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Cartas a varias personas
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A los Sres. D. Martín Dedeu y D. Ramón Esteve, presidente
y secretario del «Centre Català».
Muy distinguidos señores míos: Una desgracia de
familia me ha impedido contestar antes de ahora la afectuosísima carta en que
se han dignado ustedes enviarme sus felicitaciones con la buena compañía de
los señores socios de ese «Centre», por el honor otorgado en los Juegos
Florales de esa ciudad a mi modesta composición, intitulada «Canto al Trabajo».
Bondades de un respetable Jurado, que no por ser muy
benévolo con mi pobre poesía, deja de ser digno y culto, han querido
concederme esa honra abrumadora, de cuyo peso me aligero haciendo caer una buena
parte de él sobre el «Centre Català», noble padre de la idea nobilísima de
dedicar al trabajo una canción española en su decir.
Nadie, al proponer ese tema, podría justificarlo con
mayor autoridad que los hijos de Cataluña, primogénitos hijos del trabajo en
esta Patria querida que les debe tanto honor y tanto pan.
Yo les debo también un pedazo de ambas cosas, porque
con una culta fiesta en mi obsequio celebrada me han honrado, y con oro del que
fluye gota a gota del manantial del trabajo, han premiado generosos una sencilla
canción que me quiso inspirar precisamente la musa de mis amores con el
Trabajo, que son grandes como los horizontes de éste y serán tan duraderos
como mi vida en la tierra.
Este humilde compatriota, que los ama y los admira,
les envía en estas líneas todo un sencillo homenaje, en cuya hondura palpita
el cariño patriota junto a la honda gratitud y la admiración del poeta.
Yo deseo que en el «Centre Català» suene este débil
eco de su voz agradecida que lleva un trozo de alma de quien la tiene muy grande
para amar y agradecer.
Ruego a ustedes que con sus palabras elocuentes
suplan ante los muy dignos socios del «Centre Català» lo que dejo decirles de
mi gratitud sincera, por pobreza de expresión.
Y con un entusiasta saludo para todos y muy señaladamente
para ustedes, se les ofrece sin condiciones su amigo afectísimo seguro servidor
y compatriota, q. l. b. l. m.,
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
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3 cartas al obispo de Salamanca, Tomás Cámara Castro
Guijo de Granadilla (Cáceres). 26 de Noviembre de
1902
EXCMO. E ILMO. SR. OBISPO DE SALAMANCA
Mi venerado Sr. Obispo: Una ligera indisposición de
que, a Dios gracias, estoy ya restablecido, no me ha dejado contestar, el mismo
día en que a mis manos llegó, la gratísima carta que vuestra excelencia
ilustrísima tuvo la bondad de dirigirme desde Madrid, felicitándome por lo de
Zaragoza.
No es digno de tal honor el hecho de que un Jurado
poco exigente haya querido otorgar a unas poesías modestas, premios que ellas
no merecen.
Pero esto no ha de privarme del gusto con que yo
cumplo todo deber de gratitud; y así, le envío, en estas líneas un vivo
testimonio de esta nueva que debo a V. E. I. por su bondadoso parabién, que es
para mí, no sólo altísima honra, sino sabroso estimulante de los que mueven
la más flaca voluntad.
Celebro con toda mi alma que traiga de Villaharta
mejor salud que la que llevase allá. Hago votos por que Dios se la conserve
para bien de muchas cosas.
A Zaragoza me enviaron desde Salamanca un número de
la Basílica con las cartas de respetabilísimos amigos de V. E. I., comentadas
de manera tan honrosa para mí: nuevo motivo de gratitud que no sé cómo
expresar.
Breves momentos tuve en mi poder la revista. Gustó aquello
de tal modo y corrió tanto de mano en mano por la ciudad, que, al cabo,
perdimos todos la pista y no pudieron lograr los del Ateneo su propósito de
leerlo el presidente en la velada a que me invitaron. Yo tuve el placer de
escuchar unánimes elogios, justamente dirigidos a quien todos correspondían,
que no eran a mí ciertamente.
Es de V. E. I. muy agradecido servidor adicto, que
con tanto cariño como respeto b. s. a. p.,
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
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EXCMO. E ILMO. SR. OBISPO DE SALAMANCA
Mi venerado señor y respetable amigo: Acabo de
recibir —nueva prueba de la bondad de V. E.—
el ejemplar que ha tenido a bien dedicarme de su obra La Venerable
Sacramento, recientemente publicada.
Mil y más gracias por ello, señor Obispo. Difícil
es pagar una deuda de onzas de oro en perros chicos, aun prescindiendo del
premio del cambio por lo que va de metal a metal; pero en pobre calderilla
procuraré ir saldando tan larga cuenta, llegando hasta donde pueda.
Tan atropelladamente vivimos, que nos asusta todo
libro grande que se atraviesa en el camino. Y después de este miedo de
atolondrados, viene el diablo y hace más: hace que el miedo de la gran mayoría
de las gentes llegue al pánico si el libro dice en la cubierta: Vida de San...
Para recobrar la calma -¡y aun no del todo! ¿por qué no decir verdad?- es
menester que debajo del nombre del santo o santa, venga una firma que no importa
que sea de otro santo, sino de un literato de los que no se discuten.
Esta es la triste verdad; pero en el caso presente,
alegrémonos de veras, pues hay que leer una Vida... Y he ahí el triunfo, y,
sobre todo, he ahí el bien.
Aunque el asunto aquel de Zaragoza creo que habrá
terminado, considero casi un deber decir a V. E. algo que me ha sucedido y he
callado. Me dicen que, entre ciertos señores doctores de la Universidad, han
producido muy mal efecto unas frases que el señor rector —a quien perdono el
modo de hacer— desglosó y publicó, de una carta mía, en El Adelanto. Son
injustos conmigo los que hayan interpretado como me dicen aquellas frases.
Desconocen todo antecedente, y yo he creído medida de prudencia la de no darles
ninguno, resignándome ante injustas interpretaciones. Porque si yo, por egoísmos
de defensa, así ellos sean muy legítimos, abuso de papeles privados, llevándolos
a los públicos, me hubiese justificado, pero promuevo un encendimiento de
pasiones del cual no me hubiese consolado el triunfo, ni siquiera el predominio
del único gran ideal, pues no hubiese sido tal la resultante.
Yo no sé si estas pocas palabras me bastarán para
ante V. E., que es a quien debo, en definitiva, todo género de explicaciones, y
me sentiré tranquilo si con éstas lo quedase también V. E.
Desde su residencia de Madrid me escribió hace unos
días su señor hermano, que me honraba pidiéndome alguna cosa para la revista
El Buen Consejo, que me envía. Le contesté en seguida, pero aún no he podido
complacerle y complacerme.
Reciba, mi señor Obispo, la expresión del vivo
afecto y gran respeto de su adicto diocesano y afectísimo amigo s. s. que besa
s. p. a.
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
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EXCMO. E ILMO. SR. OBISPO DE SALAMANCA.
Mi venerado amigo y dueño: Días ha tuve el doble
placer y la honra de recibir su muy estimada última y contestarla sin esperar
su regreso de Villaharta. Ya sé que, a Dios gracias, lo ha hecho muy felizmente
y en un más perfecto estado de esa salud que a todos nos es tan cara. Y he aquí
el motivo de mi primera felicitación de hoy, que va en compañía de esta
atrevida observación, que no siempre había de ser prisionera de mis profundos
respetos a la persona de V. E. Y a su labor de esta vida: un excesivo trabajo
puede abreviarla, y sí es verdad que los frutos de éste son montón, cierto es
también que los hijos —aparte razones supremas de amor filial— quieren la
vida del padre con menos trigo en el granero y mejores garantías de que el
sembrado del año y otros que luego se hagan, han de llegar sin novedad a la
siega; que no hay mano más sabia ni más fuerte para defender la siembra que la
mano que la hizo.
A la legua transciende a egoísmo todo esto, y porque
lo hay se confiesa, que no porque bien se vea. Mas a los que necesitan se les
permite pedir, y más cuando, como en este caso ocurre, aunque no es oro todo lo
que reluce, también por debajo lo hay, y mucho y puro.
Rindo ahora mi segundo parabién a V. E., por su nuevo
reciente nombramiento de Senador, deseándole y deseándonos que Dios le conceda
salud e inspiraciones para el mejor desempeño del alto cargo; que ya más de
una vez se las concedió con muy generosa mano para lo mismo.
Estos días tuve, por fin, uno muy esperado de reposo
para obsequiar pobremente a V. E. en su revista con una modesta poesía que
adjunta le envío, ya que yo no puedo hacer otra cosa sino coplas. Mi buen deseo
recomienda a V. E. que las acepte benévolo.
Se complace en reiterarle respetos y afectos viejos su más
humilde y entusiasta admirador q. b. s. p. a.,
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
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Carta a la viuda de López Melero, a cuya hija dio el
poeta clases particulares en Piedrahita
Guijo de Granadilla 25 de Julio de 1901.
Mi buena amiga Tarsicia: Acabo de recibir su carta y
la contesto en el acto porque, con el fin de alejarme de las fiestas de este
pueblo saldré hoy de él por unos días, que pasaré en una casa que tenemos en
el campo.
Yo agradezco mucho a usted sus sinceras y
consoladoras manifestaciones, testimonio expresivo de sus buenos sentimientos y
de la leal amistad que en otro tiempo me dispensó esa apreciable familia, de la
cual conservo recuerdos que me son verdaderamente gratos.
De un año a esta parte me he visto combatido por las más
amargas penas con la desaparición de personas queridísimas. Pero la última de
mis desgracias me ha llegado a las honduras del alma, y para sufrirla con espíritu
sereno, me ha sido necesaria toda «a fe que yo tengo en Dios y todas las energías
de un alma que quiere recibir con sumisión las pruebas que el Señor quiere
enviarle. Al morir aquella santa en la cual tuve yo puestos durante toda mi vida
los amores más exquisitos y más puros de que yo puedo ser capaz, ha caído
sobre mí un mundo de sombras que sólo Dios y mis hijos y la madre de mis hijos
serán capaces de disipar poco a poco.
Pero ni la violencia del golpe, ni el dolor
consiguiente a él me han hecho vacilar en mi fe, gracias a Dios. Él me la dio,
mi madre (q. e. p. d.) supo infundirla en mi alma, y por Él y por ella la
conservo para provecho y consuelo mío.
Dios pagará a todos ustedes lo que yo no puedo
pagarles: las oraciones que por mi madre (que en paz descanse) hayan elevado al
Cielo. Yo sólo puedo agradecérselas, y crean ustedes que muy de veras lo hago.
Lamento con ustedes la desgracia del pobre
Mariano(14), para quien deseo mucha salud, a fin de que pueda ser amparo de sus
pequeños huerfanitos. Cinco nos dejó mi pobre hermana Enriqueta (q. e. p. d.)
¡Todo sea por Dios!
Desideria les devuelve sus cariñosos recuerdos y les
envía otros muy afectuosos en nombre de su hermana Primitiva.
Y de mí pueden ustedes tener la seguridad de que
sinceramente soy su amigo affmo. y S. S. que a todos saluda y estima como se
merecen,
JOSÉ MARÍA GALÁN
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AL SR. D. LUIS
GRANDE BANDEESÓN
CÁCERES
Distinguido amigo mío: Última nota del concierto de
aplausos que en Cáceres he escuchado, llega la carta de usted hasta el silencio
de la aldea.
Y no ha venido en la obscuridad simpática de cerrado
el pliego de amigo, para yo leer y callar, sino arriba, en las columnas de un
periódico, en la altura para que el aplauso suene; a la luz, para que a mí se
me vea; al aire, para que el eco se desparrame por todas partes.
Está bien, querido amigo. Pero ahora voy también yo
a encaramarme por única vez para estas cosas, en las columnas del periódico, y
a platicar en voz alta desde ellas. De cualquier modo, en Cáceres, el escándalo
está dado; lo dimos todos: sus paisanos con las palmas de las manos y con la
lengua; usted y los periodistas con la pluma, y yo, con los ojos y con los oídos,
a todo abiertos, y no digo con el alma, porque ésta, gracias a Dios y a mí,
cerrada estuvo y está para todo lo que ella sabe que no puede merecer.
Porque lo siente, lo sabe; porque lo sabe, lo afirma,
y porque afirma como lo siente usted oírla y creerla. Y si no, niégueme usted
que la tengo, porque es mejor no tenerla, que tenerla poco honrada.
Yo no he debido ir a Cáceres. A buena hora lo digo,
¿verdad amigo mío? Pues no pude antes decirlo por ignorar lo que es Cáceres y
por saber lo que yo soy. Sabía, sí, que en esa ciudad tenía cuatro o seis
amigos a quienes nunca había visto, y alguno a quien ya conocía personalmente.
Les prometí una visita que estrechara la amistad y allá fui.
No resultó una modesta visita; pero ellos tienen la
culpa, y páguela quien la tiene, que eso es hermosa justicia. Resultó... lo
que usted sabe; lo que debe reservarse para los buenos hijos de la casa, la
honran con sus méritos; para los padres que la dirigen con sus talentos y la
defienden con sus prestigios; y en todo caso, para quien vaya de fuera con un
nombre hermano, ya de las ciencias o de las artes, o de la industria, o de la
política...; pero no para muchachos que escriben versos, así derramen en ellos
los sentires de su alma y logren dar una simpática nota que interese los
corazones honrados, naturalmente propensos a las emociones puras, fáciles de
despertar en ellos porque las tienen por su mejor nutrimiento.
Mi obra (¡pobre obra mía!) es la obra de los
oscuros del mundo de la cultura; una obra bien intencionada, pero muy pobre;
honrada porque es sincera; buena, porque Dios no la reprueba...; versos
modestos, poesía sana para el pueblo, que es mi padre, y yo lo quisiera
creyente, lo quisiera resignado, trabajador y tranquilo, fuerte y bueno... Y
porque tanto lo amo, también lo quisiera artista, también lo quiero poeta...
Todo esto ¿sabe usted lo que merece? Pues es buena moral,
nada; bien lo sabe; es un deber de los más elementales. Pero puestos a
premiarlo con buen premio, basta con un apretón de manos y una frase como ésta:
«Somos amigos; siga usted haciendo lo que buenamente pueda, que eso hacemos los
demás; y Dios nos lo pague a todos».
Pero esos amigos de Cáceres (ya tengo muchos: ¿les
parece flojo premio?), esos amigos de Cáceres, y usted es uno, cuando premian a
un poeta ya son espléndidos hasta llegar al derroche. Ellos son también
poetas, y al sentirse estremecidos por la emoción artista, aplauden
sinceramente al poeta que les canta la canción, sin cuidarse de observar que el
poeta, que el milagro no es aquel, sino el que cada uno de ellos lleva dentro de
sí mismo.
Eso es todo; y así se explican y así solamente
pueden conciliarse dos cosas contradictorias que son dos grandes verdades: la
honrada sinceridad de sus aplausos y el escasísimo valor de la obra a que los
han dedicado. Los plácemes que corresponden a su exquisita percepción, que sólo
precisa un toque para surgir vigorosa, se los dan a quien solamente sabe
recordarles la belleza ¡son generosos! No se acuerdan de sí mismo al aplaudir
a su prójimo; su modestia no peligra. Pero aplauden, y resulta que quien paga
los vidrios rotos es la modestia del prójimo, que ve caer sobre sí puñados de
hojas de laurel que, realmente, no son suyas.
¡Pequé de debilidad! «Me parece que me he dejado querer
demasiado», le he dicho a modo de confesión a mi querido huésped en Cáceres,
D. Guzmán Fernández, que es sacerdote, y acaso quiera absolverme. Supongo que
no encontrará la fórmula, porque yo no estoy dispuesto a restituir. Mi pecado
me ha valido un buen número de amigos(*), y eso yo no lo devuelvo.
Su carta, que me honra demasiado, me ha dado el mejor
pretexto para desahogarme un poco, porque estaba...
Largo ha resultado esto; pero es muy grande la bondad
de los lectores de «El Fomento», y la de su amable director. Mi deuda de
gratitud hacia usted es inmensa; pero también es inmenso el sentir de mi alma
agradecida.
Es de usted buen amigo y seguro servidor, que besa su
mano,
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
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(*) Siempre
habló el poeta con entusiasmo de los extremeños que le honraron y agasajaron
en varias ocasiones
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Guijo de
Granadilla, Enero de 1913
SR. D. JULIO DE LA CALLE
ROMA
Mi buen amigo Julio: De todas veras te agradezco la
enhorabuena que me envías con motivo de haber obtenido la flor natural una poesía
que llevé a los Juegos Florales de Salamanca.
Y ya que en tu grata me significas tu deseo de
conocer esa composición, te la remito adjunta, recortada de uno de los
rotativos de Madrid que la reprodujeron. Mayor gusto mío fuera enviártela en
una edición más esmerada y elegante; pero, aunque me dieron numerosos
ejemplares en revistas de lujo, esta es la hora en que no me han dejado uno sólo
los amigos, los conocidos y aun los que no son lo uno ni lo otro. De todos
modos, aparte alguna ligera incorrección, lo mismo dice el adjunto ejemplar que
los mejor editados.
La premiaron con la Flor natural, un diploma y el
ramo de oro que regaló el Ayuntamiento de la ciudad a guisa de portaflor. A mí
con los dichosos Juegos, me han sobado horrorosamente. Me hicieron ir a
Salamanca, nombrar reina de la fiesta (que lo fue la esposa de mi hermano
Baldomero), me hicieron disfrazarme de frac, presenciar la fiesta con el jurado
y el mantenedor desde el escenario, etc., etc.
Y después, cuando pude escaparme al pueblo, me ha caído
un diluvio tal de cartas, tarjetas, periódicos con bombos estupendos y
peticiones de más versos, que han pasado cinco meses y continúa el bombardeo.
Estoy comprometido a escribir un pequeño tomo de
poesías, que ya tengo casi terminado y que enviaré pronto a un editor de
Madrid para su impresión. "El Ama" figura también entre ellas.
Hablemos ahora de ti, aunque sea poco, porque todo
tengo que hacerlo muy de prisa.
Ante todo, mi parabién por tus progresos académicos.
De los espirituales nada quiero decir, porque siempre los he supuesto en
continuo y vigoroso avance. Dichoso tú, que a ellos puedes dedicar una gran
parte de tu tiempo y de tus energías. Nosotros tenemos que consumir uno y otros
empeños de menor cuantía que esos en que tú andas embebido. Rezar y estudiar
es un programa de vida que parece un programa de eterna fiesta para los que
andamos siempre enfrascados en el cumplimiento de otros deberes o atolondrados
en medio de la general ligereza que preside la vida en estos dichosos tiempos...
Aprovéchate ahora, bébete media Ciudad Eterna por
los ojos y por la frente y tráenos luego aires puros; que andamos hambrientos
de ellos en esta querida y desventurada patria (61), cuyo amor habrá revivido
en ti con mayor fuerza que nunca desde que estás de ella ausente.
Dios te dé todo género de dichas y prosperidades, y
no te olvides de que en esta aldea tienes un sincero amigo. Mi esposa te
agradece y devuelve tus saludos, que recibirás unidos a los de tu paisano que
te aprecia de veras,
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN.
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Carta a su amigo el sacerdote Germán Fernández,
compañero de cacerías
Guijo de Granadilla 26 de Mayo de 1904.
Sr. D. Germán Fernández
Querido amigo: Esta mañana llegó tu carta de pésame,
que te agradezco mucho. Desde el día 17 estoy aplastado moralmente con la
muerte de aquel justo. ¡Era un sabio y era un santo! Era un alma grande,
privilegiada, pura como la de un niño y luminosa como un sol. Hermanadas
estaban en él la sabiduría más honda con la virtud más sencilla.
Como la de muchos, muchísimos hijos suyos, el alma
estaba hondamente enamorada de la suya; así, hondamente enamorada. No recuerdo
quién ha sido seguramente; otra de las muchas almas hacia la suya arrastrada ha
dicho estos días que nuestro Obispo tenía algo de aquello que Jesucristo debió
prestar a los Apóstoles para que ganaran almas. Y es verdad; yo así lo creo.
He hablado con muchos hombres virtuosos, a Dios gracias, y con muchos de los que
llamamos sabios: nadie creo que haya sabido como aquél hacer tan suyo mi espíritu,
abstraerme en absoluto, perder hasta la noción de mi propia persona espiritual
para contemplar la suya con deleite, con ternura, con admiración inmensa. Y está
bien fuera de duda que no era la magia del talento la que hacía aquel milagro.
Todos sabemos, mejor o peor, cómo son y adónde llegan las sugestiones del
talento.
Flotaba allí otra cosa bien distinta, que yo nunca
supe lo que era, pero que por darle un nombre, la llamaba de varios modos que
venían a ser uno allí en el fondo.
Estos días también ha dicho otro salmantino, y bien
poco sospechoso, que no hay que negar los hechos del llorado P. Cámara; era una
obsesión para todo el que de cerca le trató.
Nadie como los hijos de aquella tierra ha podido
conocer la grandeza de aquel alma y de sus obras. Se lo llevó Santa Teresa.
Murió como había vivido, santamente. Pero a todos nos ha dolido en el alma que
muriese allá tan solo, sin más gentes de las suyas (que lo somos los de
Salamanca) que un capellán que con él fue a aquellas aguas, y en cuyos brazos
pudo acabar de celebrar la Misa el día de la Ascensión. Bien es verdad que él
sólo quería hablar con Dios en sus últimos momentos, pues después de
bendecir a su querida Salamanca y escribir una carta despidiéndose de ella,
repetía a cada momento, entre otras santas invocaciones: «¡Señor, alejad de
mí las consolaciones de los hombres!» Y expiró sin estertores,
tranquilamente, y diciendo muy despacio y varias veces: «¡Qué hermosura... qué
hermosura...
Perdona que hoy no te hable de otra cosa que de ésta,
que me tiene impresionado. Porque yo, además de llorar la muerte de un hombre
como fue aquél, por ser tan bueno, lo he llorado porque así me lo pidió mi
corazón agradecido. Bien sabes lo que le debo: ahí va un relato de ello en «El
Universo», y sea cualquiera el concepto que yo tengo de mis pobres versos, es
lo cierto que la inmensa caridad de nuestro Obispo los elevó a la categoría de
cosa grande para la difusión del bien por esos mundos de Dios, y no sería mi
alma un alma bien nacida si no agradeciese con toda ella a mi bienhechor,
generoso y espontáneo, la elevadísima honra que jamás pudo soñar una persona
de tan modesta condición social como es al cabo la mía. Lo que dice este periódico
dicen todos los demás.
¿A quién debo el honor de que mi nombre humildísimo
esté unido a la memoria de un hombre como aquél que hemos perdido? Se lo debo
a su bondad y a su caridad sin límites. Que Dios se lo pague, ya que yo no
puedo hacerlo más que con pobres plegarias por su alma; a la que ruego que pida
a Dios por la mía.
En los primeros momentos, todos nos apresuramos a
dedicarle un pensamiento siquiera en los periódicos de Salamanca, que
publicaron un soneto que dice:
ALMAS
Yo de un alma de luz estaba asido
luz de su luz para mi fe tomando;
pero el Dios que la estaba iluminando
me la veló bajo crespón tupido.
Tanto sentí, que sollocé dormido
y dentro de mi sueño despertando
vi que el alma de un justo iba bogando
por el abismo ante el Señor tendido.
Y, faro, bienhechor, polar estrella,
la mística Doctora del Carmelo
desde una celosía de la gloria,
—¡ven, ven —le dijo—, y la elevó hasta ella!
Entraron las dos almas en el cielo
y un nuevo sol brilló en el de la Historia.
El entierro y los funerales han sido, como puedes
suponer, únicos en Salamanca. ¡Y eso que todavía no ha comprendido Salamanca
lo que acaba de perder! Sin embargo le han llorado como yo, con lágrimas de los
ojos, no con llantos oficiales.
Ya está lanzada la idea de erigirle una gran estatua
por suscripción. Ya ves lo que significa el hecho, en tiempos que son los menos
a propósito para levantar estatuas a los frailes. ¡Oh, hasta los malos han
sentido algún respeto ante la figura del sabio agustino! No le echan en cara
que era fraile... Les da miedo...
¡Era muy grande mi Obispo!
Celebro que tengas la buena compañía de la familia,
aunque no sea toda, durante los días de feria. Dales memorias a todos, y que
las pasen tan bien como os desea vuestro buen amigo
JOSÉ MARÍA
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Carta a unos amigos (¿?) que circuló por varios
periódicos de la época
Guijo de
Granadilla 6 de Julio de 1991.
Mis buenos amigos: Ya me quedé sin madrecita. Se me
murió el día 30 de Junio, a la una y media de la mañana. Dios lo ha querido
así: bendita sea la voluntad de Dios.
Me avisaron el 3 de Mayo, y llegué allá el mismo día.
Tenía afección de corazón. Yo comprendí que aquello era gravísimo, que se
me moría la madrecita de mi alma, y a su lado pasé treinta y ocho días
horribles, que me han dejado el espíritu aplastado.
Aquella cristiana alma no se rindió al dolor físico.
Los tormentos de una asfixia de treinta días de duración no arrancaron de
aquellos labios benditos más que palabras de santa, ni desviaron del Crucifijo
la mirada de aquellos ojos queridos, donde había tanto amor para cuatro hijos
locamente enamorados de aquella adorable madre.
«Se muere como ha vivido», nos decía el sacerdote
que la auxiliaba. Un día nos pidió que la confesaran, y al siguiente solicitó
la visita del Señor, al que recibió con tal fervor, que la hizo llorar de
amor, de amor al Sacramento Santísimo.
Y después sucedió lo que yo no he visto nunca; lo que al
mismo señor Cura puso lleno de entusiasmo y de alegría; lo que a cualquiera
edifica... Nos dijo que iba a morir, y que antes que llegara el momento en que
la agonía pudiera obscurecer su entendimiento quería recibir la Santa
Extrema-Unción, y así lo hizo, contestando ella misma las palabras del
sacerdote. Y más tarde nos pidió la bendición de Su Santidad, que ella misma
leyó con devoción y entereza, pues Dios quiso duplicar en ella las fuerzas
corporales en el último período de aquella vida ejemplar.
Pocas horas después moría en mis brazos, como el
que se entrega al sueño, la madrecita de mi corazón, aquella que bendecía al
Señor porque la dejaba morir rodeada de los hijitos de su alma y del esposo
querido, que había sido su más grata compañía durante cuarenta años.
No acabaría de escribir en muchas horas, amigos míos,
si yo les fuera a contar las palabras de consuelo, los consejos exquisitos, las
bendiciones para el Señor que salieron de aquellos labios cuando mayores eran
los sufrimientos corporales, que eran prueba del temple cristianísimo del alma
de mi amante madrecita.
Todos estos consuelos nos ha dejado para ayudarnos a
resistir el dolor de su apartamiento de nosotros, que es un dolor sin palabras;
que no las hay para expresar estas cosas.(1)
Pero el ejemplo suyo nos tiene a todos resignados,
después de la bondad de Dios.
Rueguen ustedes al Señor por la madrecita que acabo
de perder, y Dios se lo pagará.
Y siempre se lo agradecerá con toda el alma su
amigo,
JOSÉ MARÍA
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Guijo de
Granadilla, 29 de Abril de 1904
SR. D. CÉSAR REAL Y RODRÍGUEZ
SALAMANCA
Mi distinguido compañero: Aunque estos oficios del
campo me tienen siempre atareadísimo, he podido realizar antes de ahora mi
deseo de escribirle, lo cual es, además un deber mío. De propósito y por
motivos de delicadeza, he dejado de cumplir ese deber de gratitud hasta hoy.
Me refiero al artículo que acerca de mi modesto libro
Campesinas publicó usted en El Noticiero Salmantino, cuyos números, con su
cariñosa carta, recibí oportunamente.
Por todo le envío en estas líneas sinceras y muy
expresivas gracias, tanto más expresivas y sinceras, cuanto espontánea y
directa fue la defensa que usted tuvo a bien hacer de mi pensamiento. Lo
interpreta usted cual es, y si alguien le da otras orientaciones, convendremos
en que yo no poseo el don de la clara expresión de mis ideas, pero no en que
usted no haya logrado interpretarlas de manera fidelísima.
Esto es lo que principalmente tenía yo que
agradecerle, pues aunque mucho le agradezco también sus laudatorias frases
relativas a la parte literaria de mi libro, las considero en gran parte
benevolencia de usted y he de hacer constar que me parece no merecerlas.
Sinceramente le estima su amigo y agradecido compañero
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
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Guijo de Granadilla (Cáceres), 17 Agosto 1904
SR. D. NEMESIO OTAÑO, S. J.
VALLADOLID
Muy distinguido y respetable señor mío: Ha llegado
hasta mí, por caminos tan buenos como el del P. Eguía y mi hermano Baldomero,
su muy grata del 7 del mes corriente, que me apresuro a contestar.
No por ese buen amigo de usted, que ganará mucho con ello,
sino por mí, que pierdo una excelente compañía, lamento no poder aceptar la
tentadora proposición de laborar en una empresa artística en unión de tan
buen compositor; única garantía que podía yo llevar al terreno de la lucha
para vencer, o a lo menos, para dar un asalto vigoroso a la fortuna.
No puedo.
Y no mis ocupaciones, que ahora son muchas, ni mi falta del
necesario reposo, ni mi contraria disposición de ánimo, son las causas que me
impiden ir del brazo de ese buen artista al certamen de la Academia. Me lo vedan
razones y dificultades más invencibles que las arriba alegadas.
Yo no sé si por temperamento, o desvío, que bien pudiera
llamarse aversión (tal vez no muy bien justificada) a las cosas del teatro, o
sencillamente —y esto es lo más malo, aunque aquello no es muy bueno— por
falta de aptitudes especiales para ello, es lo cierto que yo no podré hacer
nunca un buen libreto de ópera o de zarzuela.
Apremios cariñosos, a que no pude o no supe resistir, me
obligaron hará ya un año corrido a prometer a un gran músico de Madrid que
intentaría escribirle una de esas que llaman zarzuelas serias, por el estilo de
las que usted cita en su carta.
El prestigio del compositor, y él mismo en sus
correspondencias me aseguraron que la obra se estrenaría inmediatamente en el Lírico,
que yo no tendría que molestarme para nada, etc., etc. Y abrumado por tantos
mimos, que yo nunca merecí, me puse a escribir un día, como el que se pone a
cumplir el más ingrato deber. Vea usted qué disposición de espíritu para
semejantes cosas.
Hilvané un pobre argumento que yo mismo no sabía si era
una vulgaridad o una cosa de sabor nuevo, fuerte y rico, y hasta escribí la
escena primera: un coro de vaqueros semisalvajes cantando el amanecer en la
majada, ordeñando vacas y esperando la llegada de los amos.
Los dejé con las cuernas llenas de leche en las manos, y
esta es la hora en que no los he movido.
A ruegos del compositor le mandé aquello y me contestó
lleno de entusiasmo, diciéndome que su gran pena iba a ser que aquellos versos
no llegaran como eran a los oídos del público por causa de la música, etc. En
fin, cosas cariñosas para levantar mi ánimo. Y yo confieso el pecado -ni
siquiera por gratitud y por cortesía he dado un paso más en el camino
emprendido.
Toda esta historia yo bien veo que es muy larga, y sería
muy poco oportuno si yo no necesitara justificar con razones de fuerza
incontestable mi negativa a una cosa como la que usted me brinda.
Dios me hace la merced de dejarme conocer que no sirvo para
el caso, y usted mismo celebrará que yo haga discreto uso de tan útil
conocimiento.
Si algún día oyera usted que en el teatro se decía o se
cantaba algo mío, puede asegurar dos cosas: que yo había perdido algo muy
bueno y que el arte no había ganado absolutamente nada.
Mucho me place hacer coplas, pero no son de ese género las
que yo hago con el alma. Y bien sabe que no podrá hacer cosa buena el que no
pone algo del alma en esas cosas.
Doy a usted muchas y muy expresivas gracias por el honor
que ha querido dispensarme, y ruégole que las haga llegar también a ese
inspirado artista, a quien saludo con el mayor reconocimiento.
Agradezco a usted de veras -aunque no creo merecerlas- las
bondadosas palabras que dedica a mis modestos trabajos literarios.
Y aprovecho la ocasión de ofrecerle el testimonio de
amistad y afectos de su seguro servidor, que besa su mano,
JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
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