|
CARTA
DE JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
A
CASTO BLANCO, de 1 de abril de 1891
Querido
Casto: Estoy recién confesado y estoy santo. En tal estado contesto a tu tan
esperada carta con dos principales objetos: el uno es manifestarte que el día
19 de este mes que corre brindé por tu felicidad y por la mía.
El
otro es inspirado por mi estado de ánimo, tranquilo y sosegado después de
haber pasado la mañana en la casa de Dios, cumpliendo con uno de los
principales deberes del cristiano.
Quiero
hablarte algo de mí.
Quiero
decirte que al ojear en mi mente las páginas de la historia de mi vida durante
el año pasado, me he espantado de mí mismo. Te hablo como a mi confesor.
Al
sentarme hace pocas noches a mi mesa para descansar un rato en la carrera de mi
vida, y echar hacia el pasado una ojeada retrospectiva, estremecieron mis entrañas
las picadas de mil remordimientos, y solamente me dio valor para resistirlas, el
dulce calor del más sincero arrepentimiento. Eché una mirada sobre mí mismo y
me desconocí, y casi me odié, porque el José María que vi delante de mis
ojos, no era aquel José María cristiano y bueno que siempre, o casi siempre,
tuvo la virtud por guía de su acciones; lo que yo vi delante de mis ojos era un
muchacho pervertido y extraviado, con la desvergüenza en la boca, con la
altanería y la vanidad más necia en la frente y con la lacería del pecado en
el alma.
Sí,
Castito. Aparte de otras cosas cuyo solo recuerdo me espanta, llevo más de un año,
no solamente alejado por completo del estudio, al cual tuve en tiempos que ya
pasaron regular afición, sino viviendo la vida de la juerga desordenada y loca,
consumiendo lo mejor de mi vida en inútiles devaneos, que sólo risa te
producirían si yo te los contara; gastando mi organismo lentamente con estúpidas
rarezas y peligrosas locuras, que nada bueno traen tras de sí, a no ser el
paulatino desgaste de las fuerzas vitales, que consumidas en otras esferas hubiéranme
dado resultados más halagüeños y más prácticos.
Aquí
formamos, a veces, una especie de tertulia literaria donde preferentemente se
cultiva la sátira que hiere, el epigrama que sangra, la alusión envenenada y
el chascarrillo que insulta, la frase mordaz y provocativa, los versos
insolentes y audaces... el descaro, el cinismo, la desvergüenza, el insulto...
¡todo lo malo con tal de que el chiste resulte! (Porque aquí, a trueque de que
resulte el chiste, se sacrifica la honra de los demás, el propio decoro y...
cualquiera cosa que se ponga por delante, lo mismo da.
¡Como que si se acaban los temas para estos esputos literarios, hay
quien se ridiculiza a sí propio, y a sí mismo se insulta con mucha frescura y
mucho aquel!).
He
cultivado (por espacio de un año) las rarezas más ridículas, la excentricidad
más estúpida; pero una excentricidad sistemática y pertinaz que obliga a
hacer todo aquello que produzca más aburrimiento, mayor fastidio y más grandes
molestias. Y así como a otros, y a mí mismo en ciertas ocasiones, les da por
remontarse sobre su esfera verdadera, a nosotros no ha dado por llegar al último
grado del rebajamiento social.
¡Quién
me hubiera visto tantas veces acompañado de unos cuantos que son la high-life
de este pueblo, sentados alrededor de una lumbre medio apagada, rendidos y soñolientos,
pero persistentes en nuestros bárbaro propósito (comiendo pan solo, como lo
comen los idiotas o los imbéciles y bebiendo vino, por la boca negra y nada
limpia de un jarro —para que el contraste fuese más raro—)!
Y
que esto se haga una vez al año... menos mal, pero que se lleve a cabo
constantemente... por sistema, por empeño, por capricho... ¡vamos que es
altamente vergonzoso!
¡Ah!
¿Y eso de buscar ad hoc la noche más cruda y triste del invierno, o una de
esas noches sin atractivos, sin motivos para divertirse, noches muertas de suyo
que parecen venidas para que cada cual se esté en su casa: ¡y pasárselas
enteras corriendo de calle en calle y gozando más cuanto menos nos divertíamos!?...
¡Vamos que eso es de seres... irracionales! Por eso cuando la luz del día
(mortecina y abrumadora para el que no se ha acostado) alumbraba nuestras caras
amarillas y descompuestas y nos mirábamos los ojos con fijeza, nos daba, aunque
nada decíamos, algo así como vergüenza; el chiste o la agudeza dicha por
alguno, siendo de noche y coreado por todos con risotadas interminables, nos
parecía de día triste y antipático; y cuando con la guitarra sin cuerdas a la
espalda como comparsa de ciegos en feria, con el amargor en la boca y la pesadez
en los miembros, nos despedíamos para ir cada uno a su casa a descansar un
momento, sentíamos, por lo menos yo, pequeño remordimientillo en el alma y
gran envidia a los aldeanos que abrían ya sus puertas y salían silboteando a
trabajar, alegres, sin la inquietud mía en el corazón y con el cuerpo
fortalecido por el descanso y el sueño. ¡Qué camas me pintaba entonces mi
mente! (A las dos horas de descanso en la mía, ya estaba en la escuela
adormilado entre el bullir rumoroso de los muchachos; y otro iba de calle en
calle y de cama en cama —lo que era todavía peor— pulsando enfermos, y otro
machacaba drogas medio dormido, y otro iba a la sesión del Ayuntamiento a oír
la voces de los tíos de la sesión... etc., etc...).
Tan
grande como es el extravío debe ser siempre el arrepentimiento; tan grande como
es la culpa debe ser firme el propósito. Y mi propósito creo que es firme, si
Dios me ayuda.
Voy
a consagrar todas mis fuerzas al estudio a ver si puedo ser algo más de lo que
hoy soy. Todos vamos a hacernos viejos metodizados, para imitaros a vosotros,
los positivistas, que entendéis la vida mejor que nosotros mil veces.
Vamos
a desterrar cuanto podamos el juego... ¡oh, el juego!... Cuando nos poníamos a
jugar unos con otros, a pesar de ser todos a cual más desinteresado, y por eso
mismo de jugar sin apego alguno al dinero, nos degollábamos mutuamente y no
estaba hecha la verdadera broma hasta que uno de los puntos ponía la corbata a
un entrés o la polea del cuello a un elijan.
La
cuestión es hacer algo que no sea bien hecho. Por eso hace unos cuantos días
salimos a tirar al blanco con los fusiles de la guardia civil a caballo, y el mío
(el caballo) se desbocó con mi personilla encima, se cegó corriendo, y a lo
mejor del cuento (que lo cuento por milagro) se partió el freno, saltó el
caballo la pared de un cercado, se dirigió sin saber lo que hacía a un grupo
espeso de robles, se zampó entre dos que no le daban lugar a pasar y... ¡ay mi
pierna derecha! Aunque no me cayó, me hice dos heridas en ella contra el tronco
del roble, y el caballo quiso caer con la frente el tronco de otro que se puso
por delante, pero afortunadamente para mí, botó como una pelota hacia atrás.
¿Crees que me arrepentí? Pues entavia me volví a montar cojeando antes de que
llegaran los otros que venían tras de mí a todo correr, y sin freno y sin
nada, le di al caballo tres gruesas de carreras que lo dejaron bueno y manso. Te
digo que si me dejo despedir de la silla me mata. Es potro de tres años de un
amigo mío, pero tan bravo (el potro) que hace 6 ó 7 días se ha vuelto a
desbocar con otro jinete encima. ¡Oh, si mi mamá lo supiera!...
En
fin, más vale tarde que nunca. A los arrepentidos quiere Dios.
Antes
de ayer apadriné un niño de los dueños de la casa donde vivo. (Tuve en casa
cuarenta convidados, me gasté... unas perras, y nada más).
Nunca
me hablas de Esperanza. Ni de tus grandes proyectos para el porvenir, ni de
cierta clase de aspiraciones, ni de cierto género de pensamientos. Si los
tienes ¿por qué me los ocultas? Si
no los tienes ¿habrás dado un paso atrás en el camino que ha tiempo habías
emprendido? Ando en este asunto sumergido en un mar de dudas... vamos, casi tan
alborotado como el que se comió quinientas presas de carne del "Utopía".
Aquél sólo Dios podría calmarlo, el mío puede sosegarlo una carta tuya.
Que
es esperada por tu siempre affmo.
José
María
Guijuelo
y abril, enero 1891
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
CARTA
DE JOSÉ MARÍA A CASTO BLANCO
7
julio 1900
Sr.
D. Casto Blanco Cabeza. — Tuy.
Mi
siempre querido amigo: Tan querido, que la lectura de la tarjeta que me anunció
tu triunfo, le hizo dar a mi corazón un respingo de alegría. Llamóle la
atención a mi mujer el largo rato que debí pasar con la tarjeta delante de los
ojos: era que estaba leyendo entre líneas muchas cosas. Entre aquellos dos
renglones, el de tu nombre y el de tu triunfo, leí yo la historia entera de tus
desvelos de padre y esposo; de tus legítimas aspiraciones de hombre estudioso,
serio y trabajador, que en el trabajo buscabas y habrás hallado dos cosas nobilísimas:
más pan para tus hijos y más honor para ti.
Sube,
sube, que yo, desde abajo y aliquebrado, te veo subir y te saludo meneando el
ala rota; despidiéndote... para la cátedra con toda la alegría que me cabe en
el pellejo, y con todo el estrépito con que pueden mis manos aplaudir.
Yo
aquí me quedo, mejor diría si dijera, tú aquí me dejas, en la orillita del río,
no derramándome en la cátedra, sino hablando de chotos con mi vaquero; no
vertiendo sabiduría para sustancia de otros, sino vertiendo sudor a chorros y
acabando de perder lo que nunca con abundancia he tenido... Sí, nos vamos
separando mucho, cada vez más, el uno del otro. Separación que no reza con la
amistad, porque... yo también soy amigo de mi criado, y todavía nos separa una
cierta distancia de ese género, no muy grande ¿eh? porque yo camino hacia él
con lamentable velocidad desde hace ya un par de años, y a todas partes se
llega. Y por esto mismo, porque barrunto a donde iré yo a parar, te aplaudo con
más calor para que sigas, para que sigas por donde vas, porque creo que no has
llegado a donde puedes, a donde debes y... a donde tú te mereces. Esto último
no quería decirlo, así, tan en crudo, porque esas cosas me parecen siempre
fuertes, para dichas en los propios hocicos de las personas modestas, pero ya
está el daño hecho...
Espero
que me escribas cuando tomes posesión de tu destino y te instales en tu casa.
"Un
amigo mío que es catedrático...". Dispensa la vanidad, pero así pienso
empezar a hablar de ti cuando me toque, y quizás cuando no venga muy a pelo.
Perdona si a tu sombra me doy un poco de tono: lo que hay en España, de los
españoles es.
Mi
mujer y mis tíos, sin tener el gusto de conocerte, te felicitan y te saludan,
como a Esperanza y a vuestra prole, que Dios bendiga; y tu amigo te envía un
abrazo tan grande, por lo menos, como tu triunfo, que Dios convierta en
instrumento de bienestar para ti y para los tuyos.
José
María
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
CARTA
DE JOSÉ MARÍA A DESIDERIA
Piedrahita,
7 de abril de 1896
Adorada
mía: Acabo de llegar de mi pueblo desde el cual no he querido volver a
escribirte por darte ya noticias de mi regreso. Anoche dormí en el Guijuelo y
esta mañana me acompañó Abdón hasta Santibáñez de Béjar, donde tomé el
coche que me ha traído a esta tu casa.
Las
dichositas elecciones no nos han dejado vivir en paz estos cuatro días en
Frades. El viernes cayó en mi casa la nube, compuesta del candidato y de todo
su séquito. En fin, una revolución del diablo con las comidas, las camas, las
visitas, etc., etc.
Mi
padre, tan atontado con esos negocios, creía que me tenía escrito, conforme mi
madre se lo advirtió varias veces a su llegada a Frades. Pero, haciendo
memoria, confesó que no lo había hecho y que mis alarmas eran muy fundadas. A
mí no creas que me ha extrañado gran cosa su distracción porque escribe y
recibe hace ya muchos días más cartas que un Ministro de la Corona.
Anteayer
estuvo fuera y regresó algo enfermo y con el caballo enfermo también. Iban a
un pueblo con el bárbaro del candidato, él y los amigos más influyentes del
distrito. Era de noche ya y mi padre caminaba junto al futuro diputado. El
caballo que éste montaba resbaló en una peña y cayó con el jinete, dejándolo
debajo. El hombre resultó con una ceja partida, herido en la frente, en la
nariz; en fin, hecho una lástima. Cuando recobró el sentido, lo llevaron a
Linares, donde se zampó en la cama.
Y
ahora resulta que, después de todos los trabajos electorales hechos a su favor,
se les ha arrepentido, se vuelve atrás y deja en ridículo a cuantos han dado
por él su nombre y su influencia, y algunos sus intereses. Mi padre y los demás
amigos, que allí se reunieron aquella noche, se pusieron hechos unas furias, y
con razón. Le trataron de convencer por bien, luego por mal, y nada. El tío es
más bruto que un guardacantón y más pusilánime que una liebre y no ha
cedido.
Desde
allí salieron dos a escape a Salamanca (9 legüitas, de noche), a dar cuenta al
Gobernador y por telégrafo al Ministro a ver qué disponían en vista de la
barrabasada del candidato, que es presentado y apoyado por el Gobierno.
Y
no he vuelto a saber más porque me vine. Espero carta enseguida. Mi padre
siente tanto lo ocurrido porque, si el candidato se retira y se queda solo su
contrario, el boticario de Frades ha de desahogarse diciendo que en Frades la
elección estaba ganada por él para el candidato de la oposición, que es por
el que trabaja. En fin, no sé qué resultará, aunque nada bueno será ello. Yo
también lo siento, no por un diputado ni por otro, porque ambos me tienen sin
cuidado, sino por los motivos más arriba expresados.
Te
hablo tanto del asunto porque, al fin, es cosa que me interesa y para que
calcules el jaleíto que habrá habido estos días en mi casa. Esto lo siento
por mi madre, que es la que, en definitiva, viene a pagar siempre los vidrios
rotos porque la marean los huéspedes que estos días caen por allí y no la
dejan descansar un punto. A Carlota le sucede lo propio porque su marido anda
tan alelado como mi padre con cartas, propios, huéspedes, etc., etc.
Y
yo he venido tan empapado de esos asuntos de actualidad, que observo que no te
he hablado más que de ellos.
Se
me olvidaba todavía decirte que el caballo que trajo a Frades mi padre se quedó
en casa pataleando, y creo que ya se habrá muerto. Estas son ganancias
electorales.
Mi
padre bien; al día siguiente, por estar Luis a pasar las Pascuas a Salamanca en
el potro y no tener más caballerías mayores, le puso una silla al borriquito
de casa y se las tocó fuera otra vez como Sancho Panza en su rucio.
Y
nada más por hoy, sino que te adora,
José
María
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
CARTA
DE JOSÉ MARÍA A ÁNGEL BLANCO
Piedrahita,
5 de marzo de 1898.
Mi
querido amigo: La Primi nos deja, y a fin de que vengan a recibirla a Béjar el
día que ella llega a dicha ciudad y no el día que quieran estos perversos
correos, escribimos a la familia al mismo tiempo que a V. por si la carta
dirigida a aquella se desgraciara.
Haga,
pues, el favor de decir a esa gente lo que sigue: mi mujer se opone abiertamente
a que yo vaya a acompañar a la viajera hasta Béjar, porque en ello empleo dos
días y una noche que ella tiene que pasar sólita y a eso no se aviene, entre
otras razones (todas de bastante peso) porque pasaría mucho miedo si yo la
dejara en casa, especialmente de noche; pero, aparte otros inconvenientes, hay
el de conocer yo demasiado a estas gentes, etc.
Primitiva
tampoco quiere que yo deje sola a Desideria y yo no sé cómo voy a acompañar a
la primera y no dejar aquí sola a la segunda. Como el viaje tiene que hacerse a
día fijo, gran casualidad será que aquel día vaya en el coche persona
conocida y de confianza a quien recomendársela.
Hase
dispuesto, pues: que el día 11, en que viene un mayoral que dicen es de
confianza, salga de aquí la Primitiva para llegar a Béjar a las tres de la
tarde, pero exige ella que el mismo día, en el tren de la mañana, ha de haber
llegado a Béjar Joaquín, porque tiene horrible miedo de encontrarse allí sola
al apearse del coche. El mismo día de su llegada a Béjar quiere embarcar en el
tren de la noche que llega a las Casas a las nueve próximamente y salir acto
seguido para Granadilla, pues no quiere hacer noche en el camino. Para ello es
pues preciso que el que venga deje la caballería en la estación. Esto es lo
dispuesto y lo que se cumplirá si antes del día 11 no viene a buscarla aquí
mismo, lo cual ya vemos todos que es un poquillo penoso.
Ahora,
los comentarios. No tenemos más solución que la adoptada o la de enviar desde
aquí hasta Béjar una persona de confianza con la viajera. Yo no tengo más que
una que me agrade para el caso y es Fernando, que espontánea y repetidamente se
ha ofrecido a acompañarla. Pero... pero Fernando, que es de toda mi confianza,
es soltero... y este pueblo... se llama Piedrahita, y aquí se queda viviendo
una hermana de la viajera... etc., etc. Y Desideria no quiere que yo la deje
ahora sola por nada ni por nadie (y lo veo muy natural) y Primitiva tampoco
quiere y velay; se atreve a irse con la recomendación que hagamos al mayoral
del coche, cosa que se parece algo a lo de que no vaya Fernando, y que puede ser
aún peor si en el coche de aquel día no va ningún viajero más, cosa no muy
difícil en esta época y en esta línea. Pero yo ¿qué voy a hacer? Desideria
me repite que no la deje sola y veo, por otra parte, que además de no ser cosa
correcta que la muchacha se vaya sola, si aquí se sabe (que se sabrá) murmurará
esta gentecilla...
Haga
el favor de leer lo que dejo escrito a esa familia por si no han recibido la que
hoy también les dirigiremos. En ella no daré todos estos detalles puesto que
han de conocerlos por usted.
Hoy
hemos amanecido nevados. La nieve no es mucha todavía (media cuarta) pero hace
frío y creo que a la noche va a caer una buena.
Que
su madre esté buen y que Vd. no esté mal... humorado es lo que desea su amigo.
José
María
Subir
|