas cosas, en las columnas del periódico, y a platicar en voz alta desde ellas. De cualquier modo, en Cáceres, el escándalo está dado; lo dimos todos: sus paisanos con las palmas de las manos y con la lengua; usted y los periodistas con la pluma, y yo, con los ojos y con los oídos, a todo abiertos, y no digo con el alma, porque ésta, gracias a Dios y a mí, cerrada estuvo y está para todo lo que ella sabe que no puede merecer.

 Porque lo siente, lo sabe; porque lo sabe, lo afirma, y porque afirma como lo siente usted oírla y creerla. Y si no, niégueme usted que la tengo, porque es mejor no tenerla, que tenerla poco honrada.

 Yo no he debido ir a Cáceres. A buena hora lo digo, ¿verdad amigo mío? Pues no pude antes decirlo por ignorar lo que es Cáceres y por saber lo que yo soy. Sabía, sí, que en esa ciudad tenía cuatro o seis amigos a quienes nunca había visto, y alguno a quien ya conocía personalmente. Les prometí una visita que estrechara la amistad y allá fui.

 No resultó una modesta visita; pero ellos tienen la culpa, y páguela quien la tiene, que eso es hermosa justicia. Resultó... lo que usted sabe; lo que debe reservarse para los buenos hijos de la casa, la honran con sus méritos; para los padres que la dirigen con sus talentos y la defienden con sus prestigios; y en todo caso, para quien vaya de fuera con un nombre hermano, ya de las ciencias o de las artes, o de la industria, o de la política...; pero no para muchachos que escriben versos, así derramen en ellos los sentires de su alma y logren dar una simpática nota que interese los corazones honrados, naturalmente propensos a las emociones puras, fáciles de despertar en ellos porque las tienen por su mejor nutrimiento.

 Mi obra (¡pobre obra mía!) es la obra de los oscuros del mundo de la cultura; una obra bien intencionada, pero muy pobre; honrada porque es sincera; buena, porque Dios no la reprueba...; versos modestos, poesía sana para el pueblo, que es mi padre, y yo lo quisiera creyente, lo quisiera resignado, trabajador y tranquilo, fuerte y bueno... Y porque tanto lo amo, también lo quisiera artista, también lo quiero poeta... 

Todo esto ¿sabe usted lo que merece? Pues es buena moral, nada; bien lo sabe; es un deber de los más elementales. Pero puestos a premiarlo con buen premio, basta con un apretón de manos y una frase como ésta: «Somos amigos; siga usted haciendo lo que buenamente pueda, que eso hacemos los demás; y Dios nos lo pague a todos».

 Pero esos amigos de Cáceres (ya tengo muchos: ¿les parece flojo premio?), esos amigos de Cáceres, y usted es uno, cuando premian a un poeta ya son espléndidos hasta llegar al derroche. Ellos son también poetas, y al sentirse estremecidos por la emoción artista, aplauden sinceramente al poeta que les canta la canción, sin cuidarse de observar que el poeta, que el milagro no es aquel, sino el que cada uno de ellos lleva dentro de sí mismo.

 Eso es todo; y así se explican y así solamente pueden conciliarse dos cosas contradictorias que son dos grandes verdades: la honrada sinceridad de sus aplausos y el escasísimo valor de la obra a que los han dedicado. Los plácemes que corresponden a su exquisita percepción, que sólo precisa un toque para surgir vigorosa, se los dan a quien solamente sabe recordarles la belleza ¡son generosos! No se acuerdan de sí mismo al aplaudir a su prójimo; su modestia no peligra. Pero aplauden, y resulta que quien paga los vidrios rotos es la modestia del prójimo, que ve caer sobre sí puñados de hojas de laurel que, realmente, no son suyas.

¡Pequé de debilidad! «Me parece que me he dejado querer demasiado», le he dicho a modo de confesión a mi querido huésped en Cáceres, D. Guzmán Fernández, que es sacerdote, y acaso quiera absolverme. Supongo que no encontrará la fórmula, porque yo no estoy dispuesto a restituir. Mi pecado me ha valido un buen número de amigos(*), y eso yo no lo devuelvo.

 Su carta, que me honra demasiado, me ha dado el mejor pretexto para desahogarme un poco, porque estaba...

 Largo ha resultado esto; pero es muy grande la bondad de los lectores de «El Fomento», y la de su amable director. Mi deuda de gratitud hacia usted es inmensa; pero también es inmenso el sentir de mi alma agradecida.

 Es de usted buen amigo y seguro servidor, que besa su mano,

 JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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(*)  Siempre habló el poeta con entusiasmo de los extremeños que le honraron y agasajaron en varias ocasiones

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 Guijo de Granadilla, Enero de 1913

SR. D. JULIO DE LA CALLE

ROMA

 Mi buen amigo Julio: De todas veras te agradezco la enhorabuena que me envías con motivo de haber obtenido la flor natural una poesía que llevé a los Juegos Florales de Salamanca.

 Y ya que en tu grata me significas tu deseo de conocer esa composición, te la remito adjunta, recortada de uno de los rotativos de Madrid que la reprodujeron. Mayor gusto mío fuera enviártela en una edición más esmerada y elegante; pero, aunque me dieron numerosos ejemplares en revistas de lujo, esta es la hora en que no me han dejado uno sólo los amigos, los conocidos y aun los que no son lo uno ni lo otro. De todos modos, aparte alguna ligera incorrección, lo mismo dice el adjunto ejemplar que los mejor editados.

 La premiaron con la Flor natural, un diploma y el ramo de oro que regaló el Ayuntamiento de la ciudad a guisa de portaflor. A mí con los dichosos Juegos, me han sobado horrorosamente. Me hicieron ir a Salamanca, nombrar reina de la fiesta (que lo fue la esposa de mi hermano Baldomero), me hicieron disfrazarme de frac, presenciar la fiesta con el jurado y el mantenedor desde el escenario, etc., etc.

 Y después, cuando pude escaparme al pueblo, me ha caído un diluvio tal de cartas, tarjetas, periódicos con bombos estupendos y peticiones de más versos, que han pasado cinco meses y continúa el bombardeo.

 Estoy comprometido a escribir un pequeño tomo de poesías, que ya tengo casi terminado y que enviaré pronto a un editor de Madrid para su impresión. "El Ama" figura también entre ellas.

 Hablemos ahora de ti, aunque sea poco, porque todo tengo que hacerlo muy de prisa.

 Ante todo, mi parabién por tus progresos académicos. De los espirituales nada quiero decir, porque siempre los he supuesto en continuo y vigoroso avance. Dichoso tú, que a ellos puedes dedicar una gran parte de tu tiempo y de tus energías. Nosotros tenemos que consumir uno y otros empeños de menor cuantía que esos en que tú andas embebido. Rezar y estudiar es un programa de vida que parece un programa de eterna fiesta para los que andamos siempre enfrascados en el cumplimiento de otros deberes o atolondrados en medio de la general ligereza que preside la vida en estos dichosos tiempos...

 Aprovéchate ahora, bébete media Ciudad Eterna por los ojos y por la frente y tráenos luego aires puros; que andamos hambrientos de ellos en esta querida y desventurada patria (61), cuyo amor habrá revivido en ti con mayor fuerza que nunca desde que estás de ella ausente.

 Dios te dé todo género de dichas y prosperidades, y no te olvides de que en esta aldea tienes un sincero amigo. Mi esposa te agradece y devuelve tus saludos, que recibirás unidos a los de tu paisano que te aprecia de veras,

 JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN.

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 Carta a su amigo el sacerdote Germán Fernández, compañero de cacerías

 Guijo de Granadilla 26 de Mayo de 1904.

Sr. D. Germán Fernández

 Querido amigo: Esta mañana llegó tu carta de pésame, que te agradezco mucho. Desde el día 17 estoy aplastado moralmente con la muerte de aquel justo. ¡Era un sabio y era un santo! Era un alma grande, privilegiada, pura como la de un niño y luminosa como un sol. Hermanadas estaban en él la sabiduría más honda con la virtud más sencilla.

 Como la de muchos, muchísimos hijos suyos, el alma estaba hondamente enamorada de la suya; así, hondamente enamorada. No recuerdo quién ha sido seguramente; otra de las muchas almas hacia la suya arrastrada ha dicho estos días que nuestro Obispo tenía algo de aquello que Jesucristo debió prestar a los Apóstoles para que ganaran almas. Y es verdad; yo así lo creo. He hablado con muchos hombres virtuosos, a Dios gracias, y con muchos de los que llamamos sabios: nadie creo que haya sabido como aquél hacer tan suyo mi espíritu, abstraerme en absoluto, perder hasta la noción de mi propia persona espiritual para contemplar la suya con deleite, con ternura, con admiración inmensa. Y está bien fuera de duda que no era la magia del talento la que hacía aquel milagro. Todos sabemos, mejor o peor, cómo son y adónde llegan las sugestiones del talento.

 Flotaba allí otra cosa bien distinta, que yo nunca supe lo que era, pero que por darle un nombre, la llamaba de varios modos que venían a ser uno allí en el fondo.

 Estos días también ha dicho otro salmantino, y bien poco sospechoso, que no hay que negar los hechos del llorado P. Cámara; era una obsesión para todo el que de cerca le trató.

 Nadie como los hijos de aquella tierra ha podido conocer la grandeza de aquel alma y de sus obras. Se lo llevó Santa Teresa. Murió como había vivido, santamente. Pero a todos nos ha dolido en el alma que muriese allá tan solo, sin más gentes de las suyas (que lo somos los de Salamanca) que un capellán que con él fue a aquellas aguas, y en cuyos brazos pudo acabar de celebrar la Misa el día de la Ascensión. Bien es verdad que él sólo quería hablar con Dios en sus últimos momentos, pues después de bendecir a su querida Salamanca y escribir una carta despidiéndose de ella, repetía a cada momento, entre otras santas invocaciones: «¡Señor, alejad de mí las consolaciones de los hombres!» Y expiró sin estertores, tranquilamente, y diciendo muy despacio y varias veces: «¡Qué hermosura... qué hermosura...

 Perdona que hoy no te hable de otra cosa que de ésta, que me tiene impresionado. Porque yo, además de llorar la muerte de un hombre como fue aquél, por ser tan bueno, lo he llorado porque así me lo pidió mi corazón agradecido. Bien sabes lo que le debo: ahí va un relato de ello en «El Universo», y sea cualquiera el concepto que yo tengo de mis pobres versos, es lo cierto que la inmensa caridad de nuestro Obispo los elevó a la categoría de cosa grande para la difusión del bien por esos mundos de Dios, y no sería mi alma un alma bien nacida si no agradeciese con toda ella a mi bienhechor, generoso y espontáneo, la elevadísima honra que jamás pudo soñar una persona de tan modesta condición social como es al cabo la mía. Lo que dice este periódico dicen todos los demás.

 ¿A quién debo el honor de que mi nombre humildísimo esté unido a la memoria de un hombre como aquél que hemos perdido? Se lo debo a su bondad y a su caridad sin límites. Que Dios se lo pague, ya que yo no puedo hacerlo más que con pobres plegarias por su alma; a la que ruego que pida a Dios por la mía.

 En los primeros momentos, todos nos apresuramos a dedicarle un pensamiento siquiera en los periódicos de Salamanca, que publicaron un soneto que dice:

 ALMAS

Yo de un alma de luz estaba asido

luz de su luz para mi fe tomando;

pero el Dios que la estaba iluminando

me la veló bajo crespón tupido.

 Tanto sentí, que sollocé dormido

y dentro de mi sueño despertando

vi que el alma de un justo iba bogando

por el abismo ante el Señor tendido.

 Y, faro, bienhechor, polar estrella,

la mística Doctora del Carmelo

desde una celosía de la gloria,

 —¡ven, ven —le dijo—, y la elevó hasta ella!

Entraron las dos almas en el cielo

y un nuevo sol brilló en el de la Historia.

 El entierro y los funerales han sido, como puedes suponer, únicos en Salamanca. ¡Y eso que todavía no ha comprendido Salamanca lo que acaba de perder! Sin embargo le han llorado como yo, con lágrimas de los ojos, no con llantos oficiales.

 Ya está lanzada la idea de erigirle una gran estatua por suscripción. Ya ves lo que significa el hecho, en tiempos que son los menos a propósito para levantar estatuas a los frailes. ¡Oh, hasta los malos han sentido algún respeto ante la figura del sabio agustino! No le echan en cara que era fraile... Les da miedo...

 ¡Era muy grande mi Obispo!

 Celebro que tengas la buena compañía de la familia, aunque no sea toda, durante los días de feria. Dales memorias a todos, y que las pasen tan bien como os desea vuestro buen amigo

 JOSÉ MARÍA

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 Carta a unos amigos (¿?) que circuló por varios periódicos de la época

 Guijo de Granadilla 6 de Julio de 1991.

 Mis buenos amigos: Ya me quedé sin madrecita. Se me murió el día 30 de Junio, a la una y media de la mañana. Dios lo ha querido así: bendita sea la voluntad de Dios.

 Me avisaron el 3 de Mayo, y llegué allá el mismo día. Tenía afección de corazón. Yo comprendí que aquello era gravísimo, que se me moría la madrecita de mi alma, y a su lado pasé treinta y ocho días horribles, que me han dejado el espíritu aplastado.

 Aquella cristiana alma no se rindió al dolor físico. Los tormentos de una asfixia de treinta días de duración no arrancaron de aquellos labios benditos más que palabras de santa, ni desviaron del Crucifijo la mirada de aquellos ojos queridos, donde había tanto amor para cuatro hijos locamente enamorados de aquella adorable madre.

 «Se muere como ha vivido», nos decía el sacerdote que la auxiliaba. Un día nos pidió que la confesaran, y al siguiente solicitó la visita del Señor, al que recibió con tal fervor, que la hizo llorar de amor, de amor al Sacramento Santísimo.

Y después sucedió lo que yo no he visto nunca; lo que al mismo señor Cura puso lleno de entusiasmo y de alegría; lo que a cualquiera edifica... Nos dijo que iba a morir, y que antes que llegara el momento en que la agonía pudiera obscurecer su entendimiento quería recibir la Santa Extrema-Unción, y así lo hizo, contestando ella misma las palabras del sacerdote. Y más tarde nos pidió la bendición de Su Santidad, que ella misma leyó con devoción y entereza, pues Dios quiso duplicar en ella las fuerzas corporales en el último período de aquella vida ejemplar.

 Pocas horas después moría en mis brazos, como el que se entrega al sueño, la madrecita de mi corazón, aquella que bendecía al Señor porque la dejaba morir rodeada de los hijitos de su alma y del esposo querido, que había sido su más grata compañía durante cuarenta años.

 No acabaría de escribir en muchas horas, amigos míos, si yo les fuera a contar las palabras de consuelo, los consejos exquisitos, las bendiciones para el Señor que salieron de aquellos labios cuando mayores eran los sufrimientos corporales, que eran prueba del temple cristianísimo del alma de mi amante madrecita.

 Todos estos consuelos nos ha dejado para ayudarnos a resistir el dolor de su apartamiento de nosotros, que es un dolor sin palabras; que no las hay para expresar estas cosas.(1)

 Pero el ejemplo suyo nos tiene a todos resignados, después de la bondad de Dios.

 Rueguen ustedes al Señor por la madrecita que acabo de perder, y Dios se lo pagará.

 Y siempre se lo agradecerá con toda el alma su amigo,

 JOSÉ MARÍA

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 Guijo de Granadilla, 29 de Abril de 1904

SR. D. CÉSAR REAL Y RODRÍGUEZ

SALAMANCA

 Mi distinguido compañero: Aunque estos oficios del campo me tienen siempre atareadísimo, he podido realizar antes de ahora mi deseo de escribirle, lo cual es, además un deber mío. De propósito y por motivos de delicadeza, he dejado de cumplir ese deber de gratitud hasta hoy.

Me refiero al artículo que acerca de mi modesto libro Campesinas publicó usted en El Noticiero Salmantino, cuyos números, con su cariñosa carta, recibí oportunamente.

Por todo le envío en estas líneas sinceras y muy expresivas gracias, tanto más expresivas y sinceras, cuanto espontánea y directa fue la defensa que usted tuvo a bien hacer de mi pensamiento. Lo interpreta usted cual es, y si alguien le da otras orientaciones, convendremos en que yo no poseo el don de la clara expresión de mis ideas, pero no en que usted no haya logrado interpretarlas de manera fidelísima.

 Esto es lo que principalmente tenía yo que agradecerle, pues aunque mucho le agradezco también sus laudatorias frases relativas a la parte literaria de mi libro, las considero en gran parte benevolencia de usted y he de hacer constar que me parece no merecerlas.

 Sinceramente le estima su amigo y agradecido compañero

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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 Guijo de Granadilla (Cáceres), 17 Agosto 1904

SR. D. NEMESIO OTAÑO, S. J.

VALLADOLID

 Muy distinguido y respetable señor mío: Ha llegado hasta mí, por caminos tan buenos como el del P. Eguía y mi hermano Baldomero, su muy grata del 7 del mes corriente, que me apresuro a contestar.

No por ese buen amigo de usted, que ganará mucho con ello, sino por mí, que pierdo una excelente compañía, lamento no poder aceptar la tentadora proposición de laborar en una empresa artística en unión de tan buen compositor; única garantía que podía yo llevar al terreno de la lucha para vencer, o a lo menos, para dar un asalto vigoroso a la fortuna.

No puedo.

Y no mis ocupaciones, que ahora son muchas, ni mi falta del necesario reposo, ni mi contraria disposición de ánimo, son las causas que me impiden ir del brazo de ese buen artista al certamen de la Academia. Me lo vedan razones y dificultades más invencibles que las arriba alegadas.

Yo no sé si por temperamento, o desvío, que bien pudiera llamarse aversión (tal vez no muy bien justificada) a las cosas del teatro, o sencillamente —y esto es lo más malo, aunque aquello no es muy bueno— por falta de aptitudes especiales para ello, es lo cierto que yo no podré hacer nunca un buen libreto de ópera o de zarzuela.

Apremios cariñosos, a que no pude o no supe resistir, me obligaron hará ya un año corrido a prometer a un gran músico de Madrid que intentaría escribirle una de esas que llaman zarzuelas serias, por el estilo de las que usted cita en su carta.

El prestigio del compositor, y él mismo en sus correspondencias me aseguraron que la obra se estrenaría inmediatamente en el Lírico, que yo no tendría que molestarme para nada, etc., etc. Y abrumado por tantos mimos, que yo nunca merecí, me puse a escribir un día, como el que se pone a cumplir el más ingrato deber. Vea usted qué disposición de espíritu para semejantes cosas.

Hilvané un pobre argumento que yo mismo no sabía si era una vulgaridad o una cosa de sabor nuevo, fuerte y rico, y hasta escribí la escena primera: un coro de vaqueros semisalvajes cantando el amanecer en la majada, ordeñando vacas y esperando la llegada de los amos.

Los dejé con las cuernas llenas de leche en las manos, y esta es la hora en que no los he movido.

A ruegos del compositor le mandé aquello y me contestó lleno de entusiasmo, diciéndome que su gran pena iba a ser que aquellos versos no llegaran como eran a los oídos del público por causa de la música, etc. En fin, cosas cariñosas para levantar mi ánimo. Y yo confieso el pecado -ni siquiera por gratitud y por cortesía he dado un paso más en el camino emprendido.

Toda esta historia yo bien veo que es muy larga, y sería muy poco oportuno si yo no necesitara justificar con razones de fuerza incontestable mi negativa a una cosa como la que usted me brinda.

Dios me hace la merced de dejarme conocer que no sirvo para el caso, y usted mismo celebrará que yo haga discreto uso de tan útil conocimiento.

Si algún día oyera usted que en el teatro se decía o se cantaba algo mío, puede asegurar dos cosas: que yo había perdido algo muy bueno y que el arte no había ganado absolutamente nada.

Mucho me place hacer coplas, pero no son de ese género las que yo hago con el alma. Y bien sabe que no podrá hacer cosa buena el que no pone algo del alma en esas cosas.

Doy a usted muchas y muy expresivas gracias por el honor que ha querido dispensarme, y ruégole que las haga llegar también a ese inspirado artista, a quien saludo con el mayor reconocimiento.

Agradezco a usted de veras -aunque no creo merecerlas- las bondadosas palabras que dedica a mis modestos trabajos literarios.

Y aprovecho la ocasión de ofrecerle el testimonio de amistad y afectos de su seguro servidor, que besa su mano,

 JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

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