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JOSÉ MARIA GABRIEL Y GALÁN

Poemas



A Cándida

I

¿Quieres, Cándida saber
cuál es la niña mejor?
Pues medita con amor
lo que ahora vas a leer.

La que es dócil y obediente,
la que reza con fe ciega,
con abandono inocente.
la que canta, la que juega.

La que de necias se aparta,
la que aprende con anhelo
cómo se borda un pañuelo,
cómo se escribe una carta.

La que no sabe bailar
y sí rezar el rosario
y lleva un escapulario
al cuello, en vez de un collar.

La que desprecia o ignora
los desvaríos mundanos;
la que quiere a sus hermanos;
y a su madrecita adora.

La que llena de candor
canta y ríe con nobleza;
trabaja, obedece y reza...
¡esa es la niña mejor!


II

¿Quieres saber, Candidita,
tú, que aspirarás al cielo,
cuál es perfecto modelo
de cristiana jovencita?

La que a Dios se va acercando,
la que, al dejar de ser niña,
con su casa se encariña
y la calle va olvidando.

La que borda escapularios
en lugar de escarapelas;
la que lee pocas novelas
y muchos devocionarios.

La que es sencilla y es buena
y sabe que no es desdoro,
después de bordar en oro
ponerse a guisar la cena.

La que es pura y recogida,
la que estima su decoro
como un preciado tesoro
que vale más que su vida.

Esa humilde jovencita,
noble imagen del pudor,
es el modelo mejor
que has de imitar, Candidita.


III

¿Y quieres, por fin, saber
cuál es el tipo acabado,
el modelo y el dechado
de la perfecta mujer?

La que sabe conservar
su honor puro y recogido:
la que es honor del marido
y alegría del hogar.

La noble mujer cristiana
de alma fuerte y generosa,
a quien da su fe piadosa
fortaleza soberana.

La de sus hijos fiel prenda
y amorosa educadora;
la sabia administradora
de su casa y de su hacienda.

La que delante marchando,
lleva la cruz más pesada
y camina resignada
dando ejemplo y valor dando.

La que sabe padecer,
la que a todos sabe amar
y sabe a todos llevar
por la senda del deber.

La que el hogar santifica,
la que a Dios en él invoca,
la que todo cuanto toca
lo ennoblece y dignifica.

La que mártir sabe ser
y fe a todos sabe dar,
y los enseña a rezar
y los enseña a crecer.

La que de esa fe a la luz
y al impulso de su ejemplo
erige en su casa un templo
al trabajo y la virtud...

La que eso de Dios consiga
es la perfecta mujer,
¡y así tienes tú que ser
para que Dios te bendiga!

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Las hazañas de «Coral»

Con la canana llena
de municiones,
y el morral atestado
de provisiones,
la escopeta brillante
como unas ascuas,
el Coral tan alegre
como unas Pascuas,
la petaca bien llena
de cigarrillos
y las manos metidas
en los bolsillos,
salíme ayer al coto
muy de mañana,
dispuesto a no dejarme
tórtola sana,
ni perdiz, ni conejo
que no matase,
ni codorniz, ni liebre
que lo contase.

¡Qué mañanita hacía
tan deliciosa!
¡Qué brisa la del monte
tan olorosa!
¡Qué aurora tan radiante!,
¡qué algarabía
de pájaros cantores
la que se oía!
Henchía los pulmones
un airecillo
con aromas de espliegos
y de tomillo;
flotaban las neblinas
en la hondonada,
bramaban los becerros
en la majada,
las alondras corrían
por los caminos,
las urracas chillaban
en los espinos,
silbaban los vaqueros,
cantaba el cuco
y graznaba el imbécil
abejaruco.
Al salir el sol claro
del nuevo día,
todo resucitaba,
todo reía.
Esponjaban sus plumas
las tortolillas,
desplegaban el moño
las abubillas,
saltaban los pardillos
junto a la fuente,
se bañaban los tordos
en la corriente,
dormitaba el milano
sobre el peñasco,
el lagarto bullía
bajo el carrasco,
y metiendo el piquito
bajo las alas,
se espulgaban las firras
y las zorzalas.

¡Vaya una mañanita
la tal mañana!
¡Vaya un olor a heno
y a mejorana!
Mi perro retozaba
como un ternero.
¡Es el perro más bruto
del mundo entero!
«Vamos, Coral -le dije-,
basta de bromas
y echemos una mano
por estas lomas.
Si tienes buenos vientos
y me obedeces
yo te he de dar el premio
que te mereces;
pero si eres muy loco,
si eres muy malo,
te daré pocos mimos
y mucho palo.
Cuando caiga una pieza,
vas a buscarla,
y la traes en la boca
sin destrozarla.
No hagas barbaridades
sin ton ni fruto,
mira que tienes pinta
de ser muy bruto,
y si me armas alguna
por ser violento,
te pego una paliza
que te reviento.»
El perro me miraba
como un idiota,
sin menear siquiera
la cabezota;
yo seguí mis sermones,
mas de repente
levantó una pataza
tranquilamente,
y ante mis propias barbas
hizo una cosa
poco limpia y muy poco
respetuosa.
Al empezar la mano,
junto al camino,
vi posada una alondra
sobre un espino;
la tiré; cayó muerta
y a escape el perro
la apresó en sus enormes
dientes de hierro.
¡No le duró en la boca
medio minuto!
¡Yo no he visto en mi vida
perro más bruto!
Se tragó el pajarillo
más fácilmente
que se traga una píldora
Pé de la Fuente.
Y mientras yo, furioso,
le reprendía,
me miraba el imbécil
y se lamía.
«¡Tragaldabas, idiota,
-le dije al punto-:
si la hazaña repites,
te descoyunto!
¡Si vuelves a las mismas
hoy mismo mueres!
¡Tragaldabas, idiota!
¡Qué bruto eres!»

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En el mismo momento
de estar hablando
una tórtola cerca
pasó volando.
La tiré como quise,
rompíla un ala
y cayó redondita
como una bala.
Lanzóse encima el perro
medio aturdido,
le llamé quince veces
a grito herido
y no le dio la gana
de respetarme,
ni de dejar la tórtola,
ni de escucharme.
Cuando yo fui corriendo
donde él estaba,
de la tórtola herida
sólo quedaba
una pluma de un ala,
la cabecita,
y dos o tres dedillos
de una patita.
Y el bárbaro del perro
vuelta a mirarme,
y hasta alzó las manazas
para halagarme.
Quise ahogarle allí mismo,
mas tuve calma
y le dije muy serio:
«Coral del alma,
como eres tan brutazo,
tú habrás creído
que has hecho ya dos gracias;
¡pues no, querido!
Has hecho dos gansadas
de las peores
que pueden hacer perros
de cazadores.
¡U obedeces a ciegas
si yo te miro,
o antes de diez minutos
te pego un tiro!»

Y seguimos cazando
tranquilamente
por la falda suave
de la pendiente.
De pronto, salen juntas
cuatro perdices,
que a poco no se posan
en mis narices;
apunté a la primera,
llamé la llave
y cayó como un trapo
la pobre ave.
El Coral, más ligero
que una centella,
de cuatro o cinco saltos
se echó sobre ella.
Yo ya no me entretuve
con más llamadas
y llegué donde el perro
de tres zancadas.
¡Yo no he visto en mi vida
perro más bruto!
Si llego a entretenerme
medio minuto,
no tengo ni el consuelo
de ver la huella
del cuerpo de la hermosa
perdiz aquella.
¡Gracias a que el muy bruto
se la quería
tragar de un par de golpes
y no podía!
Lo cogí, lleno de ira,
de una orejaza,
le metí la escopeta
por la bocaza,
y así pude arrancarle
de los dientazos
la perdiz destrozada
casi en pedazos.
Pareciéndome aquello
castigo chico,
le pegué diez cachetes
en el hocico,
le puse a las narices
la perdiz muerta
y le dije indignado:
«¡Boca de espuerta!
El buen perro no come
pieza que cobra.
Di: ¿no tienes en casa
pan que te sobra?

Traga-buches, infame,
mal educado,
¿sabes que mis sermones
te han reformado?
No te mato ahora mismo
de un estacazo
porque soy menos bruto
que tú, brutazo;
mas como mi consejo
no te aproveche,
yo le diré al tío Pincos
que te escabeche.
Si vivir siempre a gusto
conmigo quieres,
medita, Coralito,
lo bruto que eres,
y si es que tu torpeza
no tiene cura
le encargaré al tío Pincos
la sepultura.
Vámonos hoy a casa.
Yo te perdono
y no quiero guardarte
rencor ni encono.
Solamente hoy te impongo
como castigo,
contarle tus hazañas
a un buen amigo
que también tiene un perro
tocayo tuyo,
solo que tú no llegas
a donde el suyo.
¿Quieres saber la causa?
Pues te la digo:
¡Es... que tú eres más bruto
que el de mi amigo!»

Mal educado estaba el gran Coral,
pero ya no está mal; está muy mal.
Ya no come las piezas que levanta,
pero hace algo peor: me las espanta.
¡A este perro cerril no hay quien lo dome!
La caza que le mates, se la come,
y si piezas de caza no le matas,
se dedica a cazar grillos y ratas.

Por ver si muda de conducta y traza
llevélo ayer a Peñalniño a caza.
Peñalniño es un cerro alto, gigante,
al cerro de la Cruz muy semejante:
pero está más tendido, es más bajito,
más abundante en caza y más bonito.
¡Hasta estos pedacitos de la sierra
son aquí más bonitos que en tu tierra!

Pues, como iba diciendo, fuime al cerro
y me llevé los galgos con el perro
a ver si este gandul se enmienda algo
yendo a mi lado y entre galgo y galgo.
¡Como no lo reviente o lo deslome,
a este perro cerril no hay quien lo dome!
¡Y menos mal que ha demostrado, al menos,
que tiene vientos, pero vientos buenos!
Mas es un bruto que, en oliendo caza,
pierde el juicio, el respeto y la cachaza.

Cuando entramos ayer en cazadero,
cazaba con tal calma y tal salero
que me obligó a pensar subiendo al cerro:
¿Si habré sido yo ingrato con el perro?
¿Si al juzgarle me habré yo equivocado
y le habré injustamente calumniado?
Ese modo de andar, esa cachaza,
esas posturas de excelente traza,
esa dilatación de las narices
que acaso ya ventean las perdices,
ese cuello tendido hacia adelante,
esa mirada vaga, chispeante,
y ese modo de alzar su gran cabeza
buscando el viento de la oculta pieza,
son indicios, al menos, de que el perro
sabe que está cazando en este cerro.

Si echa una pieza y se la tiro, y cae,
y sabe obedecerme, y me la trae,
-¡me acabé de lucir, Coral querido!-
tendré que confesar que te he ofendido
y que tienes un amo muy ligero,
calumniador, injusto y embustero.

Así iba yo pensando tristemente
cuando el perro se para y, de repente,
cerro arriba arrancó como un venablo,
¡como alma de ladrón que lleva el diablo!
¿Serán conejos o serán perdices
lo que van venteando sus narices?
-¡Coralito -le dije-, espera un poco!
¡Espérame, Coral, y no seas loco!
¡¡Ven aquí, Coralón, no me impacientes!!
¡¡Coralazo, gandul, así revientes!!
Y gritando y corriendo tras el perro,
por la cuesta más áspera del cerro
se me fueron los pies por un peñasco,
y de cara caí sobre un carrasco.
Sin respirar me levanté ligero,
recogí la escopeta y el sombrero
y rascándome un poco las narices,
de nuevo eché a correr tras las perdices.
¡Todo fue inútil! El gandul del perro,
las echó hacia la cúspide del cerro,
y viéndolas volar quedé parado
con la boca entreabierta y atontado.
Además de quedarme sin perdices,
pude también quedarme sin narices.
Se redujo la cosa a un arañazo,
un pequeño chichón y un buen zarpazo;
pero, aun librando bien, aquel que quiera
saber lo que es caer de esa manera,
¡que se deje rodar por un peñasco
y se caiga de cara en un carrasco!

El perro regresó triste y arisco
y sentóse a la sombra de un torvisco;
yo no quise ni hablarle de perdices,
ni siquiera enseñarle mis narices,
¡Al que no se hace bueno con sermones,
se le obliga a ser bueno a pescozones!
Le di media docena de primera,
mimé a los galgos para que él lo viera,
fumé un cigarrillo, descansé un poquito
¡y adelante otra vez, que es tardecito!

Del prado Verdinal, junto a la esquina,
en una carrasquera chiquitina,
de nuevo el perro se quedó parado
y púseme en seguida yo a su lado,
dispuesto a fusilar lo que saliera
de aquella miserable carrasquera.
Yo, por más que miré nada veía,
pero el perro la muestra no rompía;
y ante fijeza tal y tal postura,
me dije para mí: ¡liebre segura!
-¡Entra, Coral! -le dije al verle inerte.
-¡Entra, Coral! -le repetí más fuerte.
-¡Entra, Coral! -grité por vez tercera;
y el perro se lanzó a la carrasquera.

¡Oh vergüenza! ¡Oh dolor! ¡Oh triste chasco!
En lugar de salir de entre el carrasco
una liebre a saltar de mata en mata,
salió un lagarto de cabeza chata,
lomo verdoso, vivarachos ojos
y blanca panza con puntitos rojos.
Lo mismo que un ratón que ha visto al gato,
salió azarado el bicharraco chato,
y el perro se lanzó tras él más listo
que el gato hambriento que al ratón ha visto.
A cambio de un mordisco en una mano,
diole el perro un zarpazo soberano,
echóle el diente y el reptil arisco
le atizó en el hocico el gran mordisco.
Debió ser un mordisco sandunguero
porque el perro gruñó muy lastimero,
flojó los dientes, escurrióse el bicho
y cojo y todo se metió en su nicho.

A casita, Coral, que el sol se pone
y es posible que el morro se te encone.
Te doy mi enhorabuena más cumplida
por la dulce caricia recibida,
y me alegra en el alma, buen amigo,
de ver, tras tu pecado, tu castigo.
¿Confunden todavía tus narices
los lagartos con liebres y perdices?

Pues aprende, gandul, que esa es tu ciencia;
aprende a distinguir; y en penitencia,
mientras los dientes del lagarto alabo,
¡te rascas el hocico con el rabo!

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La fuente vaquera

Lejos, bastante lejos,
del pueblo mío,
encerrado en un monte
triste y sombrío,
hay un valle tan lindo
que no hay quien halle
un valle tan ameno
como aquel valle.

Entre sus arboledas,
por la espesura
solitaria y tranquila,
corre y murmura
una fuente tranquilina
y bullanguera,
a que dieron por nombre
Fuente Vaquera.

Está tan escondida
bajo el follaje,
guarda tanto sus aguas
entre el ramaje,
que cuando por el valle
va murmurando
toda clase de hierbas
va salpicando.

Unas veces sonríe
dulce y sonora,
y otras veces parece
que gime y llora,
y siempre de sus aguas
el dulce juego
arrullando, produce
grato sosiego.

Allí pasan las horas
en dulce calma,
allí meditar puede
tranquila el alma,
y todo son consuelos
para el que llora
al pie de aquella fuente
fresca y sonora.

¡Todo es allí sosiego,
calma, tristeza!
Las auras, que suspiran
en la maleza...
Los pájaros, que cantan
en la espesura...
El agua, que en el valle
corre y murmura...

Los arrullos del viento,
gratos y mansos...
Los juncos que vegetan,
en los remansos...
Los claros resplandores
del sol naciente,
que asoma entre vapores
por el Oriente...
Las tórtolas que arrullan
con armonía,
convidando a una dulce
melancolía...

¡Todo, en fin, allí aleja
presentimientos,
trayendo a la memoria
mil pensamientos,
y adormeciendo el alma
con impresiones
que convidan a dulces
meditaciones!...

Tal es Fuente Vaquera,
la hermosa fuente
que murmura en el valle
tan sonriente,
que en su margen tranquila
cantan amores
tórtolas, colorines
y ruiseñores.

Una hermosa mañana
de junio ardiente
salió el sol como nunca
de refulgente,
y pájaros y flores
con alegría
la bienvenida daban
al nuevo día.

Elevábase el astro
con gran sosiego,
esparciendo sus rayos
de luz de fuego
sobre el fresco rocío
de la mañana,
que formaba en los valles
mantos de grana.

Sacuden las ovejas
sus cencerrillos,
y en el prado retozan
los corderillos,
que del rústico valle
sobre la hierba
forman jugueteando
linda caterva.

Al cielo sube el humo
de los hogares,
los gallos ya despiertan
con sus cantares,
y sacude la hermosa
Naturaleza
el tranquilo letargo
de su pereza.
***
Dejé el mullido lecho
con alegría,
cuando apenas rayaba
la luz del día;
carguéme diligente
con la escopeta,
y como siempre ha sido
medio poeta,

al nacer del gran Febo
la luz primera,
ya estaba yo en la hermosa
Fuente Vaquera...
Fuente en cuyas orillas
cantan amores
tórtolas, colorines
y ruiseñores.

Ocultéme en la margen
con el follaje,
y viendo las delicias
de aquel paisaje,
esperé silencioso
bajo la fronda,
viendo correr las aguas
onda tras onda...
***
Siguió el sol elevándose
resplandeciente,
y era ya tan molesta
su luz ardiente,
que, a medida que el astro
más se elevaba,
todo se iba durmiendo,
todo callaba.

Se inclinan en su tallo
todas las flores,
rendidas por los rayos
abrasadores,
y las aves se esconden
en las encinas
que a la tranquila fuente
crecen vecinas.

Sólo se escucha a veces,
del fresco viento,
las ráfagas que lanza,
sonoro y lento...
El agua, que su curso
nunca suspende...
El rumor de una hoja...
que se desprende...

El pïar apagado
de alguna alondra,
que entre las verdes matas
busca una sombra...,
y los ecos lejanos
de los zumbidos
de insectos, que en los aires
vagan perdidos...

Lejos de la apacible
Fuente Vaquera,
que corre por el valle
tan placentera,
existe un solitario
y oscuro monte,
que encierra los confines
del horizonte.

Al compás de las auras,
lenta se inclina
altiva, corpulenta
y añosa encina,
y entre sus verdes ramas
aprisionado
tiene una tortolilla
su nido amado.

En él está arrullando,
dulce y sonora,
a los amantes hijos
a quien adora,
gozando en su coloquio
de las delicias
que sus hijos le endulzan
con sus caricias.

El calor la atormenta,
la sed la abrasa,
y dejando con pena
su pobre casa,
les dio con un arrullo
la despedida
a los hijos queridos
que eran su vida;

batió sus puras alas
tendió su vuelo
cruzó por los espacios
del ancho cielo,
y pensando en sus hijos,
se fue ligera
a beber a la clara
Fuente Vaquera.

¡Ay! ¡Dónde irá esa madre
tierna y sencilla!...
¡Dónde irá tan ligera
la tortolilla,
mirando a todas partes,
amedrentada,
al verse sola y lejos
de su morada!...

¿Por qué deja sus hijos
abandonados,
y ella, cruzando espacios
tan dilatados,
va surcando los aires
rápidamente
a beber en las aguas
de aquella fuente?...

¡Pobre madre, si, ansiosa,
vuelve a su nido
y sus amantes hijos
ya se han perdido!...
¡Pobres hijos, si, a causa
de abandonarlos,
no volviera su madre
nunca a arrullarlos!...

Por el verde follaje
casi cubierto,
yo, casi más que un vivo,
parezco un muerto,
y mudo y silencioso
presto mi oído
al eco que produce
cualquiera ruido.

Al columpiar las hojas
el viento blando,
pájaros me parecen
que van volando,
y con mi diestra mano
nerviosa, inquieta,
alzo la curva llave
de la escopeta.

Sobre la verde copa
de vieja encina,
que cubre aquella fuente
tan cristalina,
una tórtola hermosa
paró su vuelo,
mirando la corriente
del arroyuelo.

Lanza su blando pecho
tiernos arrullos,
que no imita la fuente
con sus murmullos,
y a los lados humilde
mira asustada,
débil, inquieta, esquiva
y amedrentada.

Tendió después su vuelo
pausadamente,
y al llegar a la orilla
de la corriente,
sobre la verde alfombra
lenta se posa,
débil y acobardada,
triste y medrosa.

Dirige luego el paso
tímidamente
hasta tocar la margen
de la corriente,
donde, el agua fingiendo
cuadros de plata,
le recoge su imagen
y la retrata.

Yo, silencioso, en tanto
que la espiaba,
mi artística escopeta
ya preparaba,
y ocasión esperando,
cual diestro espía,
afiné cuanto quise
la puntería.
Disparé... ¡Sonó el tiro
ronco, tremendo!...
El arroyuelo manso
siguió corriendo.
El viento entre las hojas
siguió sonando
con un eco apacible,
sonoro y blando...
¡Y vi la tortolilla,
que ya sufría
las tristes convulsiones
de la agonía!...

Cogí tan apreciado
tierno despojo;
su hermoso pecho estaba
de sangre rojo,
rojas las aguas puras
del arroyuelo,
que corrían llorando
con triste duelo,
y mis ardientes manos
también manchadas
de sangre, enrojecidas
y salpicadas.

Con ellas oprimía
su pecho blando:
sus latidos se iban
amortiguando,
y cerraba sus ojos
pausadamente,
su cabeza inclinando
lánguidamente...

Yo vi en sus turbios ojos
el sentimiento
y las fieras angustias
de su tormento,
porque del nido lejos
agonizaba
y a sus pobres hijuelos
solos dejaba.

Conocí en sus miradas
bien claramente
esa inquieta agonía
del inocente,
que sufre los rigores
de su destino
muriendo por las manos
de un asesino.

Aquella pobre madre
casi expirante
era la madre tierna,
la madre amante,
que a sus hijos no pudo
darles en vida
una lágrima dulce
de despedida.

Y aquella tierna madre,
cuando sufría
la convulsión postrera
de la agonía,
me dijo con sus ojos
casi nublados
que dejaba dos hijos
abandonados.

Yo comprendí lo injusto
de aquella muerte;
mas la víctima estaba
fría e inerte...
y una lágrima amarga
por mi mejilla
rodó, cuando vi muerta
la tortolilla.

Desde entonces no quiero
que un inocente
de alguna injusta muerte
se me lamente,
y diga con sus ojos
casi nublados
que deja sus hijuelos
abandonados.

Y en vez de estar cazando
la tarde entera
junto a la cristalina
Fuente Vaquera,
voy a ver cómo en ella
cantan amores
tórtolas, colorines
y ruiseñores,
y cómo de aquel monte
sobre las lomas
arrullan solitarias
blancas palomas.

San Saturnino, julio de 1889

 

 

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Los dichos del tío Fabián

Pues, señor, el otro día
vino un tío a visitarme
y sigue con la manía
de venir a marearme.

Con su charla singular
la sangre misma me enciende;
charla y charla sin cesar,
¡pero cualquiera lo entiende!...

Tiene él un prado inmediato
a una linda huerta mía,
y ayer fui a su casa un rato
a ver si me lo vendía.

«Tío Fabián, vamos a ver
-le dije con claridad-:
¿usted me quiere vender
el prado de la hermandad?»

«Si lo vende, hago una puerta
para mi huerta lindante,
mas si usted quiere mi huerta,
yo se la vendo al instante.»

El tío Fabián sonrió,
con aire ufano y sencillo;
después tosió, se rascó
y escupió por el colmillo.

Y echando al fuego unos palos,
me contestó el tío Fabián:
«que los tiempos andan malos...;
que patatín..., que patatán...».

«Deje esa palabrería
y piense bien la cuestión:
¿quiere usted la huerta mía?
La vendo sin dilación.

«Las dos fincas valen poco,
más pudiéndolas juntar,
resulta, o yo me equivoco,
una finca regular.»

Y con palabra calmosa
el tío Fabián se resuelve
a decir: «Que esa es la cosa,
que torna..., que vuelve...»

«Dígame usted sin rodeos
cuáles son sus intenciones
y cuáles son sus deseos,
proyectos y aspiraciones.

«Claridad pretendo yo
y usted en divagar se empeña;
¡pero dígame sí o no
como Cristo nos enseña?»

Y el tío Fabián sin piedad,
de mis casillas me saca
diciendo que es la verdad...,
«que toma..., que daca...»

«¡Ay tío Fabián, concretemos,
y entendámonos, por Dios,
o locos nos volveremos
de esta manera los dos!»

«En forma clara y abierta
la cuestión le he planteado:
o me vende usted el prado
o me compra usted la huerta.»

«Y si nada ha de querer,
dígame sin vacilar
que no quiere usted vender
y no quiere usted comprar.»

Pues tras estos alegatos
diciéndome el hombre sale,
que donde hay hombres, hay tratos...,
«que zumba... que dale».

«Si eso está bien, tío Fabián;
mas es charlar tontamente,
y yo no sé a qué ese afán
de salir por la tangente.

«Yo me traigo mis cuartitos
si es que el prado he de comprar,
y nombrando dos peritos
que lo vayan a tasar.»

Pero el tío Fabián me ataja
diciendo con gran trabajo
que su prado es una alhaja...,
«que arriba... que abajo...».

«Yo pagaré lo que valga
si el prado tan bueno es;
pero, por Dios, no me salga
con otra tecla después.

«Eso del valor del prado
los peritos lo dirán
y es asunto terminado;
¿comprende usted, tío Fabián?»

Y el tío Fabián no comprende
y dice que velaí...
que la gente así se entiende...
«que por aquí... que por allí...».

«¡Cuidado que es pesadez!;
tío Fabián, tengo que irme;
dígame usted de una vez
lo que tenga que decirme.

«Usted está en las Batuecas,
pero a ver si ahora me entiende;
contésteme usted a secas:
¿vende el prado o no lo vende?»

Y contesta el muy pesado
que hogaño ha criao en el prado
la miaja e ganao y el potro...,
«que por este lado..., que por el otro...»

Pero ¿usted no puede hablar
de forma más apropiada?
¡si eso es charlar por charlar,
y charlar sin decir nada!...

«No hay más tiempo que perder:
el prado lo compro yo.
¿Me lo quiere usted vender?
¿Qué dice usted: sí o no?»

Y el hombre dice que el prao
se lo compró él a un sobrino...;
que fue medio regalao...,
que si fue..., que si vino...»

«Tío Fabián, me voy a ir,
y perdone si le ofendo,
pero no puedo sufrir
esa charla que no entiendo.»

«Quedamos en eso, ¿eh?
¿Me venderá usted el prado?
¿No es eso? ¿Qué dice usted?»
Y al verse el hombre acosado,

me dice con mucha flema
que se lo dirá a la tía...
y que esa es la su sistema...,
«que ya vería..., que ya vería...»

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CASTELLANA

¿Por qué estás triste, mujer?
¿Pues no te sé yo querer
con un amor singular
de aquellos que hacen llorar
de doloroso placer?

Crees que mi amor es menor
porque tan hondo se encierra,
y es que ignoras que el amor
de los hijos de esta tierra
no sabe ser hablador.

¿No está tu gozo cumplido
viendo desde esta colina
un pueblo a tus pies tendido,
un sol que ante ti declina
y un hombre a tu amor rendido?

¿Te place la patria mía?
No en sus hondas soledades
busques con vana porfía
la estrepitosa alegría
de las doradas ciudades.

El campo que está a tus pies
siempre es tan mudo, tan serio,
tan grave, como hoy lo ves.
No es mi patria un cementerio,
pero un templo sí lo es,

Busca en ella soledades,
serenas melancolías,
profundas tranquilidades,
perennes monotonías
y castizas realidades.

Si tú gozarlas supieras,
ahora mismo depusieras
tu adusto ceño sombrío.
¿Qué de mi patria quisieras
para alegrarte, bien mío?

¿Quieres que vaya a buscar
cuarzos blancos al repecho,
colorines al linar,
nidos de alondra al barbecho
y endrinas al espinar?

Para que tú te regales,
no dejaré una con vida
veloz liebre en los eriales,
ni esquiva perdiz hundida
del cerro en los matorrales,

ni conejillo bravío
dormido bajo el carrasco,
ni mirlo a orillas del río,
ni sisón en el peñasco,
ni alondras en el baldío.

¿Quieres que hiera en su vuelo
a ese milano que el cielo
raya con círculos anchos,
y de sus garras los ganchos
venga a clavar en el suelo,

y, atrás la cabeza echada,
las plumas te enseñe y rice
de la pechuga alterada,
y ante tus pies agonice
con la pupila espantada?

Si buscas flores sencillas,
hay en el valle violetas,
y gamarzas amarillas,
y estrelladas tijeretas,
y olorosas campanillas.

Si quieres, rosa temprana,
ver los sudores y afanes
que cuesta el pan de mañana,
ven y verás mis gañanes
trajinando en la besana.

O vamos a mis sembrados
y allí verás emulados
de tus labios los carmines,
que parecen amasados
con pétalos de alvergines.

Verás mecerse, aireadas,
del mar de la mies las olas,
aquí y allá salpicadas
de encendidas amapolas
y de jaritas moradas.

Y mientras gozas del vago
rumor de aquel ancho lago
de móviles verdes tules,
yo una corona te hago
de clavelillos azules;

y con ella, nueva Ceres,
reina serás, si tú quieres,
de mis campos y labores,
que reina de mis amores
ya hace tiempo que lo eres.

¿Sientes ganas de llorar?
También las sé yo sufrir
cuando me pongo a pensar
que Dios te puede llevar
y hacerme sin ti vivir.

Mas... ¡vamos al prado un rato,
que en él hay sombra de encinas,
murmullos de viento grato
y agua fresca de regato
rebosante de pamplinas!

¿Quieres que de esa ladera
te baje un haz de tomillo,
o que salte a esa pradera
y te traiga un manojillo
de oliente hierba triguera?

¿Lloras? Pues si es de ternura,
deja ese llanto correr,
que es un riego de dulzura,
hijo de la fresca hondura
del manantial del placer.

Mas si lloras desconsuelos
y torturas de los celos,
¡vive Dios, que lloras mal!
Testigos me son los cielos
de que mi amor es leal.

Y si piensas que es menor
porque tan hondo se encierra,
recuerda que el hondo amor
de los hijos de esta tierra
no sabe ser hablador.

Alégrate, pues, mujer,
porque te sé yo querer
con querer tan singular,
que a veces me hace llorar
de doloroso placer...

 

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CUENTAS DEL TÍO MARIANO

Araba el tío Mariano
la húmeda tierra gredosa,
y entre la bruma lluviosa
del horizonte lejano,

con cierta noble ansiedad
que a la amargura se junta,
miraba, al volver la yunta,
las torres de la ciudad.

Allí los amos estaban
de aquel pedazo de llano,
ya convertido en pantano
por lluvias que no amainaban.

Y no pensaba el rentero
que el amo estaba al abrigo
del bofetón del hostigo
y el frío del aguacero.

Aspiraciones más parcas
tentaban al viejo charro
mientras hundía en el barro
sus bien calzadas abarcas.

Era un día de febrero
revuelto, lluvioso y frío;
cada camino era un río
y un charco cada sendero.

Bajaban por las quebradas
turbios regatos zumbando,
que iban el hoyo inundando
de hoscas aguas coloradas.

Y era el barbecho un fangal,
y el prado un estanque era,
y una charca la ribera,
los valles un chapatal.

Arrebataba el solano
las gotas del aguacero,
que eran las puntas de acero
de su látigo inhumano.

Iracundos los zagales
bregaban con los corderos
y los cabritos zagueros
hundidos en los fangales.

Y el pobre tío Mariano,
con la anguarina calada,
bajo un brazo la aguijada
y en la mancera una mano,

arando estaba en tal día
por no perder una huebra,
donde diz que el viento quiebra
cosa que él solo diría,

pues en aquella desnuda
tierra llana sin abrigo
le flagelaba el hostigo
la cara con saña cruda.

Y así malamente araba
y echaba el hombre sus cuentas,
las cuentas de aquellas rentas
que por las tierras pagaba.

Bien echadas las tenía,
pero con mal resultado,
y así, terco y porfiado,
las iba haciendo aquel día;

«Las rastras ya no las miento;
hogaño, si pinta el año,
no será ningún extraño
que me arrimase a las ciento.

Se ha derramao en sazón;
la desará fue mu guapa,
y si sigue asín, no escapa
de haber buena granición.»

(Este cálculo lo hacía
con las leves omisiones
de langosta, inundaciones,
de pedriscos y sequía...)

«¡Ahora, tanto pa calzar,
tanto en vestir y en comer...
(Y no hablaba de beber,
porque era hablar... de la mar).

«Tanto pa contribuciones,
tanto pa renta y simiente...»
Y así fue del remanente
practicando sustracciones.

Y de las ciento supuestas
sustrajo el tío Mariano
tantas fanegas de grano,
que al pasar de ciento éstas,

puso cara de ansiedad,
dijo con pena, mirando
y el cuerpo zarandeando,
las torres de la ciudad:

«Si hogaño fuese allá un día
y el amo bajar quisiera.
seis fanegas..., ¡cualisquiera,
cualisquiera me tosía!...»

¡Señor del tío Mariano!:
si acude a ti, sé piadoso,
que harás un hogar dichoso
con seis fanegas de grano.

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LO INAGOTABLE

De rodillas delante de la fosa
donde se pudre el mocetón garrido,
la pobre vieja sin moverse pasa
la tarde del domingo.

Una tarde otoñal, helada y muda,
de cielo muy azul, campiña yerta,
y un sol amarillento que se muere
de frío y de tristeza.

Una vela amarilla que no alumbra,
se quema, como el alma de la anciana,
cuyos ojos decrépitos no lloran
porque no tienen lágrimas.

Todas se las tragó la avara tierra
de la tumba del hijo malogrado,
a cuyos pies la hierba está escaldada
con las sales del llanto.

Vagaba por los ámbitos vacíos
del humilde y herboso cementerio,
el aroma de muerte que despide
la tierra de los muertos.

Volaban sobre el templo los cernícalos
y rasaban el viejo campanario
los bandos de veloces aviones
que pasaban chillando.

Y de la plaza del lugar venían
sones de tamboril y castañuelas,
notas de gaita que al hablar de amores
infundían tristeza.

¡Cómo bailaba la muchacha alegre
para quien fue belleza vigorosa
lo que era ya bajo viscosa hierba
montón de carne rota!

Montón de carne rota que una madre
tuvo un día pegado a sus entrañas,
y espejado en las niñas de sus ojos
y en el centro del alma.

Y ya está allí, deshecho en las tinieblas,
el fuerte hastial de la feliz casita,
el que ganaba el mendruguito blando
que la anciana comía.

Una alondra del páramo vecino
se posó en la pared del campo santo
para beber el rayo agonizante
del frío sol dorado,

y cantó una canción opaca y fría
que ni siquiera le agitó el pechuelo
que cien mañanas pareció romperse
modulando gorjeos.

¡Sorda elegía que inspiró Natura
junto a la tumba donde el mozo estaba,
que tantas veces, cual la alondra aquella,
le cantó la alborada!

Se hundieron en sus grietas los cernícalos,
y en los huecos del viejo campanario,
poco a poco los raudos aviones
se metieron chillando.

Cayó el silencio sobre el pueblo humilde,
murió la tarde y se marchó la alondra,
y la vida le dijo a la ancianita
que estaba ya muy sola.

¡Era preciso abandonar al hijo!
Besó la tumba y apagó la vela,
que derramó sobre la hierba húmeda
dos lágrimas de cera.

¡Y dieron todavía otras dos lágrimas
aquellos ojos que estrujó el dolor!
Ni ignoradas ni estériles las dieron:
¡las vimos Dios y yo!

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DEL VIEJO, EL CONSEJO

Deja la charla, Consuelo,
que una moza casadera
no debe estar en la era
si no está el sol en el cielo.

Tu hogar tendrás apagado,
y al mozo que habla contigo
le está devorando el trigo
la yunta que ha abandonado.

Mira que está oscureciendo,
que en las riberas lejanas
ya están cantando las ranas,
ya están las aves durmiendo.

Que tocan a la oración,
y hay gentes murmuradoras
cuyos ojos a estas horas
cristales de aumento son.

Y es que los oscureceres
son unas horas menguadas
que han hecho ya desgraciadas
a muchas pobres mujeres.

Mira, muchacha, que ha sido
la tarde muy bochornosa
y va a ser fresca y hermosa
la noche que ha producido.

Mira que son muy contadas
las fuerzas de la memoria:
mira que huelen a gloria
las mieses amontonadas,

y está tu galán delante,
y está tu hermanillo ausente,
y está el amor en creciente
y está la luna en menguante;

y a luz tan débil yo creo
que sola a salir no atinas
del laberinto de hacinas
donde metida te veo.

Tal vez si el mozo me oyera
pensara que esto es perfidia,
creyera que tengo envidia,
que tengo celos dijera,

pues con la venda de amor
no viera que soy un viejo
que solo con un consejo
puedo acercarme a tu honor.

Vete, muchacha, y no quieras
llorar prematuros gozos,
que sé lo que son los mozos
y sé lo que son las eras;

y en tales oscureceres
pláticas tales de amores
dicen los murmuradores
que son de tales mujeres...

y tienen razón, Consuelo,
que una moza casadera
no debe estar en la era
si no está el sol en el cielo.

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LA «GALANA»


Pobrecita madre!
¡Se murió solita!
Cuando vino el cabrero a la choza
con la cabra «Galana» parida
y el trémulo chivo
sin lamer ni atetar todavía,
vio a la madre muerta
y a la niña viva.
Sobre un borriquillo,
sobre una angarilla
de las del aprisco,
se llevaron la muerta querida
y él se quedó solo,
solo con la niña...
La envolvió torpemente en pañales
de dura sedija,
y amoroso la puso a la teta
de la cabra «Galana» parida...
-¡«Galana», «Galana»!
¡Tate bien quietita!...
¡Tate asín, que pueda
mamar la mi niña!»
Y la cabra balaba celosa,
por la fiebre materna encendida,
y poquito a poquito, la teta
fue chupando la débil niñita...
¡Pobre cabritillo!
¡Corta fue tu vida!

 

II

 

Solita en el chozo
se queda la niña
mientras lleva el pastor las ovejas
a pacer por aquellas umbrías.
Cerca del chocillo
pace la cabrita,
nerviosa, impaciente,
con susto, con prisa,
y si el viento le hiere el oído
con rumores de llanto de niña,
corre al chozo balando amorosa,
se encarama en la pobre tarima,
se espatarra temblando de amores,
se derrenga balando caricias
y le mete a la niña en la boca
la tetaza henchida
que derrama en ella
dulce leche tibia...
¡Qué lechera y qué amante la cabra!
¡Qué robusta y qué santa la niña!

 

III

 

¿Serían los lobos?
¿Algún hombre perverso sería?
Una tarde la cabra «Galana»,
la amante nodriza,
se arrastraba a la puerta del chozo
mortalmente herida.
Allá adentro sonaron sollozos,
sollozos de niña,
y un horrible temblor convulsivo
agitó a la espirante cabrita,
que luchó por alzarse del suelo
con esfuerzo de angustia infinita.
Y en un último intento supremo
de sublime materna energía,
que arrancó dolorosos acentos
de la cencerrilla,
y en un largo balido amoroso...
¡se le fue la vida!...

 

IV

 

Ni leche de ovejas
ni dulces papillas,
ni mimos, ni besos...
¡Se murió la niña!
¡Esta vez quedó el crimen impune!
¡Esta vez no brilló la justicia!

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ANA MARÍA

 

I

 

La primavera

Una alondra feliz del pardo suelo,
fue la primera en presentir al día,
y loca de alegría,
al cielo azul enderezando el vuelo,
contábaselo al campo, que aún dormía.

Celosa codorniz, madrugadora,
dijo tres veces que la bella aurora
se avecinaba con amable prisa:
del lado del Oriente
vino una fresca misteriosa brisa,
con las alas cargadas de relente,
y aun en sagrada oscuridad envueltas
las hojas de los árboles sonaron
dulcemente revueltas,
las mieses ondearon,
y de los senos de la tierra helada
surgió, vivificante,
el húmedo perfume penetrante
que solo sabe dar la madrugada.

¡Cuán bien se disponía
Naturaleza a recibir el día!
La línea pura del albor naciente,
vaga primicia grata
del de la luz fecundador tesoro,
primero fue de plata,
más tarde de oro,
después encendidísima escarlata,
roja amapola, y luego
cegador, chispeante, ardiente fuego.

En medio de la lumbre
que derretía el encendido Oriente,
sobre el perfil de la elevada cumbre,
el sol triunfante levantó la frente...
y a la puerta feliz de la alquería
asomó al mismo tiempo Ana María.
¡Gran Dios, bendito seas!
¡Qué soles, Dios de amor, qué soles creas!

 

II

 

Ana María

¿Por qué tan madrugadora
la rosa de la alquería?
Porque es una labradora
castiza y trabajadora
que siente pequeño al día.

¿Por qué tan pronto romper
del mañanero dormir
y del soñar el placer?
Porque dormir no es vivir
y soñar no es proveer.

Porque sabe que conviene,
como le enseña su madre,
mirar al tiempo que viene...
¡Por eso tiene su padre
la buena hacienda que tiene!

Tiene en la alegre alquería
labor y ganadería,
con pastos siempre sobrados;
huertos en la Alberguería,
y en Hondura casa y prados;

y de su padre heredadas,
y en su gente vinculadas,
puede en la Armuña contar
con cuatro o cinco yugadas
de tierras de pan llevar,

y, estimulante más grato,
corren añejas hablillas
diciendo, no sin recato,
que tiene zurrón de gato
lleno de onzas amarillas.

Y aun dice la gente a coro
que son su hacienda y su oro
cosas de menos valía
que aquel divino tesoro
de su hermosa Ana María.

¡Y dice verdad la gente!
Pues ¿quién como esta doncella
promete vida tan bella
cual la del nido caliente
que del hogar hará ella?

Del monte en el mundo estrecho
túvola Dios que poner,
porque paloma la ha hecho.
No tiene hiel en el pecho,
¿cómo ha de darla a beber?

Dará bálsamos calmantes,
hondas ternuras sedantes,
cosas del alma sin nombres...
¡Lo que buscamos los hombres
del grave vivir amantes!

Natura le dio belleza;
su madre le dio ternuras;
su padre, viril nobleza,
y Dios la humilde grandeza
que tienen las almas puras.

Los rayos del sol, fogosos,
cetrina su tez pusieron,
y los aires olorosos
de los montes carrascosos
la sangre le enriquecieron.

Diole el trabajo soltura;
la juventud, bizarría;
el buen ejemplo, cordura;
la sencillez, alegría,
y la honestidad, frescura.

Con generosa largueza,
Natura le dio riqueza
de sustancioso saber.
¿Qué enseña Naturaleza
que no se deba aprender?

Que la abeja es laboriosa,
que la tórtola es sencilla,
que la hormiga es hacendosa;
que se esconde, que no brilla
la violeta pudorosa...

Que las aves hacen nidos,
siempre solos y escondidos
en los senos de la fronda,
porque no es la dicha honda
buena amiga de los ruidos;

que los ríos y las fuentes
tienen aguas transparentes
cuando corren muy serenas...,
que son limpias las arenas
y son mansas las corrientes;

y de aquella golondrina
que ha anidado en la campana
de la rústica cocina,
se despierta alegre y trina
cuando apunta la mañana.

Que las corderas vehementes
que se apartan imprudentes
de las madres clamorosas,
morirán entre los dientes
de famélicas raposas.

Eso Natura enseñaba
y eso la moza aprendía.
Quien era mozo soñaba,
yo era poeta y cantaba,
Dios es bueno y bendecía.

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UN DON JUAN

Amo, de aquella cuestión
de ayer, pues ya me atreví.
-¡Gracias a Dios, cobardón!
¿Y qué te dijo?
-Que sí.

-¿Ves, Genaro? Si te dejo,
no llegas nunca a animarte,
y te me mueres de viejo
con las ganas de casarte.

Me gusta la valentía.
Y la lengua, ¿se enredó?
-Pues mire usted, yo creía
que iba a ser más; pero no.

Y eso que al dir a empezar,
por mucho que porfié,
pues no me pude acordar
del emprencipio de usté.

-¡Por vida de...! ¿Y qué jinojos
hiciste entonces, Genaro?
-Pues, nada, cerrar los ojos
y dir p'alante.
-¡Pues claro!

Cuando se ignora, se inventa.
-Pues ese fue el aquel mío.
Me tuve que echar la cuenta
que se echa el hombre perdío,

y como un eral cerril
arremetí con alientos,
porque ya, preso por mil...,
pues preso por mil quinientos.

No es más que mientras se empieza.
Yo cuantis que me corté,
pues na más de mi cabeza
cuasi to me lo saqué.

-¡Bien hecho! ¿Y le gustaría
bastante más que lo mío?
-Yo le dije asín: «María:
dirás que a qué habré venío.»

-¿Y qué te dijo?
-Que hablara.
Ella bajó la cabeza
y se le puso la cara
lo mesmo que una cereza.

A mí también se me ardía,
la verdá se ha de decir;
pero le dije: «María:
¿sabrás que tengo un sentir?»

-¡Bien dicho! ¿Y no te comieron
porque hiciste esa pregunta?
-No, pero me se pusieron
todos los pelos de punta.

Yo cuasi que no veía,
la verdá se ha de decir;
pero le dije: «María:
¿sabrás que tengo un sentir?»

Cuasi que me han obligao
-le dije- a venir acá,
que yo bien retuso he estao
por mo de la cortedá;

pero el amo, que sabía
mi sentir, pues ayer tarde
mesmamente me decía:
«Genaro, ¡no seas cobarde!

La moza es poco fiestera
y poco aparentadora,
y no es moza ventanera,
y es árdiga y vividora.

Y luego, es bien parecía,
y es callaíta y prudente,
y es honesta y recogía,
y viene de buena gente...

Anda con ella, comienza
mañana a la noche a dir,
que a cuenta de la vergüenza
te la dejas escurrir...»

Pues sobre aquello volviendo
del sentir que te decía,
sabrás que te estoy quisiendo
ya hace tres años, María.

Siempre he andao negativo
dejándolo pa dispués
y na más que es a motivo
de lo corto que uno es.

Y asín me estaba, me estaba,
aguantándome el sentir,
a ver si se me pasaba,
la verdá se ha de decir.

Y hate cuenta que cada año
pues más me reconcomía,
hasta que ya dije hogaño:
¡Habrá que estar con María!

Porque en habiendo un querer,
la verdá se ha de decir,
ni cuasi puedes comer
ni cuasi puedes dormir.

Y no es el decir que uno
esté encitando el pensar,
porque yo creo que nenguno
quedrá siempre asín estar.

Es na más que te aficionas
y que pierdes la chaveta
en cuantis que una persona
por los ojos te se meta.

Y que ya nadie te apea
ni te hace volver atrás
y llevas aquella idea
por andiquiera que vas.

Pues un querer derechero
como el corazón te ablande,
es igual que un abujero:
cuanti más le hurgas, más grande.

-¡Caramba! ¡Muy bien, Genaro!
y ella entonces te diría...
-A lo primero, pus claro,
dijo que ya se vería.

Pero dispués ya ve usté,
la gente se va atreviendo.
Yo le dije: «Volveré.»
y ella dijo: «Vay viniendo.»

-Vamos, sí, que habrá casorio.
-De eso entá no hemos tratao.
Sólo el parlárselo..., ¡corio!,
¡más vergüenza me ha costao...!

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¿QUÉ TENDRÁ?

¿Qué tendrá la hija
del sepulturero,
que con asco la miran los mozos,
que las mozas la miran con miedo?

Cuando llega el domingo a la plaza
y está el bailoteo
como el sol de alegre,
vivo como el fuego,
no parece sino que una nube
se atraviesa delante del cielo;
no parece sino que se anuncia
que se acerca, que pasa un entierro...

Una ola de opacos rumores
sustituye al febril charloteo,
se cambian miradas
que expresan recelos,
el ritmo del baile
se torna más lento
y hasta los repiques
alegres y secos
de las castañuelas
callan un momento...

Un momento no más dura todo;
mas ¿qué será aquello
que hasta da falsas notas la gaita
por hacer un gesto
con sus gruesos labios
el tamborilero?

No hay memoria de amores manchados,
porque nunca, a pesar de ser bellos,
«buenos ojos tienes»
le ha dicho un mancebo.

Y ella sigue desdenes rumiando,
y ella sigue rumiando desprecios,
pero siempre acercándose a todos,
siempre sonriendo,

presentándose en fiestas y bailes
y estrenando más ricos pañuelos...
¿Qué tendrá la hija
del sepulturero?
Me lo dijo un mozo:
«¿Ve usted esos pañuelos?
Pues se cuenta que son de otras mozas...
¡de otras mozas que están ya pudriendo!...
Y es verdá que paece que güelen,
que güelen a muerto...»

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ELEGÍA

I

No fue una reina
de las de España,
fue la alegría
de una majada.

Trece años cumple
para la Pascua
la cabrerilla
de Casablanca.
Su pobre madre
sola la manda
todas las tardes
a la majada.
Lleva ropilla,
lleva viandas
y trae jugosa
leche de cabras.
Vuelve de noche,
porque es muy larga,
porque es muy dura
la caminada
para un asnillo
que apenas anda.

¡Qué miedo lleva!
Pero lo espanta
con el sonido
de sus tonadas.
Canta con miedo,
de miedo canta.
¡Son tan profundas
las hondonadas
y tan espesas
todas las matas!...
¡Son tan horribles
las noches malas,
cuando errabundas
aullando vagan
lobas paridas
por las cañadas
con unos ojos
como las brasas!...
¡Son tan medrosas
las noches claras
cuando en los charcos
cantan las ranas,
cuando los búhos
ocultos graznan,
cuando hacen sombra
todas las matas
y se menean
todas las ramas!...

Los viejos hombres
de la majada
la quieren mucho
porque es tan guapa,
porque es tan buena,
porque es tan sabia.
Pero a un despierto
zagal de cabras,
que cumple trece
para la Pascua,
no sé con ella
lo que le pasa,
que algunas veces,
al contemplarla,
se pone trémula
su cara pálida
y entre sus párpados
tiemblan dos lágrimas...

Nadie ha sabido
que la regala
dijes y cruces
de Alcaravaca
de bien pulido
cuerno de cabra.

Cuando ella viene
con la vianda
¡le da más gusto!...
¡Le da más ansia,
le da más pena,
cuando se marcha!...
¡Como que toda
la noche pasa
llorando quedo
sobre la manta
sin que lo sepan
en la majada!


II

¡Ay pobre madre,
cómo gritaba,
despavorida,
desmelenada!
¡Ay los cabreros
cómo lloraban,
apostrofando,
ciegos de rabia!
¡Cómo corrían
y golpeaban
con los cayados
peñas y matas!
¡Y eran muy pocas
todas las lágrimas
que de los ojos
se derramaban!
¡Y eran pequeñas
todas las ansias
y las torturas
de las entrañas!
¿Quién nunca ha visto
desdicha tanta?
¡La cabrerilla
de Casablanca
por fieros lobos,
¡ay!, devorada!
Sangre en las peñas,
sangre en las matas,
¡la virgencita,
desbaratada!
¡Toda en pedazos
sobre la grava:
los huesecitos
que blanqueaban,
la cabellera
presa en las matas,
rota en mechones
y ensangrentada!...
¡Los zapatitos,
las pobres sayas
todas revueltas
y desgarradas!...

Loca la madre,
qué miedo daba
de ver los rayos
de sus miradas,
de oír los timbres
de sus palabras,
y el cabrerillo
de la majada
mudo y atónito
tremiendo estaba
con los ojazos
llenos de lágrimas,
despavorido
como zorzala
de un aguilucho
presa en las garras.
¿Cómo los árboles
no se desgajan?
¿Cómo las peñas
no se quebrantan,
y no se enturbian
las fuentes claras
y no ennegrecen
las noches blancas?
Ya vienen hombres
con unas andas,
con unos paños,
con una sábana;
los despojitos
en ella guardan
y se los llevan
a Casablanca.

Y al cabrerillo
nadie lo llama,
pero él camina
tras de las andas
mirando a todos
con la mirada
de herido pájaro
que en torno vaga
de los verdugos
que le arrebatan
el dulce nido
donde habitaba.
¡Ay virgencita
de Casablanca!
¡Ay cabrerillo
de la majada!


III

Su padre silba,
su padre llama,
porque el muchacho
deja las cabras
junto a las siembras
abandonadas
y en los jarales
oculto pasa
tardes enteras,
largas mañanas...
¿Qué es lo que hace?
¿Por qué se guarda?
Pues es que a solas
las horas pasa,
pule que pule,
taja que taja,
llora que llora,
ciego de lágrimas...,
que dos veneras
finas prepara
de bien pulido
cuerno de cabra,
porque una noche
quiere llevarlas
al campo santo
de Casablanca...

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LOS PASTORES DE MI ABUELO

I

He dormido en la majada sobre un lecho de lentiscos
embriagado por el vaho de los húmedos apriscos
y arrullado por murmullos de mansísimo rumiar.
He comido pan sabroso con entrañas de carnero
que guisaron los pastores en blanquísimo caldero
suspendido de las llares sobre el fuego del hogar.

Y al arrullo soñoliento de monótonos hervores,
he charlado largamente con los rústicos pastores
y he buscado en sus sentires algo bello que decir...
¡Ya se han ido, ya se han ido! ¡Ya no encuentro en la comarca
los pastores de mi abuelo, que era un viejo patriarca
con pastores y vaqueros que rimaban el vivir!

Se acabaron para siempre los selváticos juglares
que alegraban las majadas con historias y cantares
y romances peregrinos de muchísimo sabor.
Para siempre se acabaron los ingenuos narradores
de las trágicas leyendas de fantásticos amores
y contiendas fabulosas de los hombres del honor.

¡Ya se han ido, ya se han ido! Los que habitan sus majadas,
ya no riman, ya no cantan villancicos y tonadas
y fantásticas leyendas que encantaban mi niñez.
Han perdido los vigores y las vírgenes frescuras
de los cuerpos y las almas que bebieron aguas puras
de veneros naturales de exquisita limpidez.

¡Ya no riman, ya no cantan! Ya no piden al viajero
que les cuente la leyenda del gentil aventurero,
la princesa encarcelada y el enano encantador.
Ya no piden aquel cuento de la azada y el tesoro,
ni la historia fabulosa de la guerra con el moro,
ni el romance tierno y bello de la Virgen y el pastor.

¡He dormido en la majada! Blasfemaban los pastores
maldiciendo la fortuna de los amos y señores
que habitaban los palacios de la mágica ciudad;
y gruñían rencorosos como perros amarrados
venteando los placeres y blandiendo los cayados
que heredaron de otros hombres como cetros de la paz.


II

Yo quisiera que tomaran a mis chozas y casetas
las estirpes patriarcales de selváticos poetas,
tañedores montesinos de la gaita y el rabel,
que mis campos empapaban en la intensa melodía
de una música primera que en los senos se fundía
de silencios transparentes, más sabrosos que la miel.

Una música tan virgen como el aura de mis montes,
tan serena como el cielo de sus amplios horizontes,
tan ingenua como el alma del artista montaraz,
tan sonora como el viento de las tardes abrileñas,
tan süave como el paso de las aguas ribereñas,
tan tranquila como el curso de las horas de la paz.

Una música fundida con balidos de corderos,
con arrullos de palomas y mugidos de terneros,
con chasquidos de la onda del vaquero silbador,
con rodar de regatillos entre peñas y zarzales,
con zumbidos de cencerros y cantares de zagales,
¡de precoces zagalillos que barruntan ya el amor!

Una música que dice cómo suenan en los chozos
las sentencias de los viejos y las risas de los mozos,
y el silencio de las noches en la inmensa soledad,
y el hervir de los calderos en las lumbres pavorosas,
y el llover de los abismos en las noches tenebrosas,
y el ladrar de los mastines en la densa oscuridad.

Yo quisiera que la musa de la gente campesina
no durmiese en las entrañas de la vieja hueca encina
donde, herida por los tiempos, hosca y brava se encerró.
Yo quisiera que las puntas de sus alas vigorosas
nuevamente restallaran en las frentes tenebrosas
de esta raza cuya sangre la codicia envenenó.

Yo quisiera que encubriesen las zamarras de pellejo
pechos fuertes con ingenuos corazones de oro viejo
penetrados de la calma de la vida montaraz.
Yo quisiera que en el culto de los montes abrevados,
sacerdotes de los montes, ostentaran sus cayados
como símbolos de un culto, como cetros de la paz.

Yo quisiera que vagase por los rústicos asilos,
no la casta fabulosa de fantásticos Batilos
que jamás en las majadas de mis montes habitó,
sino aquella casta de hombres vigorosos y severos,
más leales que mastines, más sencillos que corderos,
más esquivos que lobatos, ¡más poetas, ¡ay!, que yo!

¡Más poetas! Los que miran silenciosos hacia Oriente
y saludan a la aurora con la estrofa balbuciente
que derraman, sin saberlo, de la gaita pastoril,
son los hijos naturales de la musa campesina
que les dicta mansamente la tonada matutina
con que sienten las auroras del sereno mes de abril.

¡Más poetas, más poetas! Los artistas inconscientes
que se sientan por las tardes en las peñas eminentes
y modulan sin quererlo, melancólico cantar,
son las almas empapadas en la rica poesía
melancólica y süave que destila la agonía
dolorida y perezosa de la luz crepuscular.

¡Más poetas, más poetas! Los que riman sus sentires
cuando dentro de las almas cristalizan en decires
que en los senos de los campos se derraman sin querer,
son los hijos elegidos que desnudos amamanta
la pujanza brava musa que al oído solo canta
las sinceras efusiones del dolor y del placer.

¡Más poetas! Los que viven la feliz monotonía
sin frenéticos espasmos de placer y de alegría
de los cuales las enfermas pobres almas van en pos,
han saltado, sin saberlo, sobre todas las alturas
y serenos van cantando por las plácidas llanuras
de la vida humilde y fuerte que cantando va hacia Dios.

¡Que reviva, que rebulla por mis chozos y casetas
la castiza vieja raza de selváticos poetas
que la vida buena vieron y rimaron el vivir!
¡Que repueblen las campiñas de la clásica comarca
los pastores y vaqueros de mi abuelo el patriarca
que con ellos tuvo un día la fortuna de morir!


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LA ESPIGADORA

¿Vas a espigar, Isabel?
¡Cuánto siento, criatura,
que bese el sol esa piel
que tiene jugo y frescura
de pétalos de clavel!

Sé que espigar necesitas,
porque, aunque al sol te marchitas,
no es bueno que huelgue y duerma
quien tiene cuatro hermanitas
y tiene a su madre enferma.

Mas díganme humanos ojos
si te hizo Naturaleza
para que en estos rastrojos,
hieran tus pies los abrojos
y abrase el sol tu cabeza.

Entre pintados cristales
de alcázares ideales
hay cien reinas poderosas...
¡Para la más bellas cosas
no tiene el mundo fanales!

Isabel: no puedo amar;
no puedo abrirte la puerta
de mi pecho y de mi hogar,
porque a otra Isabel, ya muerta,
se los juré consagrar.

Y eres tan bella, Isabel,
que tengo duda cruel
de si serás sombra bella
de aquella eclipsada estrella
que viene a ver si soy fiel.

Lo digo por tus miradas,
que parecen oleadas
del piélago de la gloria
y no pobres llamaradas
de bella mortal escoria;

lo digo porque me suena
tu voz a salmo cristiano:
lo digo porque eres buena,
porque eres casta y serena
como noche de verano.

¡Isabel: no puedo amar!
Dios sabe que si pudiera
partir contigo mi hogar
ahora mismo te dijera:
-No vayas, niña, a espigar,

que cerca de ese desierto
tengo una casa y un huerto
que entolda un viejo parral
donde estarás a cubierto
del beso de mi rival,

y si espigar necesitas...,
¡descanse mi reina y duerma!,
que está en mis trojes benditas
el pan de tus hermanitas
y el pan de tu madre enferma.

Mas ni estas puras y sanas
consolaciones cristianas
puedo pedir al amor...,
¡dijeran lenguas villanas
que andaba en ello tu honor!

Vete a espigar, moza mía,
que si el mundo fuese honrado,
como tu honor merecía,
contigo a espigar iría
quien sabe lo que es sagrado;

contigo se fuera, hermosa,
por el desierto ardoroso,
quien tiene por cierta cosa
que nadie mancha una rosa
si no es un reptil baboso.

En el rincón de ese ardiente
desierto que el sol calcina
tengo yo un prado riente
con una pomposa encina
y una purísima fuente;

y bajo el palio frondoso
que apaga el fuego del cielo,
yo te dejara gozoso
oyendo el decir copioso
del agua del regatuelo,

y yo, afrontando fatigas
bajo ese cielo que arde,
diera envidia a las hormigas
para llevarte a la tarde
rubias manadas de espigas.

¡No puedo, sol de mis ojos!
Tendrás que ir sola, Isabel,
para que en esos rastrojos
hieran tus pies los abrojos
y el sol mancille tu piel.

Tendré que verte a la vuelta,
cuando a tu pobre hogar vayas,
la trenza del jubón suelta,
rotas las pulidas sayas,
la cabellera revuelta,

con polvo y sudor pegado
sobre las sienes el pelo
y hundido el seno abultado,
y el alto dorso encorvado,
y el casto mirar al suelo.

Y fuerza será que vea
cómo el sol de los rastrojos
tu piel de rosa broncea
y cómo escalda y orea
tus húmedos labios rojos.

Mas vete sola, Isabel,
que, aunque me cause dolor
que el sol mancille tu piel,
es más injusto y crüel
que el mundo empañe tu honor.

Mejor que un decir artero
mil veces llorar prefiero
bellezas que el sol se lleve...
¡Virgen de bronce te quiero
mejor que Venus de nieve!

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LA ROMERÍA DEL AMOR

I

Declinaba la tarde lentamente.
El sol enrojecido transponía
las cumbres solitarias del Poniente
tras un radiante y bochornoso día
del sol sin nubes y de siesta ardiente.

A medida que el astro moribundo
sola dejaba la extensión del mundo,
la tierra, adormecida
de la pereza en el sopor profundo,
resucitaba espléndida a la vida;
y cual mujer hermosa
que de los sueños de enervante siesta
despierta triste, de vivir ansiosa,
y se dispone a la nocturna fiesta;
así Naturaleza despertando
del hondo sueño incubador del día
empezaba a moverse, preludiando
la inmensa rumorosa sinfonía
de una noche serena
de brisas mansas y de luna llena.

La tarde se moría,
y a medida que el fuego se apagaba
del sol fecundador, que ya se hundía,
el monte melodioso se animaba,
la vega se reía,
se cargaban los aires de rumores,
y temblaban las hojas de alegría,
y en la atmósfera azul, rica en fulgores,
la luz crepuscular se derretía...
¡Solo la de la tarde hay en el mundo
que se pueda llamar bella agonía!

El campo abrió sus pomas,
y en las alas del céfiro movido,
subieron y bajaron de las lomas
y entraron por las puertas del sentido
riquísimos aromas
de ya agostada manzanilla enana,
rosillas de gavanzos,
toronjil, hierbabuena y mejorana,
madreselva, poleos y mastranzos...

Innominada pajarita albina
entonó su cantata vespertina
posada en los pimpollos del saúco,
arrulló la paloma montesina,
chilló el abejaruco
clavado en la verruga de la encina,
la atmósfera caliente saturaron
de frescas humedades las riberas,
las mieses ondearon,
gimieron las choperas...
y todo el gran paisaje
teñido del misterio de la hora,
moviendo el verde mar de su follaje,
inició la canción susurradora
que canta por las tardes su oleaje.

Las sombras del crepúsculo amoroso,
velos de muerte de la tarde quieta,
cayeron sobre el valle misterioso,
cayeron sobre el alma del poeta...

Y del dulce, del grato
seno profundo de la oscura fronda
de fresnos y mimbrales del regato,
romántica, alta y honda,
purísima y vibrante,
bizarra, magistral, insinuante,
más cargada que nunca de dulzura,
más henchida que nunca de armonía,
más llena de frescura,
más rica en poesía,
más intensa y sonora,
más que nunca feliz, más habladora,
surgió la incomparable,
surgió la peregrina
primorosa canción inimitable
que brota de la lengua cristalina
del pájaro cantor de los cantores,
cuando sabe que escucha sus primores
en la rama vecina
una enferma de fiebre incubadora
que extática reposa sobre el nido
donde el hondo misterio se elabora...
¡Sólo estando en amores
saben cantar así los ruiseñores!


II

El riente lucero vespertino,
y el hijo del crepúsculo y del día,
ya en el cielo lucía
circundado de un nimbo diamantino.

Delante de la ermita un valle había,
y en él alegremente
bailaba todavía
gran multitud de campesina gente.
¡Sones de tamboril, toques sentidos
de la gaita dulcísima caídos,
alegre repicar de castañuelas!...
¡Qué bien debéis sonar en los oídos
de todas las mozuelas!

Tocó a su fin la alegre romería;
y tomando caminos y senderos,
se dispersó con loca algarabía
la feliz multitud de los romeros.

Mansa luna redonda,
surgiendo del perfil del horizonte,
tiñó de blanco la movida fronda,
y una dulzura honda
se derramó por la extensión del monte.

La alegre juventud, con sus cantares,
llenó los encinares,
y en amantes parejas separados
caminaban por valles y cañadas,
ellos enamorados
y ellas enamoradas...

¡Dichosos ellos y dichosas ellas
que unirse saben y decirse amores
debajo de una bóveda de estrellas
y encima de una sábana de flores!

Solo el pobre poeta, el visionario,
el hongo de los valles de la aldea,
por los cuales pasea
un dolor siempre igual y siempre vario,
no tiene un alma amiga,
un alma de mujer hermosa y pura
que por él sienta amor y se lo diga
con la voz empañada de ternura.

La luz de plata de la luna llena,
tibia, elegíaca, mística y serena,
llenaba el mundo de apacible calma:
la sangre hervía, se quejaba el alma,
y el pobre rimador lloró de pena.

¿De qué le servirán al visionario
los sueños de la loca fantasía
si al tomar de la alegre romería
nadie más que él camina solitario,
mendigo de amor y la alegría?

¿Qué le vale la musa soñadora
que le inspira sutiles creaciones?
¿Qué le vale la cítara sonora,
si sus vagas románticas canciones
son errabundas melodías muertas
cuyo ritmo ideal, desvanecido,
no llega enamorado ante las puertas
de amante corazón y amante oído?

¡Qué artificio tan ruin le parecían
sus doradas cantatas amorosas,
muertas flores pomposas
con senos de papel que no tenían
polen fecundador ni olor de rosas!

¡Qué falsas vio pasar, qué mentirosas
sus legiones de vírgenes sutiles,
sus engendros de gasas y vapores,
dislocadas bellezas femeninas
que brindaban estériles amores!

¡Cuán pobre poesía,
cuán helada, cuán pálida y vacía
aquella que brotaba
del cerebro genial que la creaba
y en estrofas de mármol la vertía!

¡Oh!, por eso al romántico ingenioso,
aéreo soñador artificioso
de otro vivir enamorado ahora,
le invadió la nostalgia tentadora
del amor fructuoso,
nutrimiento del alma soñadora,
savia pujante del vivir brioso,
el amor que en el monte se reía
y en la ermita rezaba agradecido,
y en el valle bailaba de alegría,
y al fuego del placer enardecido,
en ansias de vivir se derretía...;
un amor fuerte y sano,
tan fecundo en promesas, tan humano
como el que en alas de esperanza ciega
iba cantando por aquel camino
la canción de la vida que se entrega
en los brazos fecundos del destino.

Si aquel amor su espíritu tocara,
sus entrañas de hombre sacudiera
y su mente de artista caldeara,
¡qué rica, qué sincera,
qué llena de vigor su poesía!
¡La helada realidad qué poco fría!
¡Qué sabrosa y feliz la vida fuera!
La música briosa sonaría
de sus nuevas canciones
a murmullos de plática vehemente,
y a fogoso latir de corazones,
y a rítmico alentar de pecho ardiente...

-¡Más, más! ¡Más todavía!
-gimió el poeta con doliente brío-:
¡Seré de una mujer, será ella mía
y aun no seré feliz!... ¡Mas, más, Dios mío!


III

¡El poeta era yo! Sentíme fuerte,
llena mi carne se sintió de vida,
lleno de fe mi corazón inerte,
llena de luz mi mente oscurecida...
¡Me alcé en la tumba y sacudí la muerte!

Y tomando a la ermita abandonada,
ya envuelta en la callada,
tranquila y santa soledad serena
de la noche ideal de luna llena,
ante sus muros me postré de hinojos,
al alto ventanal iluminado
alcé mi corazón, alcé mis ojos
y del fondo del pecho enamorado
me salió esta oración. «¡Virgen bendita!,
no volveré a tu ermita
a rendirte misérrimos cantares,
a poner con los hielos de la mente,
ofrendas de artificio en tus altares,
coronas de oropel sobre tu frente.
¡Volveré cuando traiga de la mano,
para rendirlo ante tus pies de hinojos,
un angelino humano
que tenga azules, como tú, los ojos!...»

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EL CRISTU BENDITU

I

¿Ondi jueron los tiempos aquellos,
que pue que no güelvan,
cuando yo juí persona leía
que jizu comedias
y aleluyas tamién y cantaris
pa cantalos en una vigüela?
¿Ondi jueron aquellas cosinas
que llamaba ilusionis y eran
a'specie de airinos
que atontá me tenían la mollera?
¿Ondi jueron de aquellos sentires
las delicaezas
que me jizun llorar como un neni,
de gustu y de pena?
¿Ondi jueron aquellos pensaris
que jacían dolel la cabeza
de puro lo jondus
y enreäos que eran?
Ajuyó tuito aquello pa siempre,
y ya no me quea
más remedio que dilme jaciendo
a esta vía nueva.
¡Ya no güelvin los tiempos de altoncis,
ya no tengo ilusionis de aquellas,
ni jago aleluyas,
ni jago comedias,
ni jago cantaris
pa cantalos en una vigüela!...


II

Pensando estas cosas,
que me daban ajogos de pena,
una vez andaba por los olivaris
que la ermita del Cristu roëan.
Triste y aginao,
de la ermita me juí pa la vera;
solitaria y abierta la vide
y entrémi por ella.
Con el alma llenita de jielis,
con el pecho jechito una breva
y la cara jaciendo pucheros
lo mesmito que un niño de teta,
juíme ampié del Cristu,
me jinqué en la tierra.
y jaciendo la crus, recé un Creo
pa que Dios quisiera
jacelme la vía
una miaja tan solo más güena.
¡Qué güeno es el Cristu
de la ermita aquella!
Yo le ije, dispués de rezali:
-¡Santu Cristu, que yo tengo pena,
que yo vivo tristi
sin sabel de qué tengo tristeza
y me ajogo con estos ansionis
y este jormiguillo que me jormiguea!
¡Santu Cristu querío del alma!
Tú pasastis las jelis más negras
que ha podido pasal un nacío
pa que tos los malos güenos se golvieran;
pero yo sigo siendo maleto
y a Ti te lo digo lleno de velgüenza
pa que me perdonis
y me jagas entral en verea.
¡Tú, que estás en la Crus clavaíto
pol sel yo maleto, quítame esta pena
que aentru del pecho
me escarabajea!...
¡Jalo asina, que yo te prometo
jacelmi bien güeno pa que Tú me quieras!


III

¡Qué güeno es el Cristu
de la ermita aquella!
Pa jacel más alegri mi vía,
ni dineros me dio ni jacienda,
polque ice la genti que sabi
que la dicha no está en la riqueza.
Ni me jizu marqués, ni menistro,
ni alcaldi siquiera,
pa podel dil a misa el primero
con la ensinia los días de fiesta
y sentalmi a la vera del cura
jaciendu fachenda.
¡Pa esas cosas que son de fanfarria
no da nada el Cristu de la ermita aquella!
Pero aquel que jaciendo pucheros
se jinquí en la tierra,
y, dispués de rezali, le iga
las jielis que tenga,
que se vaiga tranquilo pa casa,
que ha de dali el Cristu lo que le convenga.
A mí me dio un hijo
que päeci de rosa y de cera,
como dos angelinos que adornan
el retablo mayol de la inglesia.
Un jabichuelino
con la cara como una azucena,
una miaja teñía de rosa
pa que entávia más guapo paeza.
A mí me entonteci
cuando alguna risina me jecha
con aquella boquina sin dientis,
rëondina y fresca,
que paeci el cuenquín de una rosa
que se jabri sola pa si se la besa.
¡Juy, qué boca tan guapa y tan rica!
¡Paeci de una tenca!
A vecis su madri
en cuerinos del to me lo quea,
se poni un pañali tendío en las sayas
y allí me lo jecha
¡Paecí un angelino
de los de la inglesia!
Yo quería que asín, en coretis,
siempre lo tuviera:
y cuando su madri vüelvi a jatealo,
le igo con pena:
-Éjalo que bregui,
éjalo que puéa
raneal con las piernas al airi
pa que críe juerza.
¡Éjalo que se esponji un ratino,
que tiempo le quea
pa enliarsi con esos pañalis
que me lo revientan!
¡Éjamelo un rato
pa que yo lo tenga
y le jaga cosinas bonitas
pa que se me ría mientris que pernea!
¡Que goci, que goci
to lo que asín quiera;
que pa jielis, ajogos y aginos
mucho tiempo quea!
¡Éjamelo pronto pa zarandealo!
Éjame el mi mozu pa que yo lo meza,
pa que yo le canti,
pa que yo lo duerma
al son de las guapas
tonás de mi tierra,
continas y dulcis
que päecin zumbíos de abeja,
ruíos de regato,
airi de alamea,
sonsoneti del trillo en las miesis,
rezumbal de mosconis que vuelan
u cantal dormilón de chicharra
que entonteci de gusto en la siesta...
¡Miale cómo bulli,
miale cómo brega,
miale cómo sabi
óndi está la teta!
Si conocis que tieni jambrina
dali una gotera
pa que prontu se jaga tallúo
y amarri los chotos a puro de juerza.
¡Miali qué prontino
jizu ya la presa!
Miali cómo traga; mia qué cachetinos
mientris mama en el pecho te pega!
¡Mia que arrempujonis da con la carina
pa que salga la lechi con priesa!
¡Asín jacin también los chotinos
pa que baji el galro seguío y con juerza!
Ya se va jartando ¡Mia cómo se ríe,
miale cómo enrea!
Jasta el guarguerino
la lechi le llega,
porque va poniendo cara de jartura
y el piquino del pecho ya eja.
Quitalo en seguía pa que no se empachi
y trai que lo tenga...
¡Clavelino querío del güerto!,
ven que yo te quiera,
ven que yo te canti,
ven que yo te duerma,
al son de las guapas
tonás de mi tierra,
pa que pueas cantalas de mozo
cuando sepas tocal la vigüela.
¡Venga el mi mocino,
venga la mi prenda!
Ven que yo te besi
con delicäeza,
ondi menos te piquin las barbas
pa que no te ajuyas cuando yo te quiera,
ni te llorin los ojos, ni arruguis
esa cara más fina que sea,
ni te trinquis p'atrás enojao
si tu padri en la boca te besa...


IV

Mujer, ¡mia qué lindu
cuando ya está dormío se quea!
¿Tú no sabis por qué se sonríe?
Es porque se sueña
que anda de retozus con los angelinos
en la gloria mesma...

V

¡Qué guapo es mi neni!
¡Ya no tengo pena!
¡Qué güeno es el Cristu
de la ermita aquella!

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VARÓN

¡Me jiedin los hombris
que son medio jembras!
Cien vecis te ije
que no se lo dieras,
que al chinquín lo jacían marica
las gentis aquellas.
Ahora ya lo vide, y a mí no me mandis
más vecis que güelva.
Te largas tú a velo,
que pue que no creas
que tu cuerpo ha parío aquel mozu,
ni que lo cebasti con tu lechi mesma,
ni que tieni metía en la entraña
sangri de mis venas.
N'amás de mimarros
y delicaezas
que ha queao lo mesmo que un jilo
paliúcho y sin chispa de juerza.
Ca instanti se lava,
ca instanti se peina,
ca instanti se múa
toa la vestimenta,
y se encrespa los pelos con jierros
que se lo retuestan,
y en los dientis se da con boticas
de unos cacharrinos que tieni en la mesa,
y remoja el moquero con pringuis
n'amás pa que güela
¡Jiedi a señorita
dendi media lengua!
Se levanta a las nuevi corrías
y a las doci lo mesmo se acuesta.
¡Va a ponersi pochu
si acotina de aquella manera!
¡Güeno está pa mandalo a bellotas,
pa ayualmi a escuajal en la jesa,
pa jacel un carguju de tarmas
y traelo a cuestas,
u pa estalsi cavando canchalis
dende que amaneci jasta que escurezca!
Los muchachos de acá me esconfío
que mos lo apedrean
cuantis venga jaciendo pinturas
u jablando de aquella manera:
y verás cómo el mozu no tieni
ni agallas ni juerza
pa el primero que quiera molarsi
rompeli la jeta.
Ya no dici padri,
ni madri, ni agüela.
«Mi papá, mi mamá, mi abuelita...»
así chalrotea,
como si el mocoso juesi un señoruco
de los de nacencia.
Ni mienta del pueblo, ni jaci otro oficio
que dil a una escuela
y palral de bobás que allí aprendí,
que pa na le sirvin cuantis que se venga.
Pa sabel sus saberis le ije:
«Sácame la cuenta
del aceiti que hogaño mos toca
del lagal po la parti que es nuestra.
Se maquilan sesenta cuartillos
p'acá parti entera,
y nosotros tenemos, ya sabis,
una media tercia
que tu madre heredó de una quinta
que tenía tu agüela Teresa.»
¡Ya ves tú que se jaci en un verbo!
Sesenta la entera,
doci pa la quinta,
cuatru pa la tercia,
quita dos pa una media, y resultan
dos pa la otra media.
Pues el mozu empringó tres papelis
de rayas y letras,
y pa ensenrearsi
de aquella maeja,
ijo que el aceiti que a mí me tocaba
era «pi menus erre», ¿te enteras?
¡Pus pues dil jacindu
las sopas con ella!
¿Y esos son saberis?
¡Esas son fachendas!
No le quise mental del guarrapo
ni icile siquiera
que hogañazo vendimus el churru
pa comprar un cachuju de tierra.
¡Allí no se jabla
de esas cosas ni en ellas se piensa!
N'amás que se jaci comel confituras,
melcal vestimentas,
dirse a los cafesis,
dirse a las comedias
y palral de bobás que no valin
ni siquiá una perra
¡Jolgacián como el nuestro muchacho
no va a haberlo, si aquí no se enmienda!
Yo no lo distingo de otros señorinos
que con él se ajuntan y jolgacianean.
¡Son como maricas!
¡Juy, qué vestimentas!
Ves una persona
por detrás, en la calle, tan tiesa
y endi lejus no sabis de cierto
si es macho u es jembra.
Güelin a lo mesmu
como las ovejas,
y p'aquí no es asín, que ca cosa
güeli a su manera:
güeli a macho la carni de hombre,
y la carni de jembra da a jembra.
Hay que dil a buscar al muchacho
cuantis que se puea,
y le dicis a aquellos señoris
que esu no quita pa que se agraeza,
pero que a su padri le jaci ya falta;
y asín se la enreas.
No lo quió jolgacián, aunque muchos
saberis trujiera.
Y no es esu solu lo que a mí me enrita,
que otras cosas me jacin más mella...
Hay que dil a buscalo ca y cuando:
que venga, que venga;
porque, mira: ¡me jiedin los hombres
que son medio jembras!...

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EL EMBARGO

Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos.
No le dé a usté ansia
no le dé a usté mieo...
Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'ha muerto!
Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello,
ya me está sobrando,
ya me está jediendo.
Embargal esi sacho de pico,
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y ese cacho e liendro...
¡Jerramientas, que no quedi una!
¿Ya pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
Pero ya no quio vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja
ni ese cacho e liendro...
¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
si alguno de esos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s'ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una noche muerto!...
Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
porque aquí lo jinco
delanti usté mesmo.
Lleváisoslo todu,
todu, menus eso,
que esas mantas tienin
suol de su cuerpo...
¡y me güelin, me güelin a ella
ca ves que las güelo!...

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PLÉTORA

Yo no sé qué tieni,
qué tieni esta tierra
de la Extremaúra,
que cuantis que llegan
estos emprencipios
de la primavera
se me poni la sangre encendía
que cuasi me quema,
se me jincha la caja del pecho,
se me jaci más grandi la juerza,
se me poni la frente möorra.
y barruntu que asina me entra
como un jormiguillo
que me jormiguea...
¡Y luego unas ansias
que me ajogan de juerti que aprietan
con arrempujonis
de lloral sin querel, que me quean
que cuasi reviento
sin poel revental de la pena!...
¡Me dan unas ganas
de metermi con cosas de juerza!...
¡Asín jundo el corti
de la segureja,
que lo mesmo ha caíu esta encina
que si juesi de pura manteca!
Yo no sé qué será lo que adentro
me escarabajea
cuantis llega esti tiempo tan güeno
de la primavera...
Digu yo que serán estos vahus
que jecha la tierra,
que güelin a ricos
y paice que, asín que se cuelan,
como que arrempujan
de adentro pa juera,
y levantan el pecho p'arriba,
y entontecin de gustu que quean...
¡Juy, cómu me sabin!...
¡Juy, Dios, y qué juerza!
Si viniese ahora mesmo aquí Gorio
y quisiesi luchal una güelta...
¡Juy, Dios, qué Goriazo
le jacía pintal en la tierra!
Me gusta esti tiempo
de la primavera;
pero, ¡congrio!, me da mucha rabia
no tenel una cosa que puea
sacalmi del cuelpo
el comuelgo n'a más de la juerza.

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A PLASENCIA

Toda ciudad es dichosa
si tiene historia gloriosa,
bellos campos, cielo hermoso,
vida honrada y laboriosa,
puro instinto religioso.
Sabios hombres que admirar,
joyas de arte que lucir,
bellas mujeres que amar,
patriotismo que sentir
y caridad que imitar.
¡Vieja ciudad de los Fueros!
Tu historia cuenta legiones
de gentiles caballeros,
sapientísimos varones
y denodados guerreros.
Tus bellos alrededores
sembró la Naturaleza
de cuadros multicolores,
contrastes encantadores
que hacen mejor tu belleza.
Y eriales tienes baldíos,
y olivares pintorescos,
y peñascales bravíos
y edénicos huertos frescos,
y precipicios sombríos,
y una vega amena y grata
que riega amoroso el Jerte,
cuya corriente de plata
parece que se dilata
por si en ella quieres verte.
Y son en tan bella tierra
tan hermosos cielo y suelo,
que tu horizonte se cierra
con un pedazo de sierra
que es un pedazo de cielo.
Plasencia: para expresarte
lo deliciosa que eres,
bastaba con recordarte
tus bellísimas mujeres,
tus maravillas del arte.
Plasencia: tu historia honrosa
me ha dicho que eres gloriosa,
y mis ojos al mirarte
me dicen que eres hermosa,
que eres digna de cantarte.
Mas yo no sé si hoy tu vida
es la vida indiferente
de todo pueblo suicida,
o es vida sana y potente
de ricas savias henchida.
Vida pujante y briosa,
con cultura vigorosa
y actividades geniales
¡La vida brava y nerviosa
de un pueblo con ideales!
No sé si tú los tendrás,
pero supongo que sí,
pues no tan loca serás,
que ignores adónde vas
o mueras dentro de ti.
Pueblo que duerme es suicida,
y yo no puedo creer
que estés pasando la vida
lánguidamente dormida
sobre tus glorias de ayer.
¡Sueño loco, sueño vano,
del amor con que te mira
un rimador castellano,
que de su bárbara lira
te hace oír el canto llano!
Pueblo que tiene tu historia
debe estar siempre despierto,
y fresco está en la memoria
el recuerdo de una gloria
que dice que tú no has muerto.
Un día..., ¡qué infausto días!...,
la pobre Patria venía
llorando horribles traiciones,
con la bandera en jirones
y el honor en la agonía.
Loca, inerme, macilenta,
llorando a gritos la afrenta
que le hizo la iniquidad,
llegó a tus puertas hambrienta,
llamando a la caridad.
Y un grupo de caballeros,
heraldos de la hidalguía
de la ciudad de los Fueros,
oyó los sollozos fieros
con que la Patria gemía.
Y al frente de mucha gente
de esa que trabaja y calla,
de esa a quien llama canalla
la casta más decadente
que en las historias se halla,
salió a tus puertas gritando:
-¡Ábranse pronto esas puertas,
que está la Patria llamando,
y siempre han estado abiertas
para el que viene llorando!
Y abrió el amor en seguida
tus puertas, noble ciudad,
y entró la Patria afligida,
que en brazos se echó rendida
de tu hermosa Caridad.
¡Vieja ciudad de los fueros!
Sin alardes pregoneros,
han dicho bien lo que eres
tus patriotas caballeros,
tus compasivas mujeres.
¡Plasencia! La lira oscura
de un rimador sin grandeza
no intentará la locura
de ensalzar tanta nobleza,
de cantar tanta hermosura.
Objeto tan sobrehumano
como el de tus maravillas,
es de un Himno soberano;
no de las ruines coplillas
de un rimador castellano.
¡Funde un genio de la Historia
que eternice tu memoria
y haga tu gloria completa!
¡Engendra el hijo poëta
que sepa cantar tu gloria!
¡Plasencia: bien has ganado
tu derecho de vivir!
Tienes glorioso pasado,
tienes un presente honrado:
¡Dios te dé buen porvenir!

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SOLO PARA MI LUGAR

El Guijo tiene otro hijo
desde este grato momento:
¡yo soy el hijo que al Guijo
le da vuestro Ayuntamiento!

Pueblo que obsequia a un poeta
es pueblo con intuiciones,
con instinto que interpreta
del Arte las creaciones;

pueblo que sabe pensar,
pueblo que sabe sentir,
pueblo que se sabe honrar,
pueblo que aspira a vivir;

pueblo discreto que advierte
que sin cultura es suicida,
porque la ignorancia es muerte,
porque la cultura es vida.

Pueblo que ama la belleza
es pueblo con ideales,
con instintos de nobleza,
con jugos sentimentales;

pueblo con orientaciones,
pueblo con ricos alientos,
pueblo donde hay corazones
y donde hay entendimientos;

pueblo que el alma conquista
de quien la suya interpreta;
pueblo que es también artista,
¡pueblo que es también poeta!



Ese es el Guijo, señores;
pueblo que, el pan conquistando,
va entre ríos de sudores
trabajando, trabajando;

pueblo que brega y se afana
con esfuerzos singulares
para que el pan de mañana
no falte de sus hogares;

y holgando alegre este día
después de la brega dura,
celebra con alegría
una fiesta que es cultura;

fiesta que me ha dedicado
un celoso Ayuntamiento
para quien tengo guardado
profundo agradecimiento.

Una fiesta que es más bella
porque en ella no hay pasiones,
ni hay ruines miras en ella,
ni luchas, ni divisiones.

Veros hoy aquí reunidos
me causa el mayor placer.
¡Siempre en paz y siempre unidos
os quisiera a todos ver!

¡Odiad esas luchas ruines
y esos empeños mezquinos
que llevan a malos fines
por detestables caminos!

¡Odiad esas divisiones
que a los pueblos desbaratan,
porque encienden las pasiones
y toda obra buena matan!

Seguid mi honrado consejo,
porque pueblos divididos
dice un adagio muy viejo
que serán pueblos perdidos.

La guerra abate y quebranta,
la paz eleva e ilumina.
¡Todo la paz lo levanta!
¡Todo la guerra lo arruina!

Odiad a todo enemigo
de la paz y de la unión,
porque la guerra es castigo,
principio de perdición.

Lejos del Guijo, muy lejos,
un mal enemigo habita
que da perversos consejos
cuando los pueblos visita.

Nunca semilla bendita
viene su mano sembrando:
torpe cizaña maldita
suele venir derramando.

¿Extrañaréis si no digo
por vuestro bien e interés
el nombre de ese enemigo?
¡Pues la Política es!

La Política de ahora,
que al bien ajeno no aspira;
la Política traidora,
que es una inmensa mentira.

Viene promesas haciendo
que nunca piensa cumplir;
favores viene pidiendo,
mentiras viene a decir.

Y cuando triunfa y se aleja
para hundirse en la ciudad,
la guerra en los pueblos deja
y ella se lleva la paz.

Que venga, sí, cuando quiera,
servidla como queráis;
pero por una embustera
jamás vuestra unión rompáis,

porque pueblos bien unidos
son pueblos bien gobernados,
pueblos al bien dirigidos,
pueblos bien administrados;

y está en la paz la riqueza,
y está, la fuerza en la unión,
y en la guerra la pobreza,
la ruina y la perdición.



Siempre hacia el Guijo he sentido
amor de alma agradecida:
mis hijos aquí han nacido
y aquí vivo yo mi vida.

Y no habéis imaginado
lo mucho que os agradezco
que todos me habéis tratado
tal vez mejor que merezco.

Yo he procurado también
vivir con todos leal,
siempre aconsejando el bien,
siempre detestando el mal;

y si en mi mano estuviera,
sabed que yo no dejara
discordia que no rompiera,
ni rencor que no acabara.

Por eso orgulloso creo
que digo verdad si digo
que entre vosotros no veo
nadie que sea mi enemigo.

Siempre el Guijo me ha inspirado
sincera y gran simpatía;
pero sabed que ha aumentado
notablemente este día.

El Guijo tiene otro hijo
desde este grato momento.
¡Yo soy el hijo que al Guijo
le da vuestro Ayuntamiento!

¿Me recibís desde hoy
por vuestro adoptivo hermano?
Pues bien, ya sabéis que soy
desde ahora vuestro paisano.

¡Gracias al Ayuntamiento!
¡Gracias al pueblo del Guijo!
No hay en mí merecimiento
para adoptarme por hijo;

mas esta Corporación
lo manda así, y obedezco;
acepto la distinción,
mas sé que no la merezco.

Yo no soy más que un poeta
que vuestros hondos sentires
enamorado interpreta
con vuestros propios decires.

Yo no hago más que cantares
que pintan vuestros amores,
la paz de vuestros hogares,
la hiel de vuestros dolores.

Canto ese cielo divino
donde con Dios viviremos
si de la vida el camino
con honradez recorremos.

Canto esos campos en calma,
donde el Señor ha vertido
soledades para el alma,
deleites para el sentido;

campos de donde han tomado
dulzuras mis canturías;
campos que han dulcificado
mis tristes melancolías;

campos que han sido testigos
de mis dolores secretos;
campos que son mis amigos
más leales y discretos;

campos de donde esperamos
el pan que nos alimente;
campos que todos regamos
con sudor de nuestra frente;

campos donde, agradecido,
debe todo hombre exclamar:
¡Bendito el Dios que ha podido
tantas grandezas crear!

Eso entre vosotros vi,
y eso en mis versos canté.
¡Que sepan lejos de aquí
lo que en el Guijo encontré!

Seguid vosotros marchando
del bien por las anchas huellas,
que yo seguiré cantando
vuestras virtudes más bellas.

Yo haré que lejos, muy lejos,
todos seáis admirados;
pero seguid mis consejos,
que son consejos honrados.

Vosotros, graves varones
que jefes sois de un hogar,
mirad que vuestras acciones
los hijos han de imitar.

Mirad que el jefe que mande,
entero al cargo se ofrece,
y tiene un deber más grande
que el súbdito que obedece.

Y rey que ha de gobernar,
si respetado ha de ser,
debe a los suyos guiar
por la senda del deber.

Se debe al hijo querido
algo que al alma alimenta,
algo que es más que el vestido
y el pan que el cuerpo sustenta.

Hijo sin Dios educado
no es hijo respetuoso,
ni puede ser hombre honrado,
padre amante y buen esposo.

Hijo que no ha recibido
cultura de racional,
es un salvaje vestido
con traje de hombre social.

Primero es niño insolente,
groseramente procaz,
dañino y desobediente,
desvergonzado y audaz.

Más tarde será un mozuelo
de esos sin Dios y sin padre,
de esos que escupen al cielo
y escupirán a su madre.

Y luego un mozo perdido,
provocativo y vicioso,
con un corazón podrido
y un cerebro tenebroso.

Los hijos que ahora criáis
no son esos, a fe mía;
pero, si no vigiláis,
ya lo serán algún día.


Vosotras, fieles y honradas
esposas de alma ejemplar,
las que vivís consagradas
al gobierno del hogar;

las que al esposo adoráis;
las que mitigáis sus penas;
las que a llevar le ayudáis
la carga de sus faenas;

las que en sus horas sombrías
sois su consuelo mejor;
las que de sus alegrías
sois la alegría mayor;

las que, si enfermo le veis,
junto a su lecho veláis,
y el sueño por él perdéis,
y al cielo por él rogáis,

y al ver su salud perdida
sois, con afán generoso,
capaces de dar la vida
por la salud del esposo...

vosotras, que compañeras
sois suyas tan diligentes,
sed también sus consejeras
benévolas y prudentes.

Dadle con vuestros amores
luz que le sirva de guía
y perdonad sus errores
si alguna vez se extravía.

Dejad que gobierne y mande,
porque él es rey del hogar
y fuera un pecado grande
derecho tal usurpar.

Dadle consejos de amiga
con amoroso decir,
pues lo que amor no consiga
¿quién lo podrá conseguir?

La paz en casa sembrad
y reine en ella ese nombre,
porque una casa sin paz
es el infierno del hombre.

Brindadle paz al esposo;
sed su perenne consuelo,
y ese infierno tenebroso
convertiréis en un cielo.



Vosotras, madres del Guijo,
fuente de obscuras hazañas,
las que tuvisteis un hijo
dentro de vuestras entrañas;

las que supisteis cuidarlo
entre desvelos y penas;
las que supisteis criarlo
con sangre de vuestras venas;

las que debéis siempre ser
el ángel de vuestro hogar;
las que enseñáis a creer;
las que enseñáis a rezar;

las que vivís suspirando
con afanes infinitos,
noche y día trajinando
por el pan de los hijitos

y con semblante risueño
su mitad les entregáis,
y si el pedazo es pequeño
también el vuestro le dais;

vosotras, madres amantes,
fuentes de amores benditos,
¡vivid siempre vigilantes
por el bien de los hijitos!

Quien tanto los sabe amar,
¿ha de tener corazón
para dejarlos marchar
por sendas de perdición?

Prendas que son tan queridas
y cuestan mil sacrificios,
¿quién querrá verlas hundidas
en el fangal de los vicios?

¿De qué servirá criarlos
con cariño maternal,
si logra el vicio arrojarlos
a los abismos del mal?

¡Ay de la madre que olvida
lo que Dios le ha confiado!
|Ay de la que trae a la vida
un blasfemo o un malvado!

Porque si esa madre ha sido
culpable de tanto mal,
de Dios le caerá en su oído
esta sentencia fatal:

"¡No fuiste mujer bendita
que al mundo dio un hijo bueno,
fuiste víbora maldita
que al mundo distes veneno!"

Madres amantes del Guijo,
madres celosas y buenas,
las que dierais por un hijo
la sangre de vuestras venas;

las que lucháis por criarlos
como azucenas lozanas,
¡no os olvidéis de educarlos
con enseñanzas cristianas!

En nombre del Poderoso
que quiso el mundo crear
y de un soplo portentoso
pudiera el mundo arrasar;

en nombre del Dios clemente,
del Padre de los mortales,
cuya mano providente
derrama el bien a raudales;

en nombre del que amoroso
salud y pan nos envía
y desde ese Cielo hermoso
nos manda la luz del día;

en nombre del que las plantas
hace en los campos crecer
y en ellos bellezas tantas
pródigo sabe verter;

en nombre del Dios eterno,
del que del Cielo es la llave,
del que arroja en el Infierno
lo que en el Cielo no cabe...

yo os pido, madres cristianas,
que no entreguéis los hijitos
a libertades insanas,
fuentes de vicios malditos;

yo os pido, madres amantes,
que a los hijos protejáis,
que siempre estéis vigilantes,
porque si en ellos fiáis,

en los abismos abiertos
del mal los veréis caídos,
y es menor mal verlos muertos
que conocerlos perdidos.

No me digáis que ninguna
verlos perdidos quisiera,
pues sé que no hay madre alguna
que tenga entrañas de fiera;

pero alguna puede haber
que no se pare a pensar
que hay un modo de querer
que es un modo de matar.

Cariños mal entendidos
y locamente otorgados
hacen más hombres perdidos
que hombres juiciosos y honrados.

No quiere bien quien halaga
pasiones que en otro viere:
¡el que mayor bien nos haga,
aquel es quien más nos quiere!

Y siendo un bien singular
la educación que nos den,
querer bien es educar,
porque es hacernos gran bien.

Sólido bien verdadero
que al hijo que lo comprenda
le valdrá más que el dinero,
le valdrá más que la hacienda.

Honradas madres del Guijo:
si amáis al pueblo también,
no le deis un solo hijo
que no sea hombre de bien.

Vivid, vivid educando;
vivid, vivid reprendiendo;
noche y día vigilando,
noche y día corrigiendo.

Poned el alma en la empresa
de dar buena educación,
que precisamente es esa
vuestra principal misión.

¿Reglas queréis y lecciones
para ese fin conseguir?
Pues sólo en cuatro renglones
se pueden todas reunir:

El hijo en casa ha de ver
ejemplos de bien obrar,
ejemplos de bien hacer
y ejemplos de bien hablar.

Y basta, cristianas madres,
porque bien debéis saber
que lo que fueron los padres
los hijos luego han de ser.

Y si bien los educáis,
mañana os respetarán,
y si pan necesitáis,
pan y cariño os darán.




Doncellitas guijarreñas:
dijo verdad el que dijo
que sois sanas y risueñas
como los campos del Guijo.

Sus rosas os dan colores,
aroma os dan sus violetas,
sus mozos os dan amores
y os dan versos sus poetas.

Sois la luz y la alegría
de vuestros limpios hogares;
la gala y la poesía
de las fiestas populares;

sois la mayor hermosura
que nuestros ojos recrea;
sois la gentil donosura
que nuestro pueblo hermosea.

Gloria de vuestros paisanos,
orgullo de vuestros padres,
honor de vuestros hermanos,
cariño de vuestras madres.

Del rudo trabajo amigas,
a él os entregáis sin quejas,
hacendosas como hormigas,
laboriosas como abejas.

Sois las palomas torcaces
que en los montes guijarreños
arrullan nuestros solaces
con arrullos halagüeños.

Sois juventud y alegría,
sois vida fresca y lozana,
sois amor, sois bizarría,
¡sois la mujer del mañana!

Tenéis toda la belleza,
todo el gracioso buen ver
que puede Naturaleza
dar a un cuerpo de mujer;

mas esa gran hermosura
no es vuestra prenda mejor:
hay otra más alta y pura,
hay otra de más valor.

¿Conocéis esa lozana
flor de exquisita bondad?
Pues es la virtud cristiana
que se llama honestidad.

¿Veis una rosa muy bella,
pero con muy mal olor?
Pues eso es una doncella
sin la virtud del pudor.

El pudor es el aroma
del alma de la mujer:
con él, es una paloma;
pero sin él, ¿qué ha de ser?

Un abono abominable
que inspira pena y horror;
una mujer despreciable
para todo hombre de honor.

Carne que el vicio ha comprado,
alma al demonio vendida,
un trapo roto y manchado
que se pisa y que se olvida.

Simpáticas guijarreñas:
si dijo verdad quien dijo
que sois sanas y risueñas
como los campos del Guijo,

yo, que sé quereros bien,
quiero que diga verdad
quien diga que sois también
modelos de honestidad.

Porque una linda doncella
sin la virtud del pudor
es una rosa muy bella,
pero que no tiene olor.




Vosotros, mozos briosos
de este apacible lugar,
los que en él vivís dichosos,
sin penas que lamentar:

sois la savia de la vida
del pueblo que cuna os dio;
sois la mano encallecida
que en huerto el erial trocó;

sois la mano que trabaja,
la que planta y la que riega,
la que poda y la que taja,
la que siembra y la que siega,

la que esparce y amontona,
la que roza la senara,
la que limpia y la que abona,
la que cava y la que ara...

sois los brazos vigorosos
de vuestros padres queridos,
que, ya viejos y achacosos,
van sintiéndose rendidos;

sois fuerza que está creando;
sois vida que está latiendo;
sois dicha que va cantando
y amor que viene riendo;

sois la raza fuerte y sana
que viene al nuevo vivir;
sois los hombres del mañana,
¡sois del Guijo el porvenir!

Juventud que vas trepando
por la cuesta de la vida
y contenta vas mirando
que es hermosa la subida:

si por ella tú supieras
caminar con alma honrada,
de seguro que tuvieras
menos triste la bajada.

Bizarros mozos del Guijo,
que de honradez sois dechado,
a vosotros me dirijo
con este consejo honrado:

jamás deshonréis las canas
de vuestros padres queridos
con ruines obras villanas
de corazones podridos.

Jamás amarguéis los días
postreros de su existencia
con infames rebeldías
de hijos sin Dios ni conciencia.

Jamás les deis el suplicio
de veros encenagados
en los abismos del vicio,
que son mansión de malvados.

¡Sed honrados, porque el Cielo
premia el honrado vivir!
¡Haced un pueblo modelo
del Guijo del porvenir!




Vosotros, los que ejercéis
la misión de gobernarnos,
los que adelante debéis
por buen camino llevarnos,

los que del orden cuidáis
con desvelos paternales
y fielmente administráis
los intereses locales,

sabéis que de Dios emana
toda humana autoridad,
y el hombre que la profana,
profana la santidad.

Sabéis, honrados varones,
¡cuán estrechas, cuán sagradas
son esas obligaciones
que os tienen encomendadas!

Cumplidlas honradamente
con probidad ejemplar,
pues ello ha de ser la fuente
del público bienestar.

Gozan los pueblos honrados
riqueza y prosperidades
si están bien administrados
por buenas autoridades.

Conducidnos por orientes
de progreso y de cultura,
que son las mejores fuentes
de toda dicha futura.

Pueblos que sin tales frenos
corren por otros caminos
son tribus de sarracenos,
son manadas de beduinos.

Y eterno borrón cayera
sobre vosotros mañana
si vuestro gobierno hiciera
del Guijo tribu africana.




Y a vosotros, ciudadanos
que con honor y pericia
tenéis hoy en vuestras manos
la vara de la Justicia,

también os quiero invocar,
también os quiero pedir
que, antes que prevaricar,
sepáis con honra morir.

Caed como una centella
sobre la humana malicia
si torcer quiere hacia ella
la vara de la Justicia.

Y al que la pide y la tiene,
dádsela sin vacilar,
aunque un puñal os ordene
tales derechos robar.

Públicamente os lo digo
para de ejemplo servir,
y un pueblo entero es testigo
de lo que voy a decir:

si a este sitio la malicia
me acerca una sola vez
y os propongo una injusticia,
tentando vuestra honradez,

que lo hagáis público quiero
para que el pueblo del Guijo
me llame mal caballero,
indigno de ser su hijo.





Vecinos de este lugar:
si en algo hablando ofendí,
bien me podéis perdonar,
porque ofender no creí.

Hablé con alma sincera
y quise un consejo daros
por si esta es la vez postrera
que en público vuelvo a hablaros.

Hablé porque al Guijo quiero
y al bien aspiro del Guijo,
pues no soy su forastero,
sino que ya soy su hijo,

y quiero vivir en él
y su gloria procurar
como un hijo honrado y fiel
que quiere a su padre honrar.

Yo soy de todos, vecino;
cuente conmigo cualquiera
cuando por buenos caminos
que yo le acompañe quiera.

Son para mí, sin resabios,
iguales grandes y chicos,
iguales rudos y sabios,
iguales pobres y ricos.

Y aunque a todos por igual
doy confianza y amor,
el más honrado y leal
siempre es mi amigo mejor.

Vivamos todos unidos
por lazos de afectos sanos.
¡Los pueblos están perdidos
si no son grupos de hermanos!

Se vive en buena hermandad
cumpliendo esta condición:
tenga el rico caridad
y el pobre resignación.

A todos juntos suplico
que cada cual así obre:
al pobre, que ayude al rico,
y al rico, que ampare al pobre.

Así ha de darnos el Cielo
salud y bienes sobrados,
y el Guijo será un modelo
de pueblos cultos y honrados.

Si el bien del pueblo anheláis,
dadle paz, honra y honores,
y en prueba de que lo amáis,
decid conmigo, señores:

¡Viva por eternidades
nuestra cristiana fe pura!
¡Vivan las autoridades
amantes de la cultura!

¡Viva la fe en los destinos
de nuestra aldea sencilla!
¡Vivan todos los vecinos
del Guijo de Granadilla!

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