NO HAY POETAS
Estimado José María:
Allá, en tu querido pueblo,
donde se cantan las coplas
hilvanadas con tus versos,
los hombres que te recuerdan,
y que son muchos, por cierto,
han querido hacerte honor
convocándonos al premio
que lleva tu propio nombre,
al que gustoso presento
este mi humilde poema
tejido desde muy lejos.
No sé cómo comenzar.
Me siento grande y pequeño:
Pequeño ante tu grandeza,
grande por ser extremeño.
Aprendí a leer poesía
empapándome tus versos
a la sombra de la encina
o al socaire de los vientos.
Mi fuente de inspiración
brotó entre olivos y tesos,
cultivándose más tarde
sobre pupitres añejos
y librotes amarillos
de poetas sempiternos,
o en oscuras bibliotecas
recargadas de silencio.
Traté con hombres de letras
sobre tu estilo y tu ingenio.
Convencí a quien te ignoraba
para que leyera tus textos.
Al erudito de turno
que discrepaba con ellos
alegando escaso rigor
en las medidas del verso,
le dije: mire en el fondo,
que llorará con su acento.
Verá al pueblo reflejado
con sus gozos, sufrimientos,
sus miserias y grandezas,
permanentes devaneos.
¿ Qué importa sílaba más,
qué importa sílaba menos?
Pero ignoraba el "versado"
que con el paso del tiempo
se medirían las obras
con tus aquellos raseros.
Encontré por media España
hombres que sí te leyeron
y grabaron tus estrofas
a fuego en sus pensamientos.
y al hablarles de mi tierra,
de mi gente y de mi pueblo ...
-¡Hombre!, Gabriel y Galán
cantó los mundos aquellos.
-¿Dijo Gabriel y Galán?
-El gran poeta extremeño,
aquel del Cristu Benditu,
del Embargu, Cara al cielu ...
-¡Caray!, qué alegría me da.
Me siento de orgullo lleno
al ver que hasta aquí llegaron
los versos de aquel maestro.
y adquirí grandes amigos
en literarios momentos
releyendo tus poemas,
saboreando tu acento.
y sé de grandes poetas,
siglo veinte, primer tercio,
que bebieron de tu fuente
influenciados por tu genio.
Pero tengo que decirte:
¡No hay poetas como aquellos!,
ni yuntas, ni labradores,
ni pastores por los cerros
que destilen armonía
con qué nutrir los anhelos
de aquel que amando los campos,
quiera fundirse con ellos.
La gran ciudad ha absorbido
a pastores y labriegos.
Dicen que viven mejor,
mas, yo sé, que eso no es cierto.
Lo sufro en mis propias carnes
entre moles de cemento.
Añoro la paz del campo,
la lluvia, la brisa, el viento,
el estallido del hacha
cuando su lengua a lo lejos
hiere el tronco del olivo
o la rama del almendro.
Los tiempos han cambiado.
¡No hay poetas como aquellos!,
ni rima que diga mucho,
ni medida en ningún verso.
También la tierra que un día pisaste
por estos yermos
cambió su faz de repente,
o se la tragó el averno.
Alagón, que discurría
por graníticos roquedos,
vio perderse su corriente
en dos pantanos inmensos.
El puente aquel que cantaste,
entre peñascos horrendos,
en el que Pablo e Higinio
contra el zorro arremetieron,
en el centro del embalse
cual fantasma descontento,
yergue su triste figura
de quijote macilento.
No lleva a ninguna parte
ni acorta ningún trayecto,
reconstruyéronlo allí
tan sólo para el recuerdo.
Los hombres de Granadilla
se marcharon, ha ya tiempo,
obligados por las aguas
del pantano, en retroceso.
Encaramado en un istmo
yace arruinado aquel pueblo.
¡Qué pena da divisar
sus casas en esqueleto!
En campos abandonados
crece maleza sin freno,
y en las ciudades no importa
dónde nace el alimento.
Sin bucólicas estampas,
imposible parir versos.
¡Por eso no puede haber
ya poetas como aquellos!
Me dicen que la poesía
va por otros derroteros.
Que vaya por dónde quiera,
sigo fiel a mis ancestros:
De Manrique a Garcilaso.
Desde Góngora a Quevedo.
y con los del veintisiete,
por García Larca me quedo.
Pero el que lea mis estrofas
y ponga atención al verso,
de entre todos los poetas
sabrá quién fue mi maestro.
No quisiera despedilmi
sin recordalti de nuevu:
¡No hay labriegus en los campus
ni poetas comu aquellus!
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